Otras miradas

La organización y su ley de hierro

Nere Basabe

Mussolini Foto: EFE
Mussolini Foto: EFE

"Están los enemigos mortales y luego están los compañeros de partido". Es un dicho del acervo popular atribuido, en sus distintas variantes, a algunos de los más destacados líderes políticos de la segunda mitad del siglo XX: Winston Churchill, Konrad Adenauer o Giulio Andreotti. Juraría que yo lo escuché por vez primera en boca de Alfonso Guerra, con esa medio sonrisa suya sardónica, y que el silenciado Pablo Casado no tendría problemas en corroborarlo.

Mucho antes que ellos, un joven sociólogo alemán de nombre Robert Michels ya vislumbró y teorizó algunas de esas patologías partidistas en su obra pionera Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna (1911). El joven idealista Michels, internacionalista, pacifista, crítico de la burguesía y contrario a la unificación alemana bajo la hegemonía prusiana, había corrido a afiliarse al primer gran partido de masas surgido en Europa, el Partido Socialdemócrata de Alemania, fundado en 1875 (año del nacimiento del propio Michels) y hoy en el poder. Aquella temprana militancia sindical en el gran SPD le cerró las puertas de las universidades alemanas, y sólo encontró refugio en Italia, donde llegó a ser catedrático de la Universidad de Perugia. Para entonces, Robert Michels ya había salido escaldado de su experiencia militante, y fruto de aquel desengaño escribió su citada gran obra sobre los partidos políticos.

Del psicoanálisis freudiano a las vanguardias artísticas y los fascismos, en la teoría política y social del siglo XX acababa de irrumpir por entonces, frente al imperio de la razón y el optimismo ilustrado, el irracionalismo como factor determinante en la vida pública. La democracia comenzaba a generalizarse en los sistemas políticos europeos y, con ella, nacía un nuevo y poderoso actor, para muchos inquietante: la rebelión de las masas, que diría nuestro Ortega y Gasset. Mientras que este y otros intelectuales europeos (Le Bon, el propio Freud) se afanaron en estudiar las características de esa nueva sociedad de masas, en los ambientes académicos italianos se impuso otra teoría complementaria, la teoría de las élites, fundada en una premisa: cualquiera que sea su formato, la dominación de la mayoría por parte de una minoría es una constante en la historia de la humanidad.

Teoría profundamente conservadora y vinculada posteriormente al fascismo de Mussolini, la genialidad de Michels fue aplicar aquella teoría de las élites al mayor partido obrero de la época, emblema de la nueva democracia y que tan bien conocía desde dentro. Así nació la teoría de la ley de hierro de las oligarquías. En las sociedades contemporáneas, explica esta teoría, la única vía posible para canalizar la voluntad colectiva y sus demandas sociales es a través de la creación de organizaciones capaces de mediar entre el individuo y el Estado, dotadas de orden, estructura, burocracia y jerarquías. Resulta inevitable así que surja en ellas, incluso en las que se pretenden más democráticas y persiguen fines más filantrópicos, un liderazgo. El monopolio del conocimiento técnico, la especialización del trabajo a la que lleva la estructuración y el control de la burocracia interna hacen paradójicamente incompatible la existencia de organizaciones democráticas en una sociedad que se pretende democrática. En toda organización, por muy igualitarista, horizontal y asamblearia que se reclame, acaba surgiendo tarde o temprano una oligarquía, necesaria para su propio funcionamiento y supervivencia. La organización acaba convirtiéndose así en un fin en sí mismo, que desplaza a los fines originarios para los que se creó como instrumento.

"Cuando los obreros eligen a sus líderes, están forjando con sus propias manos nuevos amos", escribía Michels. La elección democrática dentro de la organización (las "primarias") no sería más que un instrumento para la legitimización de esas nuevas oligarquías, que vendrían a usurpar por lo demás el verdadero elemento democrático del debate ideológico, doctrinal o estratégico, disminuyendo las posibilidades de una efectiva participación de afiliados y simpatizantes. Porque la capacidad de representación que otorgan esas primarias acaba convirtiéndose en una concentración de poder en manos de los menos, que los distancia de los representados, y así es como tendría lugar "la transformación de los líderes en una casta cerrada", afirmaba el sociólogo alemán. Una oligarquía ("barones del partido", diríamos hoy, o la sombra alargada de los jarrones chinos), prosigue Michels, que "se identifica completamente con la organización, y confunde sus propios intereses con los de ella. Toma toda crítica objetiva al partido como una afrenta personal": esa sería la causa de la incapacidad de los líderes de partido para prestar una atención serena y justa a las críticas, según él. Porque la organización política conduce necesariamente al poder, concluye, y el poder es, por su propia naturaleza, conservador.

Más de un siglo después, parece que la pesimista tesis de Robert Michels acerca de la imposibilidad real de la democracia parece no haber perdido vigencia. En la última encuesta sobre tendencias sociales publicada esta última semana por el CIS, la confianza de los españoles en partidos y sindicatos se ha desplomado: con una valoración de un 3,7 sobre diez, los propios encuestados perciben que esa evaluación irá incluso a peor en los próximos años. Organizaciones políticas y sindicales, así, suspenden claramente ante el tribunal de la ciudadanía, quedando por detrás de otras instituciones como el Parlamento, el Gobierno, o incluso los medios de comunicación o la Justicia, cuyo papel en nuestros días podría ser más cuestionado. Solo una institución aprueba el examen, y es la propia Constitución. Ni tan mal, podríamos contentarnos, si lo comparamos con los datos de los últimos años del Latinobarómetro (organización demoscópica para América Latina), donde la percepción de las instituciones democráticas desciende cada año mientras sube la valoración de otras instituciones más inquietantes para la vida pública, como los ejércitos o las organizaciones religiosas. Escarmentado y convencido de que el socialismo tampoco traería la democracia, Robert Michels acabó sus días (falleció en 1936), en un inesperado giro de guion, vinculado al fascismo. Que no sean esos los espejos del porvenir en los que mirarnos.

El despotismo permitía al menos permanecer en silencio, pero la usurpación condenaba a pronunciarse a su favor (Constant, 1814).