Pato confinado

El riesgo de las algas comestibles: mucho ojo con el yodo

Ensalada de algas.
Ensalada de algas. Pixabay.

Las algas comestibles son unas recién llegadas a nuestra gastronomía, y esto tiene ventajas e inconvenientes. Nos aportan, además de su potente sabor, un buen número de nutrientes, algunos muy beneficiosos para el organismo. Pero no estamos acostumbrados a ellas, como sí lo están japoneses y otros pueblos asiáticos, que llevan consumiéndolas desde hace siglos.

Del mismo modo que los asiáticos toleran peor el alcohol, algo parecido podría ocurrir con las algas pero en el continente contrario. No estamos biológicamente preparados para comerlas diariamente -ni semanalmente, según muchos nutricionistas- por la enorme cantidad de yodo que contienen; también -según la especie y el cultivo- por la presencia elevada de arsénico (como ocurre con el alga hijiki). Incluso la hoy célebre espirulina (tomada como complemento dietético) podría llegar a tener efectos adversos relacionados con dicho elemento. Como ocurre con el pescado azul, se ha constatado la presencia de metales pesados en estas plantas marinas.

No parecen un buen alimento para el consumo diario. El exceso de yodo es lo que más preocupa a nutricionistas, endocrinos y autoridades sanitarias, al ver cómo crece el consumo de algas en Europa. Se han convertido en alimento gourmet y han caído en las redes de los promotores de los ‘superalimentos’. Pero pueden desembocar en hipertiroidismo y otras disfunciones, al enloquecer al cuerpo con tanto yodo, si se abusa de ellas.

Por otra parte, tampoco está claro que sean tan inocuas para los japoneses: según algunos estudios, su población sí presenta problemas relacionados. No obstante, se cree que disponen de una flora intestinal más adaptada que ayudaría a que las toleraran mejor. Aún acostumbrados, en ciertas zonas de Japón se han detectado problemas hormonales, como en la isla de Hokkaido, por un exceso de consumo de la alga kombu. También se han advertido casos de hipertiroidismo en niños recién nacidos por la alimentación de sus madres.

Como ocurre con el atún rojo, volvemos a encontrarnos con un alimento con doble cara. Beneficioso por un lado, tóxico por el otro (en exceso). Volvemos a la cuestión del equilibrio, la piedra angular de una alimentación saludable. Las algas se dividen por colores (pardas, rojas y verdes) y sus beneficios parecen evidentes. Son las hortalizas del mar. A veces contienen mayores cantidades de nutrientes saludables que las crecidas en tierra. Bajas en calorías y ricas en ácidos grasos omega 3, vitaminas C, A, B1, proteínas y minerales tan importantes como el calcio, potasio, magnesio, hierro…

Suelen provenir de cultivos de acuicultura de China, Japón o Corea, y cada vez más de Galicia y Cantabria. En Europa hay tradición de tomar algunas variedades verdes, como la lechuga de mar o hierba marina, pero han llegado a la gastronomía occidental principalmente a través de la comida internacional y de los suplementos alimenticios. Se usan tanto desaladas, secas o frescas, como condimento y saborizante (arroces, fideos, sopas instantáneas) o como aderezos de otras verduras o ensaladas.

Los expertos, sin embargo, alertan de ese exceso de yodo, sobre todo en las variantes desecadas, ya que lo albergan en gran cantidad aún en pocos gramos. Si se consumen con demasiada frecuencia podrían provocar un desequilibrio hormonal, trastornos en la tiroides, con especial peligro para los niños de corta edad.

Sushi con algas.
Sushi con algas. Foto: Pixabay.

El consumo de yodo diario recomendado en la población es de unos 150 microgramos. Un gramo de algas wakame excedería en varias veces dicho límite. Las nori algo menos, pero aún así los endocrinos consideran que son excesivas y que es mejor relegarlas a días especiales. No pasaría nada por ir de vez en cuando a un japonés y comer algas ese día, pero cosa distinta es que las utilicemos para aderezar nuestros platos diarios.

Todas las algas pardas, del género Laminaria, presentan exceso de yodo. Lo mismo ocurre con los espaguetis de mar o las dulse. Un simple snack de alga nori supera la ingesta diaria recomendada. Incluso se advierte en el etiquetaje de algunos preparados de ensalada de algas que estas pueden "tener efectos negativos sobre la actividad y atención de los niños". Y eso debe sumarse a las cantidades de yodo que pueden aportar otros alimentos en la misma comida: por ejemplo, el pescado, el marisco o la sal yodada.

El yodo, no obstante, es básico para el organismo: "es un elemento esencial para la síntesis de las hormonas tiroideas, responsables del desarrollo del sistema nervioso central, del crecimiento, de la regulación del metabolismo basal y, en general, del correcto funcionamiento del organismo", según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). Muchas veces, por esta razón, se ha recomendado el uso de la sal yodada para asegurar su presencia en la dieta.

En 2012, el comité científico de dicha agencia emitió un informe sobre los riesgos del consumo de algas macroscópicas. En él explican que los aportes de "yodo significativamente superiores o inferiores a los necesarios para el buen funcionamiento del tiroides pueden dar lugar a disfunciones metabólicas de mayor o menor intensidad". Con dicho mineral es tan importante no pasarse como no presentar déficits, lo cual se consigue con una dieta equilibrada.

El yodo se encuentra en distintos alimentos y de forma variable, pero destaca en los de origen marino (algas, peces y crustáceos). En Europa su ingesta deriva principalmente de los pescados, huevos, cereales y productos lácteos, además de la citada sal yodada. En general, no existen problemas dietéticos con estas fuentes de yodo en España. El consumo de algas es todavía residual si se compara con otros alimentos y no existen hasta la fecha datos precisos al respecto.

"Creemos que aunque en este momento el consumo de este tipo de algas no supone un riesgo en la población española, podría recomendarse adoptar como límite máximo de contenido en yodo de algas comestibles 2.000 mg/kg de peso seco, independientemente de la especie, y aconsejar a la población un consumo moderado, especialmente en niños de corta edad y embarazadas con objeto de evitar riesgos de ingestas superiores a los valores máximos recomendados", explican en el informe.

Menores, embarazas y personas mayores son los más vulnerables a estos desequilibrios hormonales. Los síntomas de un cuadro de hipertiroidismo suelen ser palpitaciones, excesos de calor, diarrea… Muchas veces son transitorios, y decrecen cuando se elimina la fuente de yodo.

Y continúa el informe: "Su consumo es recomendado por expertos de la restauración como ‘productos de alto valor nutricional’. Sin embargo, la incorporación de este alimento a nuestra dieta habitual puede llegar a ser perjudicial para la salud, como se desprende del informe elaborado por el Comité Científico de la Alimentación Humana (SCF) de la Comisión Europea".

Otro de los problemas es que la regulación de las algas en la Unión Europea es todavía deficiente. Francia ha fijado, por ejemplo, límites al yodo y metales pesados de los alimentos que se comercialicen en su territorio. En 2018, la Unión Europea, consciente de que este consumo es "cada vez más importante" entre los ciudadanos, recomendaba a los Estados Miembros "controlar la presencia de arsénico, cadmio, yodo, plomo y mercurio en las algas marinas, las plantas halófilas y los productos a base de algas marinas". Los datos, según un estudio prospectivo de 2019 que hizo la AESAN, "ponen de manifiesto que las algas marinas contienen concentraciones significativas de arsénico, cadmio, yodo, plomo y mercurio".