Otras miradas

Amor después del maltrato

Leonor Cervantes Vargas

Estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas y cofundadora de Filosofía en Los Bares

Una vez mi amiga Alba sufrió un ataque de ansiedad y, fruto del desconcierto y dolor que le había causado, pasó mucho tiempo asustada de su propio cuerpo. Ese ataque le demostró que su cuerpo era capaz de hacer cosas que ella nunca habría imaginado. Una vez yo amé mucho a un hombre que me trató muy mal. Pasé entonces mucho tiempo asustada porque fui consciente de que, no solo se me podía llegar a tratar con tanta crueldad sino que, además, yo podía permanecer junto a quien me trataba de ese modo. Ahí descubrí algo nuevo que podía hacer mi cuerpo y temí que volviera a pasar. Escribo sobre el miedo que no se me fue cuando acabó mi relación de maltrato: el miedo al otro, pero más aún, el miedo a mí misma. Esto no es un texto sobre mi relación de maltrato. Es un texto sobre lo que vino después.

Lo primero fue buscar la confirmación de que en efecto esa relación había pasado. Comenzar a contar la historia de lo que viví a mis amigas. Contarla y terminar con coletillas como: "¿tú crees que esto fue grave?" "¿tú piensas que pudo hacerlo siendo consciente de que estaba mal?" Narré también las historias que tenía reservadas porque intuía que hacerlas públicas era un punto de no retorno. Las había estado guardando no fuera a ser que un día volviéramos y a todo el mundo le cayera mal. Y mientras todo eso pasaba, seguir estudiando al milímetro los detalles, recorriendo mentalmente conversaciones y situaciones como si del guion de una película se tratara. Rastrear para poder resolver una pregunta: ¿tengo derecho a considerar esto maltrato? Quizás no sufrí lo suficiente, quizás fui cómplice de los escenarios, quizás esto pasa en todas las relaciones. Todo eso mientras sonaba de fondo un tic-tac cada vez más acelerado, el tiempo jugaba en mi contra: ¿era demasiado tarde para enfadarme por lo vivido? ¿lo había silenciado el tiempo suficiente para que prescribiera? ¿caduca el maltrato?

Entretanto, la vida de mi expareja también avanza. Ahí parece que sigue todo normal: mismos amigos y mismos ambientes. Yo, en cambio, ya no me llevo con esa gente, por lo que sea, tampoco sigo yendo a esos sitios, por lo que sea. Casualmente a nadie le parece raro, nadie ha visto nunca nada y nadie tiene interés en contrastar versiones. Da rabia. Pero ante todo, más allá del deseo de venganza de unos días, de la necesidad de reparación en otros, genera dolor porque cada día de impunidad en su vida es un día más de desposesión de relato en la mía. Lo que vino después de la relación de maltrato fue un anhelo porque de forma unívoca se reconociera que esa no fue una ruptura más, que no fuimos ambos muy tóxicos. Que había un culpable y una víctima. Porque para buscar remedios que sanaran lo primero que necesitaba saber era de qué adolecía.

El tiempo sigue pasando, me recupero, la vida va a mejor. Me pasan cosas buenas, podríamos decir éxitos. Y entonces, lo siguiente que sucede es que, después de una relación donde acabé destruida, no existen los logros en sí mismos, existen como pruebas de que no me merecía aquello que viví. Seguir atrapada en la relación todavía cuando no se está en ella, porque cada acontecimiento de mi vida remite a ese vínculo. Pasé de no querer pasear nunca por ciertas calles a querer hacerlo únicamente cuando iba perfectamente vestida y maquillada. Todos deberíamos sentir la tranquilidad de poder reencontrarnos con alguien cuando vamos en chándal y con el pelo sucio. La paz de sentir que no le debes a nadie una versión mejorada de la versión de ti que trató hace años. No, no debes estar arrepentido porque te has perdido la versión de mí que soy ahora, debes estarlo porque destruiste la versión feliz y sana que pude ser cuando estaba a tu lado.


Lo siguiente que vino fue someterme a una especie de entrenamiento militar para evitar que algo así volviera a sucederme. De esta etapa sí rescato algunos elementos: no se trató de culparme por haber vivido una relación abusiva, sino de conseguir herramientas para intentar vivir mejor. Leí sobre feminismo y amor romántico, deconstruí al hombre que había aprendido que era atractivo y me repensé como pareja. Pero, honestamente, también hubo siempre de fondo una falsa sensación de control y de redención conmigo misma: "si identifico los porqués de esto que pasó, estaré más preparada para la próxima vez y, además, seré menos responsable de haberlo vivido hace años".

Dediqué tanto tiempo a educarme para no volver a estar con un maltratador que asumí, -además de que existe el perfil de maltratador, lo cual dudo-, que ese sería el único desafío en mi futura vida amorosa. No era cierto. No considerar algo extraordinario que un hombre me tratara con cuidado; sino recibirlo como el trato mínimo de alguien que dice amarme. No forzar discusiones en pareja, porque había aprendido que las relaciones seguían una estructura de picos altos y bajos y no conocía la tranquilidad sino las reconciliaciones. No sentirme estúpida e incluso avergonzada porque alguien me gustara. Fueron algunos desafíos que no había imaginado. Pero la mayor sensación de vértigo fue, sencillamente, volver a pasar por una relación. Pues si no quería vivir de nuevo una relación de maltrato, había desde luego un método infalible: no vivir ninguna.

Después de la estabilidad que había encontrado conmigo misma, sentí pavor por todo lo que supusiera una sensación de malestar relativa a lo sexoafectivo. El problema es que el amor, aunque busquemos evitarlo, es incierto, te lleva a ceder, da miedo y distorsiona la agenda. Nada de eso es en sí mismo venenoso. Pero yo estaba asustada. Sabía lo que era reconocerme en un tipo de vínculo que detestaba y verme a la vez incapaz de romperlo. Comencé entonces a temer que una pareja volviera a tratarme mal, no por el dolor que conlleva que alguien se relacione contigo de forma despiadada; sino por mi firme convicción de que, si eso se daba, yo sería incapaz de frenarlo. Tardé mucho en darme cuenta de que no había hombre sobre la faz de la tierra al que temiera tanto como a la idea que tenía de mí misma cuando amaba a un hombre.


Con este miedo y con una hipervigilancia asfixiante para mí; pero también para quien me acompañase, volví a amar. Comenzar una relación se volvió algo parecido a estar en un hipódromo, yo que había aprendido tanto me sentía responsable de elegir bien a mi nueva pareja. Amé dejando claro que a mí nadie se me subía a la chepa y sintiendo culpa cada vez que perdonaba algún error por si me estaba haciendo la zancadilla a mí misma. Amé como si mi compañía estuviera en un examen de conducir eterno e indeseado: observando al milímetro su conducta, apuntando sus fallos y muy pendiente de si algo era eliminatorio. Amé con suspicacia y con control. Pero amé, sobre todo, como quién necesita saber a todo momento que ha apostado a caballo ganador. Esta fue la misma jugada que tiempo atrás me había dificultado salir de mi relación de maltrato: cómo me iba a estar pasando esto a mí, a mí que era feminista y tenía carácter. Ahora se traducía en, cómo iba yo a elegir mal a una pareja, después de lo que había vivido. Reducir un problema estructural a características individuales como "tener carácter" o estar formada en feminismo es un error. Divide a las víctimas en grupos, aquellas de las que cabe esperar que pasen por una relación de maltrato y aquellas blindadas ante este destino. Esto es asqueroso; pero además genera más culpa a algunas, "lo merezco por ser así", y lleva al inmovilismo a otras, "yo no soy el tipo de mujer a la que le pasa". Asimismo, desvía el foco problemático: Que existen personas que maltratan y, sobre todo, que existe un sistema machista y una concepción del amor que sirve de caldo de cultivo y de legitimación del maltrato.

El tiempo siguió pasando, y paulatinamente comencé a amar también con tranquilidad y ternura. Fruto de mi esfuerzo pero también del cariño y comprensión de los otros. Mentiría si dijera que ya no me queda miedo; sin embargo, cada día mengua. El dinamismo que supone vivir es algo desconcertante; pero en ocasiones es también liberador. No tengo garantías de que no volveré a vivir una relación de maltrato, como tampoco las tengo de que sí que lo haré. Ni siquiera sé si, si conociera hoy a mi expareja, volvería a vivir lo mismo. No estoy predeterminada, ni soy esencialmente víctima. Lo que sí que sé es que la autonomía, la fuerza y la conexión con una misma, no son un lugar en sí mismo donde residir; sino las garantías de que una es capaz de moverse. Lo que también sé, es que me gusta amar, dar besitos y estar pendiente de un otro y que nada de esto es peligroso. Enamorarme de nuevo supuso para mí una especie de duelo. Un duelo a una versión de mí que ya no necesitaba. Es difícil despedirse de un pedazo de una y es paradójico cuando sientes que es la versión que te ha salvado. Pero lo cierto es que la vida después del maltrato ha requerido, también, destejer con cuidado el mismo abrigo que un día hilé, porque ya era verano, y ese chaquetón que me resguardó ahora me estaba mareando. Ya no hace falta que esté alerta. Confío en mí misma y en mi entorno. En el amor, ahora sé que seré capaz de irme, pero con la misma importancia, sé que seré capaz de disfrutar lo dulce que puede ser quedarse.