Pato confinado

Descubre las propiedades de granadas y uvas, frutas navideñas por excelencia

Granada y uvas.
Granada y uvas. Foto: Vi82/ Pixabay.

La Navidad tiene dos frutas con nombre propio, mayúsculo. Ambas de cultivo milenario. Las dos con influencia en los ritos y cultivos del Mediterráneo y Oriente Medio. Antes de que la ciencia de Newton nombrara sus virtudes, ya estaban en la boca de poetas y rapsodas. Primero fue la belleza, luego la salud (hoy sabemos que ambas cosas van de la mano).

Son las uvas y granadas, frutas míticas y civilizatorias que seguro que aparecerán por nuestras mesas en los próximos días. Tienen excelentes propiedades nutricionales, sus fitoquímicos seducen al corazón, están armadas de minerales y vitaminas, y son joyas de nuestra gastronomía.

La granada: rubíes para tus células

Granada.
Granada, fruta del espinoso granado. Foto: Racool Studio / www.freepik.es.

Quizás tenga razón la leyenda árabe y esta sea la fruta del Edén, el artefacto por el que valió la pena que nos expulsaran del Paraíso. Quizás por eso es fruta de otoño, con su sabor nos recuerda que un día perdimos el trópico eterno.

Roja, llena de rubíes, amiga de ensaladas y zumos. Cubierta por esa corteza coriácea que la protege del clima y que conserva sus propiedades, era fácil de transportar por los mares antiguos. Es el asombroso fruto del granado, un árbol generalmente espinoso.

La granada es rica en antioxidantes. Estudios científicos confirman que tiene propiedades antiinflamatorias. Es muy rica en vitaminas y demuestra efectos protectores en la saludad cardiaca (como todas las frutas, por otra parte). Pero no le robemos su misterio, que lo tiene... Hasta dicen que es afrodisiaca (quién sabe, hay informes que así lo sugieren, como uno de la Universidad Queen Margaret, en Edimburgo, que concluyó que aumentaba los niveles de testosterona).

Ha sido desde tiempos antiguos símbolo de fertilidad y abundancia. Los poetas le han cantado, pues veían en ella un símbolo de la longevidad y la belleza. Aparece en los mitos griegos y dicen que fue plantada en los célebres jardines de Babilonia, una de las maravillas de la antigüedad.

Es aún hoy materia de dulces encuentros. La granada se toma en Oriente Medio en el día del solsticio, el 21 de diciembre, en la noche más larga, en el Shab-e Yalda persa. Fruta de las celebraciones que aparece también en las cenas de Navidad europeas y en el Año Nuevo iraní, el Nowruz.

Originaria de Asia Central, se lleva cultivando desde hace siglos, de Irán al Himalaya (solo en Irán hay más de 300 variedades). En el Mediterráneo pronto conocimos su secreto y ha quedado su cultivo y cultura, como en el Mollar de Elche, una de nuestras granadas más reconocidas con denominación de origen protegida; dicen que es más dulce y fresca que otras variedades. Con el tiempo, España se ha convertido en el mayor productor de estas frutas de Europa.

Se trata de un alimento muy bajo en azúcares y calorías, cuya forma ya nos indica que carga en el interior con metralla nutricional: vitaminas C y del grupo B, muy rica en flavonoides, magníficos fitonutrientes, betacarotenos, hierro, manganeso y calcio, entre otros minerales. Debido a su bajo nivel de glucosa – contiene menos azúcares que la mayoría de frutas- se la ha vinculado a las dietas de adelgazamiento.

La granada es un subidón de vitaminas, una fuerza hidratante (casi el 80% es agua), un medio para prevenir el estrés oxidativo que puede ayudarnos - junto con otros alimentos y hábitos de vida propicios- a alcanzar una vejez más saludable.

Es muy rica en potasio y por tanto ayuda a mantener a raya la hipertensión. Su combinación de polifenoles podría favorecer que se reduzcan los niveles del llamado colesterol malo, aunque falta una evidencia científica sólida al respecto. Lo mismo se puede decir de que previene ciertos tipos de cánceres o que regula el índice glucémico. Se ha apuntado que oxigena la piel, regenerando la dermis. Tiene cualidades astringentes que ayudan en la digestión.

La uva: la vid viene en nuestra ayuda

Uvas.
Uvas. Foto: Matthias Böckel/ Pixabay

Fin de Año convierte a esta fruta en todo un ritual muy español. Los italianos, por ejemplo, apuestan por las lentejas. Se vincula a las uvas con la buena suerte, seguramente por reminiscencias paganas, aunque el origen de que las tomemos justo el día treinta y uno, con las campanadas y las gargantas próximas a la asfixia, quizás sea más prosaico: se atribuye a unos comerciantes alicantinos del siglo XIX, en un año de cosecha excepcional, con la mejor campaña de mercadotecnia de la historia.

Existen más de tres mil variedades de uvas, divididas en dos familias: las dedicadas a la comida y postres y las cultivadas para el vino. La uva es originaria también de Asia y se lleva cultivando desde tiempos inmemorables. Es uno de los pilares de la cultura Mediterránea. Sin la vid seríamos otros, tal vez japoneses del Sur...

Como ocurre con la granada, hablamos de una fruta antioxidante, rica en vitaminas tan preciadas como la C, y muchos minerales: potasio, azufre, hierro, calcio, fósforo, magnesio, selenio... Más del 15% de las necesidades diarias de potasio se pueden conseguir con un racimo de uvas. Uno de sus elementos más reconocidos, el que ha hecho correr además ríos de tinta, está en uno de sus polifenoles: el resveratrol.

En numerosos estudios científicos se apunta a que el resveratrol tiene efectos beneficiosos para el corazón. La revista científica Journal of Cardiovascular Pharmacology publicó "una revisión de varios estudios científicos en seres humanos, en los que se pone de manifiesto el papel del resveratrol en la protección de las arterias y de la salud cardiovascular", según la Fundación Española del Corazón. Este polifenol también se encuentra presente en el vino y de ahí que algunos hayan querido trasladar sus beneficios a la famosa copita diaria.

La uva tiene un índice glucémico medio y contiene hidratos de carbono de rápida asimilación. Por ello se le ha considerado como una fruta calórica, sin bien, como hemos apuntado, está en un rango medio. La OMS recomienda su consumo habitual por las propiedades de sus fitoquímicos, que ayudan al hígado (no en su formato alcohólico), riñones, páncreas, y en la producción de insulina. Como la granada, tiene propiedades antiinflamatorias y depurativas. Además de ser rica en potasio, es diurética, y ayuda a regular la tensión arterial.