Trabajar cansa

Rita, vente al Algarrobico

"Para la Gran Vía hubo que derribar catorce calles. Allí conmemoran la ampliación, mientras aquí tenemos que paralizar el plan del Cabanyal." -Rita Barberá, alcaldesa de Valencia- 

                        

Perdonen que insista con el tema de ayer, los derribos en el barrio valenciano del Cabanyal, pero creo que cualquier apoyo a la resistencia vecinal es poco. Como ya escribí en otra ocasión, éste no es un problema local, todos somos vecinos del Cabanyal: en barrios así es donde nos jugamos el futuro de nuestras ciudades. 

Se me ocurría, a la vista de la diligencia con que la alcaldesa valenciana resuelve el problema -tirando casas sin esperar a que se resuelva el contencioso administrativo y judicial sobre si tienen o no protección, sabedora de que una vez derribadas no habrá sentencia que vuelva a levantarlas-, se me ocurría que podíamos pedir a Rita Barberá que se hiciese cargo de unos cuantos derribos que llevan años pendientes de que la justicia se aclare, o que incluso ya han sido sentenciados pero nadie acerca por allí la piqueta. Yo apoyaría que le dieran un cargo a tal fin, algo así como ministra de Derribos. 

¿Se imaginan que la señora Barberá pillase el famoso hotel del Algarrobico? La alcaldesa no se iba a parar a preguntar si la última decisión administrativa fija la zona protegida en cincuenta o en cien metros, ni de si hay algún recurso judicial todavía pendiente. Lo tiraba ella misma, enfundada en un mono y con una maza, hasta dejar la playa sin un cascote. No le duraba ni media hora, y ya podían los dueños del engendro lloriquear y rogarle que esperase otros diez años a que algún tribunal resolviese a su favor. 

Una vez limpio el Algarrobico, la reina de la piqueta cogería la furgoneta y seguiría la carretera de la costa, de punta a punta, para borrar del paisaje hasta la última urbanización edificada al margen de la ley. No se salvaría ni la piscina de cierto director de periódico. 

Vale, ya sé que estoy delirando, que las cosas no funcionan así. No se puede comparar un hotelazo o un chalet con un barrio humilde o unos restillos arqueológicos que estorban para una avenida o un aparcamiento, y para los que el gobernante de turno no tiene tanta paciencia. Hay piquetas y piquetas.