Malos tiempos para los funcionarios

“Hay como mínimo 150.000 funcionarios que no tienen trabajo que hacer. Si hay que hacer un ERE, se hace y no pasa nada.” -Joan Rosell, presidente de la patronal catalana-

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Como quien no quiere la cosa se va cerrando el cerco en torno a los funcionarios: de los chistes de siempre hemos pasado a señalarlos como privilegiados en época de crisis, y después a sugerir medidas contra ellos. De ahí a meterles mano sólo queda un paso, y parece cuestión de tiempo.

No hay semana que no salga un dirigente patronal, empresario, político o tertuliano proponiendo cambios radicales en la función pública: equipararlos con el sector privado, que se les pueda despedir, que sus salarios dependan de la productividad, o directamente echar a miles. Pero además, los funcionarios están sufriendo guillotina en los planes de ajuste europeos, con recortes salariales en Grecia, Portugal o España, y despidos en Reino Unido e Irlanda.

Los trabajadores públicos (es decir, de nuestros servicios públicos) ven que el río suena cada vez más. Porque además se temen que muy pocos ciudadanos moverían un dedo para defenderlos, ya que en tiempo de dificultades laborales prende fácilmente el resentimiento hacia quienes son presentados una y otra vez como privilegiados e improductivos.

De manera que los funcionarios sólo se tienen a sí mismos para defenderse, su fuerza como colectivo. Y hasta esa fuerza se está resintiendo. Vean lo de Andalucía, donde los trabajadores y sus representantes sindicales viven duros enfrentamientos entre partidarios y detractores de la reordenación de la administración que el gobierno andaluz ha aprobado.

Los favorables al cambio hablan de modernización y austeridad. Los que se manifiestan en contra denuncian que abre la puerta al enchufismo, la privatización y la pérdida de derechos. Sin entrar a fondo, en un primer vistazo no me gusta la idea de fragmentar la administración en agencias, pero además estoy ya escarmentado y cada vez que oigo a un gobernante hablar de “modernización” se me eriza el espinazo.

A la espera de ver en qué queda todo, hay algo que ya han conseguido: romper el bloque, dividir a los trabajadores, enfrentar a los sindicatos. Y a la vista de los vientos que soplan, esa ruptura es casi peor que cualquier reforma.