Rosas y espinas

Casado se pone borroso

El presidente del PP Pablo Casado, a su llegada al pleno del Congreso de los Diputados para la sesión de control al Gobierno. EFE/Chema Moya
El presidente del PP Pablo Casado, a su llegada al pleno del Congreso de los Diputados para la sesión de control al Gobierno. EFE/Chema Moya

Veo a Pablo Casado en las teles y, no sé si será cosa mía, cada vez lo percibo más borroso. Como si una neblina hamletiana le diera ese áura de ser que se disipa, que se desvanece, que se gasifica. Nada queda ya de aquel joven pizpireto, pelín trilero, largador y algo zangolotino que ganó las primarias a las dinosaurias Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal. Se nos ha envejecido de repente, Casado, y ya las señoronas del tópico no lo quieren de yerno, sino de cuñao. Mira qué desgasta la política.

Entre barcenadas y villarejadas, se ha ido borrando la eterna sonrisa del fachita desacomplejado y simpático que Casado quiso ser. Hasta ha puesto en venta el castillo danés de Génova 13 como un viejo aristócrata arruinado. O, si queréis poneros bambi con él, como un jubilata desahuciado de Puente Vallecas.

Es curioso cómo nos han envejecido de repente las nuevas políticas, los nuevos políticos. Albert Rivera e Inés Arrimadas han dejado de parecer Parchís para semejarse al dúo Pimpinela. Pablo Iglesias y Podemos se dejaron la juventud en esa calle que nunca volvieron a pisar, como en el tango. Y Pablo Casado, el guapete regenerador de la derecha, tiene cada vez más aire de viejo patricio cansado. Quizá es que el olor a rancio y a cura que nos llega aun desde el pasado provoca estas alteraciones en la piel. Alguien se olvidó de vaciar los orinales de nuestra Santa Transición, que aun huelen, y eso nos aja y envejece.

Se dice ya que algunos barones, señores de las taifas autonómicas de los viejos partidos, ya andan pidiendo la cabeza de Casado. Para unos, no tiene empaque político para evitar el sorpasso de Abascal. Otros consideran que traiciona el pasado popular en su afán de desmarcarse de los protagonistas de las investigaciones en curso. Hace tiempo que nadie escucha un argumento con el que defender a Casado ni en el salón de Teodoro García Egea.

La renovación del PP, en el fondo, se quedó solo en la rebelión de los pijos. Los marotos modernuquis, los brindis por Snoopy de Andrea Levy, las posturitas coquetonas y lisérgicas de Isabel díaz Ayuso y el look barbilampiño de Casado, que es el único español que consigue seguir barbilampiño aun luciendo borbónica barba, no han seducido al nacional-catolicismo de base. Entre el refinado perfume del dandi de derechas, o sea, el pijo, y la gónada ecuestre del terrateniente montuno, la señora y el señor de derechas de toda la vida siempre han preferido la gónada. Y ahora eso se nota más que nunca con el ascenso de Vox.

Si nos ponemos tremendistas, es posible que en breve veamos que la única herencia que han dejado los 45 años de trayectoria popular por la Historia de España son Vox, Taburete y esos legados suizos de los que darán cuenta los hijos y nietos de nuestros más conspicuos corruptos.

Lo difícil va a ser buscar el nuevo perfil que pueda reflotar a la derecha más o menos civilizada de España. No se atisba una Angela Merkel, sino que coletean en el estanque muchos y muchas donalcitos Trump. El problema no es de líderes, sino del ámbito político y sociológico hacia el que se ha ido inclinando el votante de derechas. Y es puro Vox.