Rosas y espinas

El sexo de los ángeles de Vox

Sugieren algunos sabios que las abstrusas disquisiciones medievales sobre el sexo de los ángeles, de las que tanto nos reímos, no eran sino una forma críptica de compartir avances científicos sin arriesgarse a que la Inquisición te tachara de hereje y te metiera a hornear en la hoguera o te crucificara, o las dos cosas a la vez, cual era la costumbre.

Vox está utilizando, dentro de sus limitaciones intelectuales, la misma fórmula que aquellos estudiosos. Nos tiene todo el día hablando del sexo de los ángeles: la necesidad del pin parental, las inexistentes mujeres maltratadoras, las rosas que torturaban de trece en trece, los gais empotradores de las esquinas, las hordas de migrantes que vienen a violar a nuestras monjas y toda esa borralla lenguaraz que tan bien les ha funcionado en esta democracia ideal y sin fisuras y sin extrema derecha de la que tanto presumíamos (todos, menos los historiadores).

El caso es que anda España toda como un patio de vecinas haciendo eco a esos neocotilleos que son las fake news, que no sé por qué les ponemos un nombre extranjero. Será para mejor asustar al personal, pues ya se sabe el horror que provoca en el español medio el aprendizaje de otras gramáticas, sean de aquí o de acullá.

Lleva años el debate político languideciendo de falta de músculo intelectual, pero en los últimos tiempos nos estamos superando. Los tertulianos y politólogos más relimpios no se cansan de advertirnos de que todas estas discusiones carecen de fundamento, como diccionarios llenos de palabras que no designan cosas, pero sin embargo vuelven una y otra vez sobre el asunto, como si Vox tuviera la facultad de meterlos mágicamente en su laberinto, en su bucle enredadera que los apresa ya eternamente como a mosca en tela de araña. Es lo que tiene la política del espectáculo, ese carnaval que nos lleva de una tertulia a otra para escuchar a los mismos pensadores hablando de las mismas cosas en distintas cadenas, como en un Gran Hermano imposible de desintonizar.

Convertir la política en un show catódico y radiofónico constante es un huerto nazarí para los frutales de Vox. En esta gincana de vocingleros es Vox quien más puede subir la audiencia, y por tanto el que tiene más posibilidades de ganar el concurso. Como se está demostrando.

También nos lleva a pensar si no coleará un factor educacional detrás, y como no estamos los españoles ni muy leídos ni muy historiados resulta que pensamos así, en parte, como estos señores y señoras tan agitados y bienolientes. O sea, que hay más españoles con las inquietudes éticas e intelectuales de Santiago Abascal y Rocío Monasterio de los que queremos admitir.

Los optimistas y los maquilladores insisten en convencernos de que en España no hay tres millones y medio de fascistas, y de que Vox es una especie de anomalía algo purulenta que se cura con unas friegas de alcohol, la bendición de un cura, un par de piropos bien tirados y un vinilo con canciones de la legión. Sin embargo, otros sospechamos que a Vox no se le vota sin malicia o por casualidad, que para eso ya estaba Ciudadanos. A Vox lo han votados tres millones y medio de fascistas que nunca han dejado de estar entre nosotros, me atrevo a aventurar.

El caso de Malena Contestí, la diputada balear de Vox que abandonó el partido cuando descubrió que es homófobo y extremista, forma también parte de ese espectáculo delirante. ¿Quién se va a creer a estas alturas que un miembro de Vox no sepa dónde se ha metido? Esta mujer es un deuteragonista más de la interminable comedia sin arte a la que estamos asistiendo y, a veces sin darnos cuenta, protagonizando. Malos tiempos para las neuronas, esos bichillos feos y encantadores y en peligro de extinción.