Rosas y espinas

El odio

Imagen publicada en la cuenta de Twitter de Pablo Iglesias en la que se ve el mensaje y las balas que iban en el sobre..
Imagen publicada en la cuenta de Twitter de Pablo Iglesias en la que se ve el mensaje y las balas que iban en el sobre.

Nadie sabe de qué color es. No traía papeles y nadie precisa por qué frontera ha entrado. Tampoco se conoce de dónde saca para alimentarse y vestir tan bien. Ni en qué lugar se educó. Los nombres de su padre y de su madre no aparecen en ningún registro. La Policía no lo persigue, quizá porque no puede, o no quiere. Muchos ni siquiera saben si es legal o ilegal, aunque lo obvio es que va indocumentado. Pero por aquí deambula libremente, pisoteando primaveras. Siendo recibido con agasajo en muchos hogares: desde los más humildes a los palacios. Es el odio. En España se ha instalado el odio y nadie sale a perseguirlo. Nadie sabe siquiera cómo perseguirlo.

El odio no es Vox, ni vino con Vox, como sostienen los simplistas. Esos mismos que alababan nuestra santa transición asegurando que había desinfectado de fascismo el país. No había fascismo, pero ahora nos damos cuenta de que sí había fascistas, a montones, más de cuarenta años después, heredando odio. Nos empezamos a dar cuenta cuando se emprendieron los primeros pasos para la recuperación de nuestra memoria. ¿Quién puede ofenderse porque saquemos a nuestros abuelos ideológicos, demócratas, de las cunetas? Eso nos preguntábamos algo asombrados. A aquello de desenterrar abuelos, los que odian, lo consideraban incitación al odio. Pero no lo identificábamos como odio, sino como simple cerrazón. Ignorancia. Decían que remover tumbas era inhumar odio, reabrir heridas. No se entendía muy bien. Resulta que desenterrar australopitecos nos hace avanzar en el conocimiento humano. Sin embargo, desenterrar abuelos es perverso, dañino, guerracivilista. Ana Botella, mientras, perdía el culo y el dinero público buscando por Madrid la tumba de Cervantes. A final, después de mucho remover cadáveres, la entonces alcaldesa se inventó una tumba y la llenó de agasajos. Pero aquello estaba bien. Era cultura. No como esos muertos desharrapados del tiro curil en la nuca. Ahora me doy cuenta de que aquello también era odio.

Pienso en Los santos inocentes. En el fabuloso libro de Delibes no hay odio, solo desprecio y vasallaje. A partes iguales. En extraña reciprocidad. Quizá aquel desprecio era odio encubierto, que solo afloró cuando algunos decidieron que había llegado la hora de renunciar al vasallaje, al silencio, al acatamiento, a la humillación. Pero no puedo decirlo con certeza. No soy experto en odios.

El odio, además, es interclase. Transversal, como se dice ahora. Se ve tanto en la adinerada Rocío Monasterio cuando pone muequitas al referirse a los niños solos, como en la caterva de pringados mileuristas que dedican todos los días un par de horas de su tiempo a batir cacerolas en las cercanías del hogar de Pablo Iglesias e Irene Montero. Hace falta mucho odio para perder tanto tiempo así. ¿Es que esa gente no considera que podría dedicar ese rato a follar, o a leer, o a hacer cursillos presenciales de algo, o a lo que sea?

Ahora vemos a algunas de nuestras grandes estrellas mediáticas regodeándose por las amenazas de muerte a políticos. Riéndose abiertamente a micro abierto. Cuestionando la autenticidad de las amenazas. Tontos con mucha titulación académica redifunden en redes sociales teorías de pirados que han perdido el tiempo en demostrar que las cartas amenazantes no son de Correos, sino un burdo montaje. Y, en el fondo, uno piensa que lo que que quieren realmente es que esas balas se disparen. A tanto llega su odio.

Volviendo a los buenistas, estos auguran que el odio desaparecerá bajo las urnas, como si el odio se presentara a la elecciones. Parva idea. Ocurre siempre todo lo contrario. Por desolador que nos pueda parecer. Perdón por la tristeza, coleguitas.