Carta con respuesta

Agua del grifo

Dicen que al finalizar la Navidad o las vacaciones de verano, aumentan las separaciones. ¿Es la convivencia intensiva la que daña las relaciones o es que nos hemos vuelto egoístas y ya no nos reconocemos en el otro? Reconsideremos en qué consiste el matrimonio: esa fuente de alegría que es al mismo tiempo una fuente de sacrificio. Ignorar esto puede tener trágicas consecuencias: ya no se ama a toda prueba, cualquier desavenencia evoluciona en tragedia irreconciliable y malogra todo un compromiso de vida. El matrimonio, como todo lo que tiene un valor, debe protegerse, cuidarse y buscar su crecimiento. Quien va a sacar de él sólo satisfacciones ha errado el camino: nunca sabrá que el dolor forja su estabilidad y le procura duración. Las crisis superadas aquilatan el amor.

MARÍA FERRAZ BARCELONA

Parece que el matrimonio fuera un lavabo con dos grifos: agua caliente (la alegría) y agua fría (el sacrificio). En algunos está estropeado el termo y sólo sale helada. En otros, supongo, se escaldarán. Imagino que algunos funcionan como una ducha escocesa, alternando el agua fría y caliente: reactiva la circulación de la sangre. Otros prefieren el matrimonio con grifo monomando: el chorro sale a una temperatura constante, ni demasiado frío ni demasiado caliente. Es monótono, pero hace compañía. Hay quienes, en lugar de ducharse, se sumergen en el matrimonio tradicional, en bañera: tiene el inconveniente de que, pasado un tiempo, el agua se va quedando fría.

No conozco nadie que considere el matrimonio como un parque de atracciones (acuático, por supuesto). ¿Quiénes son esas personas que van "a sacar de él sólo satisfacciones" y agua caliente sin parar? En muchas cartas como la suya, lo que me provoca asombro es la facilidad para juzgar las intenciones de los otros y el matrimonio de los demás.  Les falta esfuerzo, no aceptan los sacrificios, creen que todo el monte es orégano, etc. "No juzguéis, y no seréis juzgados", advirtió Jesucristo. "Tú, que juzgas al prójimo, ¿quién eres?", se pregunta, escandalizado, Santiago (4,12). Y Pablo escribió a los romanos: "No tienes excusa, ¡hombre que juzgas, el que seas!" (2,1). A mí, que no soy cristiano, la idea me parece sensata: no nos juzguemos entre nosotros, el juicio sólo pertenece a Dios.

Todo juicio es intempestivo y temerario, y sólo condena al que juzga. A mí me cuesta trabajo tener acceso a mis propias intenciones, ¡imagínese las de los demás! Doy por hecho que quienes se casan intentan permanecer unidos y, si no lo consiguen, no será por falta de esfuerzo. En ese caso, hacen muy bien en cambiar los grifos, abandonar el agua estancada y bañarse en otro río. Al final, todos vamos a dar al mar, ¿no es cierto?