Opinion · Rosas y espinas

Ciudagramos

Se veía de venir, que diría un castizo. Los siempre aseados, planchaditos, peinados y perfumados lideresos de Ciudadanos no podían vivir siempre en lo alto del campanario dirigiendo su gallo/veleta hacia donde mejor soplara el viento. Fueron tramontana feroz en su nacimiento, soplando sobre los peluquines independentistas catalanes hasta arrancarlos temporalmente y convertir a Inés Arrimadas en la lideresa más votada en tierras del honorable Tarradellas. En ábrego socialdemócrata se convirtieron cuando aventaron sobre la política nacional en forma de amable «Podemos de derechas», cantando salmos de regeneración y centrismo con Girauta a la guitarra jugando con su niñez en la arena. Se transformaron en cierzo liberal cuando el Íbex 35, que es como el heurístico Hal de 2001 Odisea en el espacio para los partidos españoles, quiso remarcar la bicefalia adjetival de la derecha soñando amplias mayorías eternas sin sustos a la izquierda. Y ensayaron ser galerna, poniente o terral según más conviniera para acaparar portadas en los periódicos.

Pero en esto llegó Vox, con sus adargas y caballos, subieron al campanario del gallo/veleta y arrojaron una cabra desde arriba, que es lo que hacen en los campanarios los españoles auténticos y de hondas raíces culturales.

La indefinición, la trasversalidad, el no izquierda/no derecha en que había valseado el partido de Albert Rivera en el pasado, se quebró para siempre con la foto de Colón y el trifachito andaluz. Ya todo el mundo sabe de qué lado se va a poner Ciudadanos si las urnas vienen guerracivileras (en sentido figurado, por supuesto).

Para colmo de desgracias, Rivera viene observando desde entonces que ha perdido hasta el plácet de sus franceses preferidos, con los que soñaba dotarse de una pátina de modernismo y europeidad cool que iba a seducir al electorado centrista. Pero ni a Manuel Valls ni a Enmanuel Macron les parece bien eso de arrojar cabras desde el campanario, e intentan vetar más alianzas de la formación naranja con los donpelayos del orgullo antigay.

Si no se corrigen, Ciudadanos será solo el espejismo que confunde al PP cuando viaja por el desierto. Y los últimos resultados electorales, tanto en generales como en las demás convocatorias, lo han asegundado tanto que Rivera corre el riesgo de convertirse en el mayordomo gemelo de Pablo Casado.

Con las aritméticas parlamentarias en la mano, los naranjas tienen la salida de hincar la rodilla ante Pedro Sánchez y hacerle un podemos de derechas a las presuntas ansias modernizadoras del revolucionado PSOE. Pero el PSOE va a tener difícil explicarse a sí mismo y a su electorado una alianza, aquí, con partidos que acullá arropan el neofascismo. A esto se le llama en mi pueblo un sindiós en toda regla.

Muy malintencionadamente, llevo tiempo escuchando a los propios votantes de Rivera rebautizar al partido como ciudagramos. Aluden con este simpático neologismo a los nervios que le entran a Rivera de vez en cuando, que yo creo que son debidos a lo difícil que tiene que ser mudanza intelectiva tan incesante como a la que se somete. Ahora ese ciudagramos cobra un nuevo sentido por la pérdida de peso real que ha sufrido el naranjismo en la política española. Ni un ayuntamiento importante ni una comunidad ni un sorpasso que ofrendarle al Íbex. Cualquier día le retiran el Lexus de 100.000 pavos que conduce y se lo cambian por un jamelgo. Como el de Abascal.