Opinión · Rosas y espinas

Distopías

Ayer tuve un sueño, pero no os hagáis ilusiones. No era de la grandeza a lo Martin Luther King ni nada semejante. Paseaba yo por el Retiro, solo, quizá meditando versos, cuando me atrajo un pequeño grupo de japoneses haciendo fotos. Al acercarme, descubrí que el objeto de su atención era el rey Felipe VI, algo envejecido y con el uniforme militar raído, subido a un cajoncillo rojigualda y en posición de firmes. De vez en cuando, el rey gritaba muy serio, ¡Viva el rey!, saludaba militarmente y regresaba a su mutismo marcial durante unos treinta segundos. Después repetía el grito y el gesto, así una y otra vez.

Unos metros más atrás, sentada en la esquina de un banco, descubrí a Letizia que tejía, protegida por una toquilla de lana que tenía todo el aspecto de haber conocido mucha intemperie. Sobre el banco, había extendido el producto de su trabajo, varios jerseicillos de bebé de colores discretos o quizás algo sosos. Papelillos fijados con imperdibles marcaban precios irrisorios de las prendas, tres euros, cinco euros… Letizia alzó hacia mí su frente y me sonrió durante unos segundos.

Cuando desperté, me puse a pensar qué podría haber pasado para que nuestros reyes hubieran llegado a eso. Quizá Froilán se había jugado la fortuna borbónica en el casino, o tal vez les había despojado ladinamente de sus dineros para convertirse en rico y exitoso empresario republicano. No eran pensamientos delirantes, sino que entraban dentro de esa normalidad literaria por la que fantaseamos algunos. Me psicoanalicé un poco, con la pereza del primer café, por si era grave. Y concluí que mi subconsciente me había contado esa historia porque ya estaba acomodado con naturalidad a vivir en la distopía.

Normal. Nos hemos hecho a la distopía, a lo imposible, a lo disparatado porque nuestro entorno es distópico y disparatado. Donald Trump, en lugar de personaje de tebeo, es el presidente de los Estados Unidos. Bolsonaro es aclamado en Brasil por las garotas a las que promete reducir a esclavas. En España, el líder de un partido emergente se deja ver en público disfrazado de don Pelayo, y varios negros vociferan en la televisión apoyando su proyecto xenófobo. Mi sueño, en el fondo, era mucho menos delirante que la realidad.

Resulta curioso observar cómo el progreso nos ha ido caricaturizando precisamente en estos tiempos de inmensas facilidades para alcanzar conocimiento o saber. Cada día somos más zafios como sociedad, como humanidad. Y lo asumimos con una complicidad pasmosa. Ni siquiera nos causa el mínimo miedo esta extraña pesadilla. El miedo lo reservamos para experimentarlo en el cine, sin darnos cuenta de que los monstruos de las salas son mucho menos monstruosos que nosotros.

Diga lo que diga, no me acostumbro a vivir en esta distopía. Prefiero mis pesadillas de reyes destronados y versos volanderos en el Retiro. Ahora nos acercamos, creo yo, a las elecciones más distópicas de nuestra historia, unas elecciones convertidas en un reality show servido a través de las redes sociales, con unos señores recreando la batalla de las Navas de Tolosa y otros retransmitiendo noviazgos, separaciones, casamientos y embarazos por streaming. No sé cómo van a explicar los historiadores del futuro esto nuestro, esta medrante distopía.