Otras miradas

Irak: 20 años de desastres, cambios mundiales y demandas de las sociedades civiles

David Perejil

Analista de relaciones internacionales y coordinador del Mashreq de Novact

Activistas durante una protesta frente al Capitolio de EEUU, en Wasginfton, por el 20 aniversario de la invasión de Irak. - AFP / Jemal Countess.
Activistas durante una protesta frente al Capitolio de EEUU, en Washington, por el 20 aniversario de la invasión de Irak. - AFP / Jemal Countess.

Hoy 20 de marzo de 2023 se cumplen 20 años del inicio de la invasión de Irak por parte de una coalición internacional, liderada por EEUU y con la presencia destacada de Gran Bretaña y, no lo olvidemos, España y Portugal, entre otros países. Apenas hace unos días también se cumplieron dos décadas de las manifestaciones mundiales, concentradas sobre todo el 15 de febrero de ese 2003 como día más concurrido de unas protestas que sacaron a las calles a 36 millones de personas para evitar la invasión. Ambas fechas se produjeron tras unos tensos meses que culminaron con una campaña que hoy llamaríamos de desinformación, pero que fueron pura y llanamente mentiras lanzadas directamente desde la administración de George W. Bush. En esos meses se lanzaron graves acusaciones en Naciones Unidas, que fueron replicadas acríticamente por muchos medios de comunicación, como recuerda Olga Rodríguez, sobre la existencia de armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein. Incluso, pese a lo inverosímil que también suena ahora, hubo acusaciones de lazos con Al Qaeda, buscando la misma legitimidad y asentimiento generalizado mundial que, tras los atentados a las torres gemelas de Nueva York en 2001, había provocado no una campaña minuciosa de búsqueda de responsables, sino una campaña militar en Afganistán. Ambas mentiras fueron desmentidas poco después por las evidencias que llegaron desde el país y por alguna duda corroborada en el informe Chilcott emitido en el Parlamento británico en 2011.

Sin embargo, pese a la gran importancia que tuvo la invasión de Irak en el sistema internacional hace dos décadas, la conmemoración 20 años después apenas ha suscitado debates públicos. La diferencia es abrumadora si la comparamos con las horas dedicadas hace un par de años a la toma de Kabul por las milicias talibanes en agosto de 2021, apenas unos días antes del 20 aniversario de los atentados en Nueva York. La toma de Kabul pareció construir un nuevo sentido común y una poderosa imagen: la caída del imperio estadounidense como líder mundial desde la Guerra Fría; la derrota de la "guerra global contra el terror". John J. Mearsheimer reafirmó el fin del internacionalismo liberal mientras que Mary Kaldor argumentó que, en realidad, se antepusieron los intereses de seguridad de EEUU por encima de todo. Pankaj Mishra expresó que "los días en que los hombres blancos podían invadir tierras asiáticas y africanas con pretextos humanitarios se han acabado".

Por contra, 20 años después de la invasión de Irak, sumidos en la guerra de Rusia en Ucrania, que centra los esfuerzos de Europa y EEUU, los debates han sido más bien escasos. Quizá porque el balance de una desastrosa invasión, que destruyó Irak por décadas, ha dejado de ser defendible hace años. Quizá también porque ha sido ampliamente refutado y explicitado. Quizá porque la mirada siempre se centra en un "nosotros" imaginado y lleno de fronteras que a veces confunde un Norte Global con la necesidad de unir en derechos y en la diferencia a los tantos nosotros y nosotras que demandan derechos y una vida digna en todo el mundo. Sin embargo, en estos tiempos de policrisis, es necesario insistir en torno a dos asuntos que, a mi entender, tienen especialmente relevancia a día de hoy: las consecuencias aún latentes y amplificadas para el sistema de gobernanza internacional y también para los propios pueblos de Irak, de los que se tiende a silenciar sus demandas, opiniones y actuaciones.

La progresiva erosión del sistema internacional

Desde los noventa hasta mediados de la primera década del siglo XXI, EEUU ejerció un liderazgo mundial muy pronunciado, la globalización económica creció en todo el mundo y en el sistema internacional primó un nuevo estándar internacional basado en la democracia, el libre mercado y los DDHH en un sistema internacional con un nuevo impulso en sus instituciones internacionales tras el fin de la Guerra Fría. Además, recordemos que las políticas económicas neoliberales no sólo crearon el proyecto de una nueva clase capitalista transnacional, sino que empezaron a cambiar la arquitectura internacional con la emergencia, primero de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), y luego de China en solitario. Así fue hasta que la respuesta macro securitaria tras los terribles atentados del 11S de 2011 en Nueva York, que dejaron más de 3.000 víctimas, impactó en todo el mundo.

En esas condiciones, la invasión de Irak desencadenó una cadena de desastres. En primer lugar, supuso el mayor fracaso de las políticas de la facción neoconservadora de la administración Bush, que buscaba reordenar la región, que sus habitantes llaman Mashreq, creando democracias de arriba abajo, basadas en sus alianzas e intereses políticos y de control económico, de un país rico en hidrocarburos. Más allá de los errores en la gestión, se demostró que era posible un cambio de liderazgos en el país, pero imposible tutelar una ocupación en nombre de una liberación de arriba abajo, en nombre de derechos que se les arrebataba a las personas de Irak. Acabar con las estructuras del país, en nombre de la liberación de las políticas de Saddam Hussein, sembró un duro sentimiento anti-ocupación arrebatado a todas aquellas personas de Irak que durante años habían combatido sus políticas, fuera en nombre de los derechos sociales para toda la población de Irak, fuera para reclamar derechos para sus pueblos kurdos.  Ese sentimiento anti-ocupación se acrecentó al conocerse las torturas a presos en Abu Ghraib similares a las que sufrieron los presos de Bagram en Afganistán, y se extendió por todo el mundo árabe y muchos otros lugares del mundo.

Visto con veinte años de perspectiva parece un punto de ruptura en la confianza de un sistema internacional basado en reglas de derecho internacional y derechos humanos, al mostrar con crudeza una invasión internacional que contribuyó a minarlos los valores que decía defender, haciéndolos aplicables sólo en un determinado momento, lugar y según unos determinados intereses.

Por supuesto, no fue la primera vez ni sólo lo hizo EEUU en una larga historia de conquistas coloniales, invasiones y agresiones. Pero sucedió en un momento crucial en que crecían las acciones para reforzar el sistema internacional de gobernanza. En el plano internacional, la impunidad y falta de legalidad internacional de la invasión de EEUU en Irak sembró una huella de impunidad que luego fue reclamada por otros actores para justificar sus acciones. Así, sucedió con Rusia, en lo que el activista de Memorial Alexander Cherkasov, galardonado con el Nobel de la Paz junto con activistas de DDHH de Ucrania y Bielorrusia, llamó "cadena de desastres" con la guerra en Chechenia a la colaboración militar de Rusia contra las oposiciones en Rusia. En vez de trabajar por un sistema basado en valores, se alentó una política de justificación de ilegalidades, violaciones de derechos humanos y del derecho internacional. En ese sentido, es un gran triunfo del derecho internacional que Vladímir Putin haya sido llevado ante la justicia internacional por las transferencias forzadas de población. Una gran noticia que palidece ante, nuevamente, la política de parte que explica que no haya sucedido así con gravísimos crímenes, como los sucedidos en Palestina, o que el Tribunal Penal Internacional haya juzgado casi sólo dirigentes africanos y de ningún otra región más. 

Demandas de cambio social pese a la destrucción en Irak 

En Irak se sucedió la destrucción, que se llevó por delante la vida de 288.000 personas, según Irak Body Count, con cada vez más aumento de lo que entonces se llamaron víctimas colaterales, apropiación de las riquezas petrolíferas, el caos, los ataques a las tropas de la coalición, los escuadrones de la muerte o el incremento de la violencia de todo tipo contra las mujeres. Creció el peso de las políticas basadas en fomentar las diferencias étnicas y religiosas, lo que llevó a Irak al borde de una guerra civil interna. También, porque como ya se ha señalado muchas veces, la destrucción de Irak aumentó las posibilidades de liderazgo regional de Irán, al que EEUU había situado como enemigo del entonces denominado "eje del mal". Pero, sobre todo, porque creó las condiciones para que los grupos fundamentalistas pudieran crecer y extender sus ideologías y prácticas de barbarie, como fue el caso del autodenominado Estado Islámico, nacido de las cenizas de la combustión permanente de Irak, del desastre en Afganistán y de la respuesta autoritaria a la suma de conflictos destapados por las protestas revolucionarias en Siria en 2011. Peor aún, los atentados y destrucción que asolaron el Mashreq fueron tendencia global para enlazarse con conflictos políticos, económicos y sociales en muchos otros países de África y Asia. Y, como reacción a los atentados que llegaron a Europa, también reforzaron la construcción de nuevos imaginarios sobre todas las poblaciones árabes y musulmanas, en una recreación de los orientalismos coloniales de la que todos los extremismos sacaron partido.

Sin embargo, hay que recordar que, pese a la destrucción, en 2019 los movimientos sociales de Irak participaron en la segunda oleada de revueltas antiautoritarias árabes de 2011, como las han definido Ignacio Álvarez-Ossorio, Isaías Barreñada y Laura Mijares, para referirse a las protestas también en Sudán, Argelia y Líbano. Ni la destrucción ni la represión pudieron acallar las protestas contra sus nuevas élites enriquecidas en las nuevas alianzas regionales por sus relaciones ahora con el gobierno de Irán, frente a grandes mayorías con unas vidas llenas de conflictos y devastación. Estas manifestaciones fueron brutalmente reprimidas, con la muerte de más de 600 manifestantes pacíficos, desapariciones y asesinatos de activistas y partidarios de cambios en Irak. Pero esas manifestaciones no surgieron de la nada. Fueron propiciadas por años de trabajo de la sociedad civil iraquí, de campañas del Foro Social Iraquí, de los foros locales en las provincias kurdas, de campañas para defender a defensores de derechos humanos, siempre en peligro de desaparición o asesinato, en campañas ecologistas para salvar el río Tigris, para protestar contra los asesinatos por drones en la frontera o contra la guerra privada de compañías privadas, hoy plenamente expandidas en la guerra en Ucrania. También del lazo tejido con organizaciones de otros países, como Novact, que desde hace más de una década sigue tejiendo lazos, trabajando en pie de igualdad y fomentando aprendizajes mutuos con la sociedad civil irakí. Protestas que, como ha sucedido en otros muchos lugares, quedaron no sólo oscurecidas en un debate internacional excesivamente centrado en una mirada hacia los grandes poderes, sino que laminaron un factor clave para la evolución de cualquier país con una sociedad civil crítica y activa. Por no citar el mensaje explícito de impunidad que trasluce.

Alianzas de fragilidades sociales, políticas y económicas en esta etapa de riesgos globales

Hoy, 20 años después de la invasión de Irak, vivimos en un mundo en el que las viejas amenazas globales no han desaparecido para aquellos pueblos y personas que las llevan sufriendo durante décadas, como consecuencia de ocupaciones y la desigualdad del Sur Global, expulsado del reparto de la riqueza mundial, como afirma Saskia Sassen. Peor aún, se han agravado con la invasión rusa de Ucrania, la terrible guerra en el Tigray y los hasta 30 conflictos armados abiertos en todo el mundo. Además, se agravan con la competición global por los recursos económicos, las nuevas tecnologías y la disputa económica entre EEUU y China. Y nos hacen olvidar que nos encontramos al borde del riesgo existencial como especie por la crisis ecológica provocada por el cambio climático, las extinciones de especies, la pérdida de biodiversidad...

En este 2023 podemos afirmar que la ruptura de la legalidad internacional, el desprecio por los derechos humanos y la destrucción de Irak sembró una semilla, otra más, de impunidad y autoritarismo que no ha dejado de crecer en las últimas décadas. También que oscurecer las demandas de las sociedades civiles, sus apuestas de cambio y las características de cada país no sólo es injusto, sino que corta otra cadena posible: un horizonte de futuro posible en cada país.

Hoy más que nunca necesitamos lanzar alianzas desde las diferentes fragilidades y las fortalezas de imposible listar sin dejarse alguno. Alianzas que deben construirse desde las fragilidades, las expulsiones, las diferencias en derechos, el balance de la historia, pero cruciales para volver a demandar reglas justas de gobernanza, derecho internacional y derechos humanos. Y, por supuesto, abiertas a partidos políticos e instituciones si lo que quieren es parar la destrucción, las invasiones, las ocupaciones, cesar el expolio económico, la violencia sexual. Siempre fue necesario, hoy es crucial.