Opinion · Rosas y espinas

Pedro Sánchez, qué animal

Hasta mis colegas más malotes andan en un sinvivir en sí con el nombramiento de Dolores Delgado como fiscal general, como si la ex ministra se fuera a pasear por las audiencias y juzgados con la toga bien abierta y un piercing no se sabe dónde, que lo va a hacer. Consideran la designación un ataque frontal a esa entelequia bautizada como división de poderes, una injuria a la sacrosanta pureza de la izquierda, una morcilla mojada en el colacao de un niño. Y lo es. Y, quizá por eso, me gusta tanto.

Acostumbrados como estamos a la impudicia de la derecha guernikera de este país, conocedores de las amenazas explícitas de Pablo Casado de convertir la legislatura en un ir y venir de leyes orgánicas por los tribunales afines, preparados como estamos para el boicot permanente a los deseos de la mayoría popular, lo que ha hecho Pedro Sánchez es echarle dos cojones y dos ovarios, con perdón, para advertir a la mafia de que no se la va a combatir esta vez con bonitos e indignados discursos, con un sinfín de otras mejillas ni con florcitas en el cañón de los fusiles. Y a ver si es verdad.

Lo de la fiscalía para Lola Delgado no es elegante, ni ético, ni ejemplar, ni gracioso, ni puro, ni justificable, ni decente ni encomiable. Solo es necesario. Un acto insurreccional. Una respuesta violenta a la violenta sangría de una derecha enfascistada por los socios de Vox, que hace imposible una convivencia democrática normal y civilizada. Pedro Sánchez ha aprendido a asalvajarse después de tantos avatares cruentos, y con su gesto le ha dicho a las gaviotas carroñeras, a los equinos de Vox y a los negreros de las moquetas que hasta aquí hemos llegado. A ver si dura, y esta incontinencia bélica se extiende a todos los ámbitos para devolvernos la dignidad y la esperanza.

Que es una barbaridad de bárbaro poner a tu ex ministra al frente de la fiscalía es algo incontestable. Pero con los precedentes de un ministro meapilas como Jorge Fernández Díaz afinando fiscalías en fehacientes grabaciones, de un presidente madrileño como el corruptísimo Ignacio González apalabrando jueces sobornables para sus delictivos intereses, y de todo un PP bloqueando renovaciones del poder judicial durante lustros porque yo lo valgo; con la Audiencia Nacional encarcelando a raperos, tuiteros y titiriteros para asustar al personal; con una policía bestializada contra las más inocentes protestas callejeras, era necesario un toque abrupto de atención. Y Pedro Sánchez lo ha dado. Yo creo que hasta Montesquieu lo aplaudiría.

En países predemocráticos como el nuestro –como todos; la democracia solo es si es perfecta, y eso roza lo imposible– las togas siempre son susceptibles de ser utilizadas y sobornadas por los antidemócratas, por las oligarquías pateadoras. Se ha visto en años recientes con los golpes no militares contra procesos democratizadores como el de Kirchner en Argentina o el de Lula da Silva en Brasil, por poner solo dos de los más evidentes ejemplos.

Este Pedro Sánchez de las mil caras, ahora que se ha puesto la de Buanaventura Durruti y no la de Tony Blair, se ha debido de dar cuenta y sabe que solo sobrevivirá si antepone la espada a la pluma. Mejor morir como Garcilaso que como Manuel Machado. Lo saben todos los poetas.

Nuestra derecha ultramontana no hubiera sentido pudor en nombrar ministra de universidades o consumo a Cristina Cifuentes. Ni de colocar al primo de M. Rajoy al frente del cambio climático. ¿Un insulto a la democracia lo de Delgado? Sin duda. Pero yo ya iba estando un poco harto de que siempre sea la democracia la que nos insulte a nosotros. O hacemos bastante el borrico o acabaremos gimoteando fardos como acémilas. Viva la democracia animal.