Punto y seguido

Golpe militar en Myanmar: China, preocupada; Biden, aturdido

Miles de personas protestan en Myanmar este domingo. EFE/EPA/MAUNG LONLAN

Aun sin abrir las cajas de la mudanza a la Casa Blanca, Joe Biden ha tenido su primer gran disgusto en la política exterior justo en la región en la que planeaba derrotar a China como el principal rival de EEUU: el sudeste asiático, y, encima, Myanmar, el país por el que apostaron él y su presidente Barack Obama poniendo en marcha la doctrina antichina de Pivote hacia Asia.

No fue una sorpresa: dentro y fuera de Myanmar se esperaba un golpe militar cuando la Liga Nacional para la Democracia (LND) de Aung San Suu Kyi obtuvo el 83% de los votos en las elecciones (tampoco democráticas) parlamentarias del 8 de noviembre haciéndose con 396 de los 476 escaños en las cámaras Alta y Baja, mientras el partido Unión, Solidaridad y Desarrollo, respaldado por los militares, consiguió solo 33 asientos. 

El pretexto de los uniformados, que han arrestado a la consejera de Estado Suu Kyi, el presidente Win Myint, y otros altos cargos, es el "fraude electoral", a pesar de que el 29 de enero la comisión electoral del país rechazó las acusaciones. ¡El parecido con lo sucedido durante las elecciones de EEUU no es casual! 

Mientras los ciudadanos expresan su rechazo hacia la dictadura militar en las calles y en las redes sociales, en el exterior hay diferentes posiciones: EEUU, que amenaza a los golpistas de imponer sanciones sobre el país si no devuelven el poder a los civiles, no consiguió aprobar en el Consejo de Seguridad de la ONU una declaración condenatoria "del golpe de Estado" por el veto de China y Rusia: la consideran una injerencia en los asuntos internos de otro país. China nunca ha condenado los golpes de Estado y no pretendía sentar precedentes. Pero ambos Estados sí que firmaron el comunicado del 4 de febrero del Consejo de Seguridad para expresar su "profunda preocupación" por la situación de Myanmar, pidieron de los dirigentes detenidos, y expresaron su apoyo a la transición democrática y dialogada en Myanmar. 

Obviamente, el golpe militar perjudica a China, cuyas empresas no podrán invertir en un país bajo las sanciones internacionales y una nación con una economía incapaz de comprar sus productos. 

El presidente Xi ha tenido una mejor relación con Suu Kyi que con los militares profundamente corruptos, y ahora le preocupa la inestabilidad política de su vecino, donde ha hecho una inversión de 15.9 mil millones de dólares en diferentes proyectos. La mediación china en el conflicto entre el Gobierno central y la región autónoma socialista de Wa también muestra el interés de Beijing en la "estabilidad" de Birmania, independientemente de quienes la gobiernen. 

No es que EEUU -adicto a los golpes de Estado y los change regime en otras tierras- de repente se haya vuelto respetuoso con el juego democrático, no, sólo que le disgustan este tipo de cambios bruscos cuando no es la CIA quien los organiza. En 2013, la Administración Obama-Biden se negó a calificar de "golpe de Estado" lo que hizo el general egipcio Al-Sisi contra el protegido del propio Washington, el presidente islamista Mohammad Morsi. Los motivos: 1) no quería enfrentarse a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que habían patrocinado el golpe de aquel general; 2) no le convenía enturbiar sus relaciones con el nuevo régimen; y 3) las leyes de EEUU prohíben reconocer un régimen golpista. 

Japón e India han expresado su preocupación, creyendo que el derrocamiento de Suu Kyi aumentaría la influencia de China en el país, mientras Tailandia, Laos y Filipinas han desdramatizado el golpe y lo han considerado "un asunto interno". 

La importancia de Myanmar

El país más grande del sudeste asiático, que comparte fronteras con los dos gigantes asiáticos China e India, y cuenta con inmensas tierras cultivables abundante agua, es una de las principales reservas mundiales de gas; tiene petróleo, además de minas de estaño, tungsteno, zinc, oro, plomo, cobre, carbón y piedras preciosas como diamantes, jade, zafiro y rubí. 

Las relaciones de Birmania con su vecino chino siempre han sido muy especiales. El Partido Comunista de Birmania (1939-1989), de corte maoísta, fue el primer partido político del país y el más grande. La Unión Campesina del partido contó con cerca de un millón de miembros y miles de guerrilleros en sus filas. Incluso entre 1962-1988 hubo un sistema político denominado Camino Birmano al Socialismo, liderado por el general Ne Win. A partir de esta fecha, una oligarquía militar, cuyos oficiales han sido entrenados en EEUU, dirige el país ante la ausencia de las fuerzas de izquierda, duramente perseguidas. Los generales birmanos han estado más centrados en sus propios y oscuros negocios que en tejer doctrinas para su política exterior. Barack Obama fue el primer presidente de EEUU en visitar Myanmar, y además en dos ocasiones, con la ilusión de formar una alianza militar antiChina con sus mandatarios, sin conseguirlo. 

En marzo de 2009, China y Myanmar firman el acuerdo para construir un oleoducto y un gaseoducto en paralelo, por el valor de 2.500 millones de dólares, y 2.380 km de largo, que, atravesando Myanmar, unía el puerto de Kyaukpyu birmano con las provincias suroccidentales de China. De este modo, Beijing protege a sus barcos del acoso de EEUU, que controla el Estrecho de Malaca (por donde pasan el 70% de los suministros mundiales de productos petrolíferos), y de los piratas que lo merodean. Con el mismo objetivo, China ha creado un corredor con el puerto paquistaní de Gwadar en el Mar Arábigo. Dos años después, el presidente Thein Sein elevó la relación bilateral estableciendo una "asociación de cooperación estratégica integral" con China.

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El puerto paquistaní de Gwadar es el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), que conecta la región china de Xinjiang con el Mar Arábigo.  (Fuente: http://www.cinaforum.net/nuova-via-della-seta-pakistan-cina-aprira-base-vicino-porto-gwadar-cpec/)

Aun así, en 2011, los generales empezaron un acercamiento a EEUU, suspendiendo varios contratos de construcción con China, como el proyecto de la presa Myitsone de 3.600 millones de dólares, a pesar de que China fue quien alivió los efectos de las sanciones que EEUU impuso a la nación. El temor del Ejercito a que Washington aprovechara el descontento social y organizara una de sus "revoluciones naranja" fue uno de los motivos de iniciar las negociaciones con el presidente Obama e integrar a Suu Kyi en el poder: de paso, conseguían dar una imagen amable a su rudo y uniformado poder dictatorial. Otorgarle el premio Nobel de la Paz al nuevo personaje de este escenario tenía dos principales objetivos: recabar el apoyo internacional para la opción estadounidense en el estratégico país, a cambio de que cumpliera una misión: abrir el camino de Occidente en Myanmar, el eslabón más débil de las alianzas chinas, y alejarle de la tierra de Mao. 

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Los oleoductos y gasoductos China-Myanmar conectan el puerto Kyaukphyu con Kunming, la capital de la provincia de Yunnan, suroeste de China. foto de archivo http://www.china.org.cn/business/2014-07/08/content_32890066.htm

Sin embargo, Suu Kyi no fue capaz de reducir el poderío de los militares y su control sobre la economía, por lo que este sector del capitalismo birmano que representa la nueva dirigente no vio otro remedio que acercarse a Beijing en busca de asistencia financiera. Éste ha sido el motivo verdadero de los ataques que empezó a recibir la "consejera" por EEUU, que no su defensa al genocidio de los rohinyas a mano del Ejército, como se afirma. La prueba es Israel: hace lo mismo con los palestinos desde hace décadas y hasta recibe apoyo de Washington. "Debido a su fracaso en promover los valores democráticos [Suu Kyi], debería dejar que otros líderes democráticos de Myanmar tomen las riendas con respaldo y apoyo internacional", opina el exdiplomático estadounidense Bill Richardson, que propone buscar otro rostro: ya se les ocurrirá cómo darle a conocer a nivel mundial.   

Este y otros fracasos del Gobierno Obama-Biden en reclutar nuevos aliados (como con Filipinas), para ampliar el cerco militar alrededor de China le llevó a trasladar al Pacífico los bombarderos B-1 y B-52, MV-22 Ospreys, los drones Global Hawk y mandar el despliegue del sistema Terminal de Defensa Área de Alta Altitud (THAAD) en Corea del Sur, cuyo radar de banda X pueda localizar objetivos tanto en China como en Rusia. El Pentágono habia cercado a la superpotencia asiática con 16 bases militares, 320.000 soldados y seis de sus once portaviones. 

Como respuesta, los gobiernos del presidente Xi y Suu Kyi acordaron la construcción de un estación de vigilancia en las Islas Coco para monitorear el Estrecho de Malaca y los ejercicios navales que EEUU y sus aliados realizan en el área, incluir a Myanmar en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, y firmar el acuerdo de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP) de libre comercio. Aun así, China carece de la llamada Estrategia de aguas azules, un plan abierto para fortalecer su presencia en la región. Por el momento, su objetivo consiste en evitar un choque con las fuerzas navales de EEUU. 

Posibles motivos del golpe militar

Es pronto conocer lo que está sucediendo en este país y su repercusión regional y mundial. La prensa de la zona baraja el chovinismo étnico y el fanatismo religioso de los militares: el temor a que la construcción de una democracia política reste el poder al grupo dominante Bamar, de credo budista, obligándoles a compartirlo con un centenar de grupos étnicos que componen cerca del 30% de la nación, o la negativa de la casta militar y sus familias a compartir la explotación de los recursos del país con otros sectores de la burguesía. Sin embargo, esta acción preventiva puede tener la función de la pedagogía del terror ante el aumento del descontento popular por la incapacidad del régimen en controlar la propagación de la covid-19, el cierre de los negocios y el desempleo de millones de personas. Si es así, Myanmar sería el segundo país, después de EEUU, cuya extrema derecha actúa antes de un estallido social incontrolable. Y habrá acciones parecidas en otros países en los próximos meses.

Incertidumbre

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, cerca del 25% de la población vive en la pobreza (2018), y en las zonas rurales el número de los pobres es 6,7 veces mayor que en las ciudades. La covid-19 ha destrozado el precario sistema de salud birmano, a la vez que el confinamiento ha paralizado la economía del país, convirtiéndole, al igual que muchos otros Estados, en un polvorín de tensiones sociales. 

Los militares controlan todos los sectores de la economía, desde la banca y el turismo hasta la construcción de oleoductos y la explotación de las minas de jade, zafiros, rubíes, diamantes, oro, y metales de tierras raras. En junio de 2020, cerca de 170 trabajadores perdieron la vida en una mina de jade. Otro de sus negocios tradicionales es la droga: antaño fue el opio y la heroína, desde el Triángulo de Oro -en la frontera con Tailandia y Laos-, y ahora son las drogas sintéticas que exporta a todo el mundo. 

El que avisa no es traidor y Biden ya ha dicho que en su política exterior utilizará la retórica de "los derechos humanos" y "valores democráticos" para salvar la influencia de EEUU en el mundo. En su documento de "orientación estratégica", el Pentágono nombra a la región de Asia-Pacífico y el Golfo Pérsico como las dos prioridades geoestratégicas de EEUU, por lo que podrá volver a recurrir a los grupos yihadistas (como Arakan Rohingya Salvation Army o el grupo de Abu Zar al-Burmi, ciudadano pakistaní de ascendencia rohingya), para entorpecer y sabotear los proyectos chinos en Myanmar. EEUU, que ha conseguido en Oriente Próxima desviar la lucha de la clase trabajadora contra la opresión y el capitalismo a una batalla religiosa (judío-musulmana y chiita-sunnita) instalando regímenes teocráticos en Estados claves, podrá probar suerte en el sudeste asiático. Si se pone sofisticado, Washington incluso empujaría a su gran rival a una carrera armamentística alejándole de la Estrategia del Océano Azul (Blue Ocean Strategy), avanzar sin caer en una competencia destructiva, como hizo con la Guerra de Galaxias con la Unión Soviética.

Sin ataques quirúrgicos, imponer sanciones o enviar grupos terroristas, China, por el momento, ha sido capaz de conseguir lo que EEUU y sus aliados sueñan, en Myanmar y en el resto del mundo. Justo por ello el choque frontal entre las dos superpotencias parece inevitable.