Opinion · Punto y seguido

Los armarios y Dios

Mesopotamia, hace unos 5.000 años. Una tablilla inmortaliza la apasionada relación sexual entre dos personas del mismo sexo: el héroe babilonio Gilgamesh y su sirviente Enkidú. Siglos después, mientras se arrojaba a las adúlteras a las llamaradas de las hogueras o a las aguas turbulentas de un río, la homosexualidad masculina aún era un acto posible. Allí no escaseaban jóvenes, y al menos los hombres podían disfrutar del sexo por gozo y sin farsas.
Luego aparecieron las religiones monoteístas, fraguadas en desiertos y marcadas por la alta mortalidad de sus miembros, víctimas del hambre, de guerras por los pocos recursos y por otras calamidades. La erótica dejó de ser un inocente acto lúdico para convertirse en un vicio castigado con la muerte. Para reeducar a los licenciosos hombres de Sodoma y Gomorra, cuyas actividades carnales no contribuían a la repoblación, Dios les obsequió con una lluvia de piedras y fuego. La poliginia y el patriarcado iban de la mano con la explosión demográfica, que para los que mandan equivale a la aritmética sobre la que descansa el poder: cuanta más base, tanto más poder. Desde entonces, el control sexual forma parte del control social, esa maquinaria cada vez más sofisticada y cruel.
La tradición ha tachado de enfermos, infecciosos y desviados a los homosexuales. En Europa, no hace mucho, se consumían en campos de exterminio y eran marcados con un triángulo rosa, hoy símbolo universal de la liberación sexual. Actualmente, en las calles de la muy católica América Latina pueden morir apaleados; en la África o en la Asia musulmana son víctimas de latigazos e incluso ejecuciones por ser “corruptos de la tierra”. Y pensar que en Irán se celebró en 1975 un matrimonio civil entre dos hombres…
El miedo a la vergüenza o al castigo empuja a millones de personas, que ni siquiera tienen derecho a la abstinencia, a unirse para toda la vida con una pareja del sexo contrario a la que no pueden desear. Muchos optarán por tratamientos frustrantes, el suicidio, la huida o la doble vida.
Salir del armario es un acto reivindicativo de la libertad propia y ajena, una decisión arriesgada y no siempre recomendable. Y eso que la sexualidad, al igual que la religión, es un asunto privado.