Opinion · Rosas y espinas

El PP, Mariola y su «perra judía»

mariolaLa súper lideresa Esperanza Aguirre está últimamente utilizando sus poderes marvelianos para luchar contra la corrupción. Su plan consiste en hacer un examen público a los particulares (del PP madrileño) que vayan a optar a algún cargo. Y su primera cobaya ha sido esta semana Mariola Vargas, que se sometió al tercer grado, al dicho examen contra la corrupción. En una sala con periodistas y vecinos, Mariola contestó a cinco examinadores: tres miembros del PP regional y dos del PP de su pueblo. Mariola aprobó, por supuesto. Y ha sido nombrada alcaldesa de Collado Villalba en sustitución de Agustín Juárez, esposado y entrullado por chorizo presunto dentro de la Operación Púnica. Por resumir, se pagaban y cobraban comisiones y mordidas entre políticos y empresarios a costa de los impuestos que apoquinaron los que hoy duermen bajo los puentes. O esa, los ciudadanos. Pero eso no es importante.

Lo importante es que Mariola Vargas pasó el examen contra la corrupción y ya es alcaldesa de un pueblo de 62.000 habitantes. Cuando le preguntaron si estaba en política por dinero, respondió con delicada contundencia que no. «No soy una perra judía», añadió delante de inquisidores y periodistas. Como en España nos la cogemos con papel de fumar, a un petimetre sector de la opinión pública le pareció que lo de «perra judía» sonaba más a Tercer Reich que a regeneración democrática. Y Mariola, impasible el ademán y tras ser investida alcaldesa, reconoció que su expresión «perra judía» había sido «desafortunada». Pero también matizó, con buen criterio, que la expresión «perra judía» se utiliza muy habitualmente en los más selectos cónclaves, que son los que ella frecuenta.

— Utilicé una expresión coloquial, muy madrileña, pero muy desafortunada –nos explicó Mariola Vargas sobre el significado profundo de las palabras “perra judía”–. Sabéis que soy una mujer muy religiosa y mi doctrina me indica todo lo contrario. Que tengo que rezar por todo el mundo. Cuando dije «perro judío» era una expresión coloquial sin más.

Hoy Mariola ya tiene el cargo de alcaldesa. Pasó el examen.

Como estudioso del habla callejera, no conocía yo el valor de la expresión «perra judía» como acervo idiomático del madrileño castizo. Parece ser que si en Madrid no llamas a las mujeres «perra judía» no eres nadie en sociedad y no echas un triste polvo

Hasta el folclore más gato recoge la expresión en algunas de sus más feministas creaciones populares.

Por la calle de Alcalá
Con la falda almidoná
Va chuleando la guapa perra judía

La comunidad judía española, que al principio protestó, al parecer se ha quedado tranquila con la rectificación de la perra pepera (lo de «perra pepera» es otra expresión muy madrileña y castiza, que no le suene mal a la dama, al PP ni al lector). Y los  judíos esposos, hijos y padres de las «perras judías» han descartado hacerle un juicio de Nuremberg o alguna que otra performance del Mossad  a la tal Mariola.

Si en este país se estudiara un poco de historia, los niños madrileños deberían calificar con cariñosa naturalidad a Anna Frank como «perra judía», y recibirían un sobresaliente cum laude, un birrete y una visa black de regalo al acabar Primero de Fascismo. Al fin y al cabo, no se le pueden poner puertas al campo del coloquialismo madrileñí. Y Anna Frank era una «perra judía», como se canta popularmente en Madrid. Yo, de hecho, no puedo evitar hacer versión cada vez que le canto a una madrileña esta canción de Sabina. Si se la canto de otra manera, me dice que no soy nada coloquial, y me abandona por un chico normal del PP.

Allá donde se cruzan los caminos
Donde ya nunca puede ser de día
Donde regresa siempre el fugitivo
Junto a su perra judía.

A mí me parece que a Mariola le faltó decir que lo de “perra judía” es hasta un poco cariñoso. Tal expresión, de hecho, arraigó mucho entre los violadores nazis de Auschwitz: “perra judía”, le decían dulcemente a las niñas antes de cortejarlas. Con lo cual, según los parámetros léxicos e ideológicos de Mariola, la del PP, “perra judía” se puede interpretar como piropo seductor. Y funciona. Tengo entendido que, tras decírselo a las damas y arrojarlas al suelo a golpes de culata, los militares nazis acababan siempre teniendo éxito con ellas, y haciéndoles el amor por todos los agujeros.

A veces duele más escribir algo que escucharlo. Yo no creo que nunca vuelva a reunir fuerzas suficientes para escribir “perra judía”, Mariola. Pero por tu culpa he tenido que escribir muchas veces esas dos palabras en esta mierda de artículo. No te lo perdono. No sé si me escuchas o te pillo en la cocina, Mariola, encendiendo el gas.