Trabajar cansa

Con la crisis ya no me duele nada

"Si se redujera el absentismo aumentarían los beneficios. Si no se erradica ahora, en época de bonanza aumentará. Hay que aprovechar para poner orden." -José Ignacio Echegaray, director de la consultora Persona-

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La crisis es mala, pero también tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, tiene efectos beneficiosos sobre la salud: desde que la economía va mal se han reducido las bajas laborales. Efectos beneficiosos sobre la salud… de la cuenta de resultados de las empresas, claro, que no la de nuestro organismo. Porque como reconocen los expertos, no es que estemos más sanos, ni que hayan mejorado las condiciones de trabajo, sino que tenemos más miedo a ser despedidos, y nos aguantamos la gripe o el lumbago no sea que el jefe se mosquee.

Pese a ello, seguimos a la cabeza de Europa en horas de trabajo perdidas. Por si no lo sabían, nuestros dolores, nuestro malestar, nuestras enfermedades, forman parte también de la contabilidad empresarial. La semana pasada se publicó un estudio del IESE y la consultora Persona que cifra el coste del absentismo laboral en 11.000 millones de euros al año.

Por eso últimamente empresarios y economistas ortodoxos insisten tanto en la necesidad de medidas para combatir el absentismo, y por ahí pueden venir las próximas reformas. No es que vayan a mejorar nuestra salud laboral, ni a preguntarse por qué trabajar nos pone malos, sino que la intención es apretar por el lado fácil: inspecciones y sanciones.

Y no sólo eso: los expertos han detectado también un alto grado de absentismo "presencial". Es decir, trabajadores que están en su puesto de trabajo pero como si no estuvieran, que se distraen, que no se entregan en cuerpo y alma a sus empresas. Una "ausencia emocional que repercute de manera directa en la productividad y en los resultados de negocio", según el estudio. Vamos, que no correspondemos como se merece el amor que las empresas nos tienen.

Ya que les gusta tanto echar cuentas con nuestra salud, estaría bien que un día nosotros también hagamos números y les saquemos la factura de lo que nos cuesta trabajar, del coste que tiene para nuestra salud, de lo cansados y cabreados que llegamos a casa, de lo que nos duele la espalda o la cabeza, de los años de vejez –y la calidad de los mismos- que nos estamos dejando en el tajo.