Rosas y espinas

El fútbol y el niño

Ferrán Torres celebra un gol en el Kosovo-España.- EFE

Hoy voy a escribir de fútbol, un tema bastante intrascendente pero que me tiene terriblemente desasosegado desde hace tiempo. Sé que muchos y sobre todo muchas, de mis miríadas de lectores, ya habrán despejado mi artículo de una patada, y lo comprendo. El fútbol, el deporte en general, es un negocio tan sucio como cualquier otro sacacuartos del Íbex-35. Pero yo creo que en el fútbol, en su cespediana simplicidad, nos dice a veces más de nosotros mismos que los más sesudos epigramas de los filósofos (también es cierto que esto ocurre porque dedicamos más tiempo a ver fútbol que a leer a los filósofos).

En el fútbol vemos amplificados todos los males de nuestra sociedad: el machismo (los defensas blandos son nenazas), la homofobia (no existen futbolistas maricones), la violencia irracional (hay aficiones contrarias que quedan en las redes para apalizarse sangrientamente antes de los partidos), el racismo (la onomatopeya del mono se escucha cada vez que un jugador negro rival coge el balón) y hasta la catalanofobia.

La sociedad española es tan catalanófoba que hoy expresa su odio al catalán sobre un asturiano, Luis Enrique, seleccionador nacional que jugó en el Barcelona después de militar en el españolísimo Real Madrid. Eso es imperdonable.

En estos últimos meses hemos observado cómo, en plena crisis y en plena pandemia, los mandamases del fútbol se morían por pagar 200 millones por un señor de pantalón corto que mete algunos goles. La Masía, que creo que es la cantera más presupuestada de estos lares, cuesta menos de 50 millones al año. Se valora más la especulación que la formación, quiero decir con esto. Y eso es un mal de nuestra sociedad que ya nos está pasando grave factura. Y fractura.

Los entendidos de los periódicos y tertulias deportivas (soy adicto) se quejan de que la Liga española se ha vuelto poco competitiva porque no se puede comprar talento foráneo, y nadie pone el acento en recordar que el deporte no consiste en comprar, sino en formar. Con los médicos, por ejemplo, nos pasa todo lo contrario: los formamos en nuestras universidades públicas para que acaben emigrando a países con sueldos dignos. No es que uno esté en contra de la movilidad, del viaje, del movimiento. Todo lo contrario. Pero que no sean viajes obligados por la necesidad material. Y menos si hablamos de profesionales básicos para el desarrollo de una sociedad, médicos y educadores y gente de esa laya.

La Masía es la escuela futbolera más prestigiosa del mundo y en ella solo caben 83 chavales, que lo acabo de leer en la página oficial del Barça. Ahora dicen que van a meter también chicas, para que veáis lo avanzado y cercano al siglo XIX que está el fútbol. Hay jugadores del Barça que cobran al año mucho más de lo que cuesta esta escuela en los mismos doce meses. Y yo, insisto, creo que en esto también el fútbol se va pareciendo muy tristemente a nuestra sociedad, a nuestra vecindad, a nuestros amigos, a nuestras follatrices y follatroces, y a nosotros mismos.

Quiero decir con todas estas peloteras digresiones que lo vamos manchando todo de especulación: desde el derecho a la vivienda, pasando por la cultura, y hasta el sanísimo deporte. Todo es burbuja. Si una sociedad gasta más en burbujas que en educación, está predestinada a seguir sucumbiendo bajo la elite que bebe champán. Los que trafican con burbujas seguirán brindando en vano por la democracia, por el deporte, por el amor, por la tierra, por la familia, y por esas otras tantas cosas bellas que me quedan por mentir.

Recuerdo cómo disfrutaba jugando al fútbol siendo niño y chaval. Hasta eso me lo están ensuciando.