Trabajar cansa

¿Es más penoso ser albañil que teleoperadora?

"No todos los trabajos tienen la misma penosidad. No es lo mismo un puesto administrativo que un trabajo manual." -Elena Salgado, Vicepresidenta Económica- 

                

¿Cómo se mide la penosidad de un trabajo? ¿Tiene el gobierno un penosómetro aplicable a cada trabajador, para así decidir a qué edad se jubila? Y digo trabajador y no profesión, porque las condiciones dentro de un mismo oficio varían mucho según la empresa. 

Demos la vuelta a la pregunta: ¿hay algún trabajo que no sea penoso? Cualquiera de ustedes me podrá dar muchos ejemplos, estoy seguro, aunque habría que ver si todos coincidimos en qué es penoso. El ministro de Trabajo, en pleno debate de las pensiones, puso un ejemplo poco afortunado: "No es lo mismo trabajar en el andamio que ser profesor". No es lo mismo, claro que no. Pero muchos profesores no estarían de acuerdo en considerar poco penosa su profesión, ¿verdad? 

Podemos aún darle otra vuelta a la pregunta: ¿hay trabajos penosos per se, o los hacen penosos las condiciones en que se desarrollan? Porque al margen de ciertas tareas cuya dureza es inevitable, en otros casos habría que hablar, no de trabajos, sino de empresas penosas, jefes penosos o formas de organización especialmente penosas. 

La cosa no es tan simple como enfrentar a un albañil o un minero con un oficinista. A quien no lo tenga claro, le recomiendo una lectura reciente: Los desórdenes del trabajo, de Philippe Askenazy. El autor documenta la brutal intensificación laboral que ha habido en los últimos años, los cambios organizativos que buscan optimizar el uso de cuerpos y cerebros (exprimirnos mejor, para entendernos), y que han provocado un aumento del desgaste físico y mental, del malestar, de accidentes y enfermedades, y por qué no decirlo, del sufrimiento. 

Se me ocurren muchos ejemplos, pero vayan ustedes a una teleoperadora y díganle que su trabajo no es penoso, todo el día sentadita con el ordenador, ya verán lo que les contesta. Cada vez trabajamos más y peor, y las fantasías de reducción de jornada y sociedad del ocio quedaron atrás. Salvo excepciones (dichosos ellos), para una mayoría el trabajo es una obligación, por no decir una condena. Jubilarnos más tarde es aumentar la condena, y no estamos para bromas. Se ponga como se ponga el modisto de la arruga bella.