Opinión · Rosas y espinas

Tambores de derechas

Los veinticuatro fasciparlamentarios de Vox mostraron desde el primer minuto de su inquilinato en el Congreso lo que nos espera para la recién inaugurada legislatura. Los litúrgicos acatamientos de la Constitución, cumplimentados ayer por nuestros diputados, fueron ensordecidos por las pataletas y abucheos furibundos y covadonguescos de los pelayos contra la fantasiosa ingeniería juramental de los electos catalanes.

–Como preso político y con lealtad al mandato democrático y al pueblo de Catalunya, por imperativo legal, lo prometo.

A las estruendosas coceaduras equinas de Vox se unió también Ciudadanos, con Albert Rivera napoleonando de pie en su escaño, sin darse cuenta de que aun no era nadie. No había jurado todavía y carecía de representatividad alguna para hacerse el gallazo. Y sufrió un gatillazo.

Un sector del PP, por razones ignotas, abucheó a los de C´s que, en vez de jurar o prometer, decidieron “proteger la Constitución”, y así fuimos pasando la mañana, como en un aula infantil de la que se ha ausentado el profesor. Está claro que gozamos de una democracia muy madura y consolidada, y que la transición nos salió de puta madre. Solo nos faltaron las niñas de Letizia haciendo botellón debajo de los leones del Congreso para que la jornada fuera ejemplarizante.

En el templo de la palabra, el Congreso de los Diputados, ayer nuestra derecha ofreció un espectáculo psicoflamenco de taconeos enfebrecidos y batukadas prehomínidas que impidieron escuchar lo que los representantes del pueblo tenían que decir. Preparad la lanza en astillero y la adarga antigua, oh demócratas, pues se avecinan tiempos de muy fieros molinos de viento y gibraltareñas ínsulas de Barataria. Si uno no escribe en antiguo, no se adapta a los tiempos modernos (¿alguien me puede pasar un emoji de Cervantes?).

De moderno sí fue el miembro de la mesa en el Senado por el PP, Rafael Hernando, famoso epistemólogo desde que intentó darle una hostia a Rubalcaba en los pasillos del Congreso.

Mientras juraba el cargo Raúl Romeva, Hernando interrumpió al electo con un definitivo “que se joda”, sintagma que, aunque rime con oda, no deja en muy buen lugar la altura intelectiva de este glorioso especimen subamébico de nuestra derecha de toda la vida. O sea, todo un señor.

La democracia es el arte de delegar en otros para que traicionen nuestros sueños. Pero coño, los votantes también debemos gozar de los cien días de cortesía parlamentaria antes de que los carpetopitecus se pongan a dar patadas en el suelo y manotazos en la mesa como toda oratoria. De continuar en tan aldaboneante idioma, al menos que se expresen en morse, que va de golpes, y no en inarrítmico morsa. Los españoles, creo y no estoy muy seguro, merecemos un poquito menos de coz y más de coziente intelectual.

Me acuerdo ahora de un viejo chiste de Forges. Dos marianos observan a una multitud extrañamente alborotada.

–¿Qué ha pasado?

–Que uno le ha dado la razón a otro.

–Qué país. No sé adónde vamos a llegar.

Después de mucho meditar, voy considerando cada vez más firmemente que el único modo que tenemos los españoles de comunicarnos es la onomatopeya, el taconeo en el suelo, el palmeo en la mesa, el gruñido. Es hipócrita esa unánime convicción de que la lengua española nos une, nos universaliza y nos proyecta. El graznido y el tamborileo son nuestra más alta cota de expresión, como se demostró ayer en nuestro Congreso y en el Senado. ¿Para qué dejar hablar, si cualquier argumento pierde toda su vigencia bajo una decena de gritos? Creo que Luis García Montero, presidente de nuestro excelso instituto Cervantes, deberá empezar a pensar en derogar la imprenta y sustituirla por tambores.

Ayer vimos que nuestra derecha ha llegado a la oposición para no dejar hablar, dialogar, debatir. Vienen en plan Ringo Starr, pegándole a la batería sin mucho ritmo y con saña. PP, Ciudadanos y Vox han desenterrado los tambores para hacer parlamentarismo. Y esperemos que poco más desentierren. Pues a ellos se les da mucho mejor enterrar para nunca desenterrar. Y quedarse con los dientes de oro del muerto. Y luego donar un diente de oro falso del muerto a la odontología pública para lavar la imagen. Yo, no sé vosotros, pero yo acato. Toda esta puta mierda también es democracia.