Ruido de fondo

Los pastores eran los lobos

Los fundamentos del llamado mundo libre -por utilizar la terminología de George W. Bush- se desmoronan. Lo primero en caer, con el mismo estrépito que el muro de Berlín pero sin tanta propaganda, ha sido el mito de la economía de mercado. Si algo ha demostrado esta crisis es que el capitalismo no produce más felicidad que los planes quinquenales y que las leyes del mercado son intrínsecamente injustas.

Tras esta frustrada redención del liberalismo, lo que esta semana ha empezado a deshacerse es el Estado de derecho, esa romántica patraña con la que los políticos han proclamado nuestra superioridad moral frente a los regímenes totalitarios. Las filtraciones de Wikileaks están resultando tan devastadoras para la credibilidad democrática de Estados Unidos y de algunos aliados como destructiva fue la quiebra de Lehman Brothers para la economía mundial.

No es que nos hayamos caído del guindo. Ya sabíamos por Felipe González que la democracia se defiende también en las cloacas. Pero una cosa es sospechar que los hilos de la política se mueven por debajo de la mesa, y otra tener la evidencia —negro sobre blanco— de que al Gobierno de Zapatero le preocupaba más la irritación del embajador que la protección de sus ciudadanos.

Y dentro de la indecencia se pueden hacer distingos: una cosa es que Moratinos diera un perfil bajo a los vuelos de la CIA o que el preso de Guantánamo esté a 85.000 dólares, y otra que el Gobierno socialista pusiera en funcionamiento a los fiscales para impedir que la familia de José Couso enjuiciara a los culpables de su muerte. Esto, más allá del fraude o de la prevaricación, más allá del servilismo o la indecencia, es una canallada.