Opinión · Otras miradas

La flor de Carmena y la Coca-Cola de Espinar

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

En agosto de 2015, La Razón dedicaba una página al gesto de la alcaldesa de Madrid, que, en un paseo durante sus vacaciones en Zahara de los Atunes, cortó una azucena marítima; según el diario, un ejemplar de una especie protegida. Aunque la Consejería de Medio Ambiente aclaró que la flor no se encontraba en peligro de extinción, algunos medios aprovecharon la ocasión para mostrarnos a una Carmena que atentaba contra el medio ambiente, sin sensibilidad hacia su preservación, ni respeto a las normas. Un simple gesto la elevó a un nivel de sospecha semejante al de quien provoca un incendio forestal para construir, en el terreno devastado, una urbanización de lujo.

Desde entonces hasta hoy, se han multiplicado las noticias sobre anécdotas de la vida de los representantes o sobre su comportamiento parlamentario, gestos transformados, gracias a la difusión mediática, en importantes cuestiones de Estado. En todos los casos, lo accidental se eleva a la categoría de esencial, y la política se vacía en la insignificancia de retratar los mínimos detalles de la vida cotidiana de los líderes. Hace unos días, por ejemplo, se difundió la imagen de Ramón Espinar en el comedor del Senado con dos botellas de Coca-Cola en su bandeja. Rápidamente, los medios denunciaron la incoherencia del portavoz de Unidos Podemos, que consumía la bebida justo en el mismo día en que la Mesa del Senado rechazaba la propuesta de su grupo para la retirada de los productos de la marca en la cámara alta. Una vez más, el gesto personal se convertía en señal de identidad ocupando el lugar que correspondería a las propuestas políticas. ¿Por qué esta personalización de la política?

Como es sabido, en general, no disponemos de un conocimiento directo de los acontecimientos políticos. En la sociedad tecnificada actual, la política –como casi todas las experiencias- es una actividad mediática (transmitida a través de los medios) y mediatizada (condicionada por ellos), lo cual supone su inmersión en una lógica comercial, y, como consecuencia, su espectacularización. La búsqueda del máximo número de espectadores determina la utilización de un discurso muy simple y emocional, de argumentos débiles, especialmente descalificadores de las personas, en lugar de un repaso crítico de las diferentes propuestas y de su viabilidad. Pero, más allá de esta evidente dimensión comercial, los medios contribuyen a la creación de los símbolos y valores que regulan el funcionamiento de las comunidades (P. Charaudeau), constituyen herramientas privilegiadas para conformar la opinión pública. Mediante signos y símbolos, construyen significados con los que la mayoría de la población se identifica, contenidos que pueden contradecir el interés general, pues la gran industria de la información puede moldear (in-formar, ‘dar forma a algo’) y manipular la conciencia. Con la selección de ciertos temas y el silencio sobre otros, con el encuadre, a través de los contenidos implícitos y la utilización de elementos valorativos, la prensa ha desarrollado las estrategias discursivas adecuadas para manipular y contribuir a La formación de la mentalidad sumisa (V. Romano).

Una de estas estrategias es la personalización: lo que se muestra como relevante de la vida política tiene que ver con la imagen de los políticos -su aspecto, vida familiar y amorosa, su estilo vistiendo, etc.- más que con sus programas. Los problemas políticos y sociales se presentan como conflictos entre personalidades, evitando así profundizar en el análisis de sus causas. En principio, podríamos pensar que se trata de una simple cortina de humo, algo que distrae y atenúa el impacto de otros acontecimientos, como los graves casos de corrupción, cuestión que un 44’8 por ciento de la población señala ya como preocupación prioritaria. Ciertamente, la noticia de Espinar desvió la atención de los Presupuestos del nuevo Gobierno -que multiplican el gasto para defensa y no para Sanidad-, del mismo modo que amortiguó las referencias a la dimisión del presidente de Murcia, acorralado por las acusaciones de corrupción, o desdibujó en nuestra imaginación los indicios de las complejas ramificaciones del caso Púnica. Sin embargo, parece que la funcionalidad de la polémica sobrepasaba este fin, pues, de hecho, no solo consiguió camuflar la corrupción del PP, sino naturalizarla proyectando sobre el adversario los propios errores y defectos (“sesgo de proyección”, “Principio de Transposición” de Goebbels) para concluir con que se trata de algo inherente a la naturaleza humana.

Para poder atribuir al adversario los sustanciales errores propios, partiendo de detalles tan insignificantes como la flor o la Coca-Cola, es preciso realizar un elemental proceso cognitivo basado en la polarización, es decir,  reducir la complejidad de lo real a sencillas oposiciones dicotómicas, como blanco / negro; bueno / malo; coherente / incoherente, polos entre los que no se reconocen matices ni grados. Este sesgo cognitivo logra igualar el detalle mínimo con la máxima ocurrencia: la flor cortada con el incendio provocado, o la reventa de un piso con las suculentas ganancias obtenidas a través de los fondos buitre, por ejemplo. La distorsión simplificadora puede conducir también a realizar falsas inferencias, tales como que matar a una mosca es una manifestación del mismo instinto criminal que nos puede conducir al homicidio, por poner solo un ejemplo extremo. En definitiva, a través de una operación de sobregeneralización, se viene a afirmar que quien es incoherente en el detalle lo es esencialmente, y en todos los dominios de su vida. Así pretendía afirmarlo OKdiario, aunque cayera inconscientemente en una paradójica formulación: “‘Del dicho, al hecho’ es un refrán que no parecen aplicarse en Podemos”. La estrategia de exageración y desfiguración, que convierte cualquier anécdota en una amenaza grave, es otro de los principios de la propaganda, según Goebbels.

Desde posiciones antagónicas, se trataba de instalar la sospecha de incoherencia, sabiendo de sobra que precisamente la consistencia es un requisito fundamental para que una minoría activa pueda introducir una innovación en el sistema aceptado por la mayoría, que se comporta de forma conformista. “La consistencia –decía S. Moscovici- desempeña un papel decisivo para el éxito de la innovación. Por una parte, expresa una convicción firme, no sujeta a variaciones arbitrarias, representando una solución válida de recambio a las opiniones tradicionales. De otra parte, una persona consistente, además de parecer convencido, garantiza seguridad frente en un eventual acuerdo.”. Por tanto, atacando la falta de coherencia –que, como hemos visto, no es un valor absoluto- se pretendía actuar frontalmente contra la posibilidad de difundir nuevas ideas, diferentes modos de pensar o comportarse. Hay que tener en cuenta que la innovación se produce estimulada por una minoría desprovista de poder, que solo tiene como garante su estilo de comportamiento.

En toda esta argumentación subyace un tópico implícito, el mito de la naturaleza humana inalterable (H. Schiller, Los manipuladores de cerebros) y, concretamente, el “sesgo del poder corrupto”: la condición humana está determinada y creada definitivamente, ya sea por la genética o por Dios, y, por tanto, no se puede hacer nada por cambiarla; “una vez que acceden al poder, todos los políticos son iguales”, la falsedad, la incoherencia y el ir contra las normas en busca del propio beneficio es un rasgo inherente al ser humano. Claro está que este tópico nos “libera” de la necesidad de indagar sobre las causas históricas, sociales y económicas de nuestros problemas, pero, precisamente por ello, tiene efectos sociales dramáticos: “la desorientación, la incapacidad para identificar las contradicciones y sus causas, y lo que es peor, la sumisión y aceptación de la situación existente” (V. Romano)

La propaganda siempre se levanta sobre prejuicios, estereotipos, tópicos, mitos…, trata de ofrecer argumentos enraizados en creencias y actitudes muy antiguas. El contenido implícito en la noticia de Carmena y de Espinar, “todos los políticos son iguales”, actualiza un tópico compartido por la comunidad, al que, de este modo, se confirma y refuerza. Parece un hecho generalmente admitido que necesitamos certidumbres. Sin embargo, en medio del vértigo informativo cotidiano, no disponemos de tiempo para reflexionar sobre las noticias, de ahí que tendamos a seleccionar los datos eligiendo aquellos que confirman nuestras creencias e hipótesis, y desechando aquellos que las desmienten (“sesgo de conformidad / disconformidad”; “Principio de la verosimilitud” de Goebbels). Esta forma de proceder de nuestro pensamiento es muy “económica”, pues simplifica la información y nos permite manejarla con rapidez y eficacia. De ahí el enorme arraigo de los tópicos, estereotipos y prejuicios, y la obstinada cerrazón ante nuevas ideas o posibilidades de cambio que podrían favorecernos.

La manipulación se cuela entre las grietas de nuestras limitaciones, carencias cognitivas y déficits emocionales: la imposibilidad de manejar de forma exhaustiva tanta información y la urgencia de confirmar nuestros marcos de referencia. Nos movemos en el terreno incierto de la ética y de la propaganda política, en la utilización de los sesgos cognitivos y las carencias humanas a favor o en contra de determinados intereses políticos. Lógicamente, si en nuestra argumentación aceptamos la falsa inferencia de que no existe ninguna alternativa, pues todos los políticos son iguales, preferiremos a determinados grupos porque nos resultan familiares, porque confirman nuestras creencias y nuestros valores, hecho que, al menos, nos transmitirá cierta sensación de seguridad. Lo triste es que, por esta necesidad de certidumbre, podamos llegar a mantener ideas que van contra nuestro provecho, o defender actitudes que favorecen a una minoría que nos explota, incluso cuando disponemos de abundantes datos que nos permitirían un diagnóstico mucho más ajustado de la realidad y de nuestros verdaderos intereses. Seguramente, a estos y a otros comportamientos similares se referiría Ch. Darwin cuando advertía que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”.