El repartidor de periódicos

Ojalá sea mentira lo que cuento

Como era de esperar, el escandalazo de los audios de Antonio García Ferreras con el ex comisario Villarejo y otros indignos mandos policiales no ha tenido demasiado recorrido en nuestra prensa tradicional. El "perro no come perro" de toda la vida sigue vigente. Se queda uno con la impresión de que los periodistas estamos perdiendo una gran oportunidad de hacer autocrítica. No se trata de orquestar una cacería contra Ferri, pero el desprestigio de la profesión ya era terrible, y el problema es que ese desprestigio nos afecta a todos los que trabajamos en esto, incluyendo a los periodistas más honestos (no es mi caso), que siempre son los más débiles.

El editorial que dedicó El País al asunto no cita al director de informativos de La Sexta. Ni a los prebostes de Planeta y de La Razón, cómplices confesos de la policía patriótica que gastó fondos públicos para manipular con éxito unos resultados electorales bajo la batuta de Mariano Rajoy. Doble puñalada a la democracia.

En La Vanguardia, el siempre equívoco Jordi Évole se marca uno de sus habituales sermones gabilondianos 4.0 (todo el cariño a los dos) con su encantador narcisismo: "Hace tiempo que no aspiro a ser héroe de nada, ni el Robin Hood de las causas justas, ni el más valiente por alzar la voz donde otros no la alzan. Este artículo no va de eso. No quiero dar lecciones a nadie". El artículo se titula Lo de Ferreras.

Más adelante reprocha: "Creo que a Ferreras le ha faltado autocrítica. Su audiencia la hubiese entendido mejor que su huida hacia delante, su cierre de filas. Algo estamos haciendo mal. Y sería bueno que lo corrigiésemos". Todo muy correcto y bendecible.

Se va uno del artículo de Évole con la impresión de que Ferreras cometió un error, publicó una noticia mal contrastada y pobrecito él, tampoco es para lincharlo. Obviando que no estamos ante una simple manipulación de un día malo. Lo que desvelan esos audios es que Ferreras y Eduardo Inda formaban parte de un complot periodístico para corromper la democracia. Los del 1-O fueron juzgados por poner urnas. Estos no serán juzgados por destruirlas. Porque lo que hicieron fue destruir urnas, arrebatar con mentiras la voluntad popular.

Fue alucinante, como ciudadano, observar cómo esos bulos se extendieron cual plaga por bares, saloncitos, aulas y retretes públicos, y cómo un odio de película de John Carpenter hacia Pablo Iglesias fue abduciendo a la ciudadanía.

Especulo. Pero suelo entrevistar a mis colegas y familiares jóvenes sobre política, qué votan y tal, sin cortarme. Siempre agradecen que no caigas en la beatería del si tiene novio o novia, así que suelen responderme. Lo malo de hacerse mayor es que te induce a creer que eres más listo que los jóvenes: es el consuelo de quien sabe que ya nunca podrá ser más bello.  Y, por muchas de estas conversaciones, sospecho que entre la gente joven (la base más entusiasta y necesaria del primer Podemos), fue donde más daño se hizo. Esa gente se estaba incorporando silvestremente a la política, algo que yo nunca había sentido desde la Transición. Veían todo limpio y escampado. Hasta que vino esta banda de las cloacas y empezó a ensuciarlo todo. Quizá apartó a toda una generación de la política. Ya digo que especulo. Pero me provoca una tristeza enorme sospechar que lo que cuento haya podido ser verdad.