Cuando las barbas griegas veas arder

 

Veía esta semana noticias que hablaban de violencia en Grecia, y me dije: vaya, ya era hora de que llamásemos a las cosas por su nombre. Pero no: una vez pasado el titular, el contenido no hablaba ni de los violentos recortes públicos, ni de las violentas reformas, ni de las violentas bajadas de salarios y pensiones, ni de la violencia de la Unión Europea y el FMI, ni siquiera de la violencia de una policía que cada vez se emplea con más dureza. No, no era eso. Se trataba de la violencia de unos pocos que tiraron piedras y pegaron fuego al mobiliario urbano.

La paciencia de los castigados griegos está ya en zona inflamable, y no es para menos: el gobierno, siguiendo las órdenes de la ‘troika’, ha aprobado el enésimo paquete de medidas, que incluye 30.000 nuevos despidos en el sector público, menores sueldos para los funcionarios que queden, bajada del salario mínimo y las pensiones, suspensión de los convenios colectivos y subidas de impuestos.

Unas medidas que llueven sobre muy mojado, inundado más bien, porque ya en los planes anteriores hubo despidos, bajadas de sueldo y reducciones de gasto público. El violento ajuste ha sido progresivo, dosificado plan tras plan, y aún así se le atraganta a los griegos, pues las dosis son salvajes. Si uno coloca juntas todas las medidas que se han aprobado en sólo un año y medio, se entiende que los griegos empiecen a echar chispas y que amenace incendio, viendo cómo su vida se ha dado la vuelta cual calcetín, la profundidad del hoyo en que han sido arrojados, y sin haber tocado fondo todavía.

Servicios básicos desmantelados, estudiantes sin libros de texto, hospitales que carecen hasta de vendas, pensionistas en la miseria, trabajadores sin derechos… Y todo esto sin quebrar, sin que se haya consumado esa quiebra que lleva meses pronosticada, que todos asumen inevitable por muchos planes que apruebe el gobierno, y que según el ministro de Finanzas causará “la muerte económica de una o dos generaciones”.

Y nosotros, el resto de trabajadores europeos, viéndolos arder, y quién sabe si también viéndolas venir.