Opinión · Punto y seguido

¿Greenwashing? Las Marchas Verdes olvidan el “factor guerra”

El 15 de marzo, día de la Marcha Popular por el Clima, decenas de miles de jóvenes de varios países, seguidores de la estudiante sueca Greta Thunberg, mostraron su indignación por la indiferencia de los líderes mundiales hacia el cambio climático. Desde el agosto pasado, Greta de 16 años se manifiesta cada viernes ante el Parlamento Sueco pidiendo un mayor compromiso en la lucha contra el deterioro alarmante de los océanos y los glaciares.

Sorprende (o no) que mientras activistas medioambientalistas de talla de la hondureña Berta Cáceres o del profesor iraní Kavous Emami que han sido asesinados por su lucha contra los poderes que se benefician de la destrucción del medio ambiente, la adolescente sueca sea presentada como líder de la lucha para salvar el planeta. Según Global Witness, en el 2017, al menos 207 activistas medioambientales fueron asesinados en 22 países. Un año antes, fueron otros 200, ocho más que en 2015.

Se desconoce la razón por la que ella, oriunda de uno de principales vendedores mundiales de armas, y sus fans preocupados por el CO2 que se cuela en sus pulmones, no hayan incluido el “No a la guerra” y los negocio que giran alrededor de la industria armamentístico en sus reclamos para salvar el planeta maltratado. Es incomprensible que teman más a respirar aire contaminado, pero no a la amenaza muy real de una guerra nuclear que acabaría con miles de millones de seres vivos, y causaría un sufrimiento duro y prolongado a los supervivientes. Hace un año Trump rompió el acuerdo nuclear con Irán, y el mes pasado hizo lo mismo con el acuerdo con Rusia, mientras mandaba invertir 1.2 billones de dólares para fabricar nuevas bombas atómicas con el fin de que “el mundo sea más seguro“.

En las consignas  la “Marcha” tampoco se veía mención alguna a las consecuencias de las guerras abiertas en Siria, Yemen, Irak, Afganistán, Sudán, Libia (que han destruido la vida de cerca de 150 millones de personas), ni de las que el imperialismo puede empezar contra Venezuela e Irán, ni de la contaminación mortal del hábitat de los palestinos, que además de ser bombardeado casi a diario por Israel, viven una catástrofe ecológica: millones de sus olivos han sido arrancados por los ocupantes, los campos de frutales y granjas de Gaza han desaparecido; sus gentes respiran el amianto de viviendas derruidas, y las aguas residuales no tratadas contaminan el Mediterráneo a causa de la destrucción de las infraestructuras.

La misma “amnesia” sucede con los anuncios televisivos, que nos invitan a reciclar para proteger la tierra, pero silencian el grado de la responsabilidad de las grandes compañías siempre protegidos por los estados, que cometen el 80% de las agresiones contra el medio ambiente.

La falta de políticas por parte de los gobiernos capitalistas a evitar un mayor desastre ecológico es simplemente una política.

Otros falsos héroes ecologistas

Greenwashing «lavado verde» o el pseudoecologismo es el término creado para denunciar el maquillaje al rostro de un sistema que genera y reproduce continuamente los fundamentos de la destrucción de la naturaleza.

El ex vicepresidente de EEUU Al Gore, recibió en 2017 el premio Nobel de la Paz “por sus esfuerzos por construir y divulgar sobre el cambio climático“, a pesar de que la administración Clinton-Gore bombardeó Yugoslavia, Albania, Sudán, Afganistán, Irak, Haití, Zaire, y Liberia, utilizando toda clase de municiones destructivas incluidos proyectiles que contenían el uranio empobrecido, causando la muerte de decenas de miles de civiles y provocando irreparables daños en sus tierras, aires, y aguas. Él también fue uno de los promotores de la campaña de expansión de materia prima para biocombustible, pretendiendo convertir las tortitas de los mejicanos más pobres en etanol de los coches de los pudientes. Fue el miedo a la rebelión de millones de hambrientos que se archivó, en parte, esta ocurrencia.

Años después, en septiembre del 2014 y en la víspera de la Cumbre de la ONU sobre el Clima, los banqueros del Wall Street pagaron unos 220.000 dólares para anunciar en el metro de Nueva York la marcha organizada por empresas como Avaaz y otras 300 organizaciones contra la contaminación del planeta. La participación del Banco Mundial o la Iniciativa Global Clinton en estas iniciativas, más que deberse a la “transversalidad” del movimiento ecologista, es hacerse con el control del mismo, además una operación de marketing para “blanquear” a las élites más depredadores y sin escrúpulos del mundo, la misma que presenta, por ejemplo, a la OTAN como la hermana de caridad: si descarga toneladas de bombas sobre las naciones indefensas es porque la industria de armas se desvive por el bienestar del señor sudanés, de la señora afgana.

El movimiento por la “justicia climática” es una línea de negocio capitalista muy rentable que convierte la lucha sensata de personas preocupadas por la agonía de nuestro planeta en una mercancía, creando el espejismo de que los fabricantes de bombas de racimo o de fósforo blanco van a renunciar a sus beneficios, a golpe de “firmas” o manifestaciones con música y baile.

Una de las muestras de las artimañas del capitalismo es, por ejemplo, que 1) los mercados de valores bajen el precio del carbono con el fin de vender la mayor cantidad, 2) los bancos no excluyan a las empresas más contaminadoras de sus ofertas de créditos, y 3) los gobiernos regalen incentivos a este sector para que reduzcan sus emisiones contaminantes. El negocio de “Salvar la tierra” es muy redondo.

Devastar el medio con la guerra

Se cuenta que, el ejército de la antigua Roma, para asegurar la capitulación presente y futura de sus enemigos, cubría la superficie de sus tierras cultivables de sal; siglos después, hemos podido presenciar cómo la aviación de EEUU rociaba los bosques y los cultivos de Vietnam con 20 millones de galones de la herbicida Agente Naranja (producidos por Monsanto). Hoy, 44 años después, hay 500.000 niños ciegos, sin extremidades y con otras graves malformaciones. Pocos años antes, las bombas atómicas de Harry Truman convirtieron a Hiroshima, Nagasaki y 240.000 de sus vecinos en cenizas.

Las guerras, además, producen masivos desplazamientos de la población, erosionan el suelo, desertifican los bosques. Entre los escasos datos sobre el estrés ambiental causado por la agresión militar de EEUU y sus aliados a Irak, empezada en la Guerra del Golfo Pérsico del 1991 y que continua hasta hoy, se asoman noticias como estas:

. En “respuesta” del incendio de 736 pozos petroleros kuwaitíes por las tropas iraquíes, las fuerzas angloestadounidenses bombardearon las refinerías y los campos de petróleo de Irak que ardían durante meses, produciendo millones de toneladas de dióxido de carbono, azufre, mercurio, que produjo lluvia ácida sobre una amplia superficie eliminado la vegetación y los animales.

. El uso de 320 toneladas de uranio empobrecido por parte de EEUU, que mató de miles de personas, produjo extrañas enfermedades y malformaciones en los bebés nacidos después, además de contaminar hectáreas de tierras cultivadas.

. Decenas de miles de aves murieron, unos por ahogarse en el petróleo derramado en las aguas del Golfo Pérsico, y otros por caer la temperatura del agua, al crearse una microcapa tóxica sobre su superficie.

. En 2015, Irak experimentó la temperatura más alta del mundo, a causa de la destrucción en la cubierta vegetal y la reducción de la superficie del agua. Las graves tormentas de polvo que nacen en este país y se expanden por toda la zona, provocan afecciones que matan a cientos de personas cada año.

. Los pescadores y los chavales iraquíes que se bañan en el río Tigris siguen encontrando cadáveres en sus aguas.

En Yemen, el bombardeo “no televisivo” de la coalición dirigida por EEUU-Arabia Saudí y la destrucción planificada de cultivos, granjas, y sus infraestructuras, incluida las plantas de tratamiento de aguas residuales y los hospitales, ha provocado la crisis humanitaria más brutal del mundo, y una epidemia de cólera que ha acabado con la vida de miles de personas, dejando a medio millón más gravemente enfermas.

En Myanmar el ejército utiliza la táctica de “tierra arrasada” contra los rohinya, quemando sus viviendas y cultivos, con el fin de imposibilitar el regreso de las víctimas a sus hogares.

En Sudan, la guerra ha causado la eliminación de miles de animales, cazados para alimentar a los hombres armados. En la República Democrática del Congo la población de los rinocerontes blancos, especie en peligro de extinción, se redujo a 31 en 1996 a causa del conflicto; desaparecieron 5.000 elefantes, así como la mitad de los hipopótamos.

Con unas tantas guerras abiertas en Oriente Próximo, y la amenaza de EEUU de provocar otras para hacerse con los recursos naturales de otros pueblos, el movimiento ecologista debe potenciar el débil movimiento por la paz, e incluir la reducción del gasto militar en una de sus principales demandas.

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