De Silicon Valley a Las Vegas

 

Desde luego, cómo cambia el cuento. Hubo un tiempo en que nuestros alcaldes nos hacían soñar con grandes eventos planetarios que, a la vez que nos abrían al mundo y convertían nuestra ciudad en marca, permitían “modernizar” infraestructuras para quitarnos el pelo de la dehesa: juegos olímpicos, expos universales, capitalidades culturales y así.

Después, la cosa se sofisticó y cada vez que un presidente autonómico se daba un garbeo por Estados Unidos volvía fascinado y prometía que iba a levantar en la región un Silicon Valley para ponernos a la vanguardia de la tecnología. Algunos llegaron a redactar el proyecto, y hasta eligieron nombre y un logo que transmitía modernidad con sólo verlo. Como mucho abrieron un polígono para jóvenes con más ideas que dinero, y ahí quedó todo.

Pero los tiempos han cambiado, y hoy las promesas son otras: un magnate aparece por aquí enseñando chequera y pide que le autoricen una república independiente fiscal, social y laboral en territorio español; y a nuestros gobernantes se les marca en la pupila el signo del dólar como en los dibujos animados. Ahí están Madrid y Cataluña disputando por ver quién se lo pone más fácil al rey del juego Sheldon Adelson para que instale una sucursal de Las Vegas.

Adelson propone un trato que algunos ven razonable: 18.000 millones de inversión y 200.000 empleos, a cambio de que no le apliquemos nuestras leyes de impuestos, blanqueo de dinero y derechos laborales; y que además le demos suelo gratis, una estación de metro y otra de AVE, accesos por carretera y le quitemos una zona de viviendas irregulares que afea el paisaje. ¿Lo ven razonable? Algunos gobernantes sí, y además no dudan de las cifras de inversión y empleo.

Hablemos claro: Silicon Valley sólo hay uno, y detrás van los chinos, que ya han montado unos cuantos parques tecnológicos, aunque eso sí, con condiciones de semiesclavitud. Así que no perdamos el tiempo aspirando a que nuestros ciudadanos emulen a Bill Gates, que a nosotros se nos da mejor poner copas, hacer camas, vaciar ceniceros en el casino y disfrazarnos de gondolero.