Los susceptibles

En ‘La Vanguardia’ del 3 de enero de este nuevo año leí que la asociación de ateos iniciará una campaña publicitaria en algunos autobuses de TMB con el mensaje: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”. Sorprendida, me planteé las siguientes preguntas: “Probablemente Dios no existe” ¿no es contradictorio con la afirmación ateísta: “Dios no existe”? ¿Podemos gozar de la vida despreocupándonos de lo que vemos a nuestro alrededor? ¿Sería aceptada una campaña publicitaria en la que los judíos, musulmanes, cristianos etc. transmitieran el siguiente mensaje: “Los creyentes amamos el mundo y nos preocupamos para que sea mejor”?

 

SILVIA ROCA GÓMEZ SABADELL

Primero, sobre sus preguntas. No, no es contradictorio: los ateos somos gente escéptica y de buen humor, muy poco dados a las afirmaciones categóricas. Por muy convencidos que estemos de que no existe Dios, nos conformamos con decir “probablemente”. Las declaraciones rotundas se las dejamos a ustedes, sabemos que les hacen más falta. No, no podemos despreocuparnos de la realidad fuera de nosotros mismos: para disfrutar de la vida hay que implicarse y mancharse las manos, pero eso ¿qué rayos tiene que ver con el ateísmo? Los ateos no se despreocupan de lo que tienen alrededor, sino de Dios (que no está alrededor, al menos de forma visible). Algunos creyentes, en cambio, se encierran en conventos, ya ve usted.

Segundo, sobre las campañas de los creyentes. Son aceptadas (a veces con resignación, indiferencia o asombro, eso va en gustos, pero sin decir ni pío). ¡Cómo pregunta eso, si los creyentes llevan siglos en campaña! Aún recuerdo las Semanas Santas de mi infancia, las visitas del Papa, los carteles en el metro promocionando vigilias de la Inmaculada y cosas así de estrambóticas.

Por último, tras siglos de bombardeo masivo de propaganda fide, sin que nadie pudiera ni rechistar; con símbolos religiosos por doquier, enseñanza religiosa y misas por la tele… ¿basta un simple anuncio en los autobuses para provocar la estampida de cartas que nos estamos tragando? Qué sensibilidad. Qué susceptibilidad. Qué poco basta para que se pongan nerviosos. Y sobre todo: qué extraño derecho se conceden ustedes a sí mismos para darse por ofendidos: el mismo, por cierto, que nos niegan a todos los demás. Que (por cierto también) amamos la vida y procuramos hacerla mejor para todos: no se concedan (también) el monopolio de la bondad.