Opinion · Un paso al frente

Estoy encerrado en un… ¡Manicomio!

El teniente Luis Gonzalo Segura está recluido en un centro disciplinario militar desde el 18 de noviembre. El Jefe del Estado Mayor del Ejército decretó su arresto preventivo de 30 días por vía administrativa. 

 

El delirante mundo de las Fuerzas Armadas no se detiene a la puerta de los Establecimientos Disciplinarios Militares (donde nos reforman cuando nos desviamos), es como la libertad de expresión sobre la que el TEDH (Tribunal Europeo de Derechos Humanos) ya ha sentenciado que “no acaba en la puerta de los cuarteles” o que “los militares tienen derecho a ejercer la crítica y proponer reformas sobre sus “Fuerzas Armadas”. Pero claro, a la cúpula militar eso de TEDH les debe sonar algo así como marcianitos, porque si consideran que “el gobierno es débil” habrá que imaginar lo que piensan sobre tribunales tan estrafalarios como los que se dedican a los DD.HH.

Así pues, estar encerrado en un Establecimiento Disciplinario Militar es lo más parecido a estar en un manicomio. Eso o yo estoy loco perdido, que también puede ser. En este centro estuve los tres primeros días sin más ropa que la que llevaba encima y cualquiera puede imaginar lo humillante que resultó. Eso sí, no pasé frío porque la costra de suciedad es un buen aislante térmico y los calzoncillos y calcetines les daba la vuelta de un día para otro. Además el segundo día ya se movían solitos y me hicieron compañía. Una pena que al final me dieran ropa, porque habríamos hecho buenas migas… ¡Si al final el loco soy yo!

Esa primera noche me puse enfermo y me dijeron “Ahí tienes el libro de Adeslas”, a lo que pregunté “¿No hay un médico de guardia?” y me respondieron lo lógico: “no”. Vino el médico y me recetó una serie de medicinas y me dijeron: “danos dinero para ir a comprarlas” y yo respondí: “Oiga, si me han traído aquí por sorpresa y no he traído ropa y tampoco dinero suficiente”. “Pues no hay medicinas” sentenciaron, y así pasaron dos días hasta que me llevaron al banco más escoltado que a un asesino. Mientras tanto vomitona va y vomitona viene.

Uno de los problemas que tenemos, dejando a un lado el pensamiento ultraconservador, es la legislación. Por ejemplo, la lista de revista es del año 1893, pero que nadie se preocupe en exceso, que la reformaron hace bien poco: en 1904. Desde entonces, ahí sigue dando guerra. Pues bien, las privaciones de libertad como la que yo sufro se basan en la OM 97/93 y a nadie parece importar que se hiciese cuando todavía éramos un ejército de reemplazo. Total, casi ná ha cambiado desde entonces (en el mundo militar poquito). Puede, como he dicho antes, que sea un alucinado, pero ¿no hay un poco de alergia a reformar la normativa?

Si el problema fuese una normativa anacrónica hablaríamos de un mal menor, pero cuando luego hay mentes talibanes que las interpretan el resultado final es el que es. Algunos pensarán que exagero al calificar de manicomio al centro en el que estoy ingresado, pero juzguen ustedes mismos.

Este pasado sábado se prohibió la entrada de una máquina de afeitar, una radio pequeña, un discman y una botella de cristal, ya que parece ser que no puedo hacer uso de estos objetos hasta que venga un “supervisor” especializado. Lógico, porque son objetos tan extraños que resulta más sencillo ver un OVNI que encontrarse con uno de ellos. Se consideran peligrosos porque la máquina de afeitar puede ser un arma mortífera igual que del discman o de la radio puedo hacer una bomba (je, je…). En cuanto a la botella de cristal les puedo dar la razón, la puedo romper y convertirla en un objeto cortante. Todo esto podría ser considerado un exceso de celo si no fuera porque el propio centro me ha suministrado una máquina de afeitar con una CUCHILLA o en el baño de mi habitación hay un ESPEJO y las estanterías son de CRISTAL.

Es curioso pero el clasismo llega a tal extremo que primero hacen uso del gimnasio o la prensa diaria (sólo se permite un periódico de una línea editorial e ideológica) los miembros del Establecimiento, y después los sancionados. Siempre hubo clases y clases…

Quizá sea yo una persona extraña o trastornada, pero este tipo de sucesos me resultan incomprensibles. Tan incomprensible o más que lo anterior me resulta que a los cuadros de mandos (oficiales y suboficiales) nos sirvan la comida en una bandeja y la lleven a un salón particular mientras los soldados comen en el comedor. Teniendo en cuenta que somos seis sancionados, podríamos comer todos juntos y compartir salas, aunque claro debe ser poco menos que indigno comer con un soldado, no vaya a ser que nos pegue “algo” o alguno “envenene” sus mentes. Y es que ni en este centro disciplinario los militares son capaces de renunciar a su mentalidad clasista.

Todo esto que cuento puede resultar curioso o gracioso, y lo sería de no ser por lo mucho que les cuesta a los ciudadanos. En la Guardia Civil o la Policía Nacional (como en el resto de la administración) una falta grave no supone una privación de libertad como en las Fuerzas Armadas, lo que hace que se salden con sanciones que poco o nada afectan al bolsillo del contribuyente. En cambio, en las Fuerzas Armadas mantener las privaciones de libertad supone, por un lado, mantener la reserva sobre los artículos 5 y 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos (que es lo mismo que no cumplirlos) y por otro sostener ocho centros disciplinarios con más de veinticinco componentes en cada uno de ellos. Esto supone que sólo en salarios los centros disciplinarios cuestan más de 5 millones de euros anuales, sin contar los gastos en alimentación, mantenimientos varios, infraestructuras, traslados, reformas, etc.

¿Por qué gastar muchos millones de euros anuales para mantener una medida anacrónica y que atenta a los Derechos Humanos de los militares cuando se puede sancionar económicamente por las mismas faltas? ¡Muy fácil! Porque uno de los pilares que sostiene este Sodoma y Gomorra en el que se han convertido —o mejor dicho, siguen siendo— las Fuerzas Armadas es el miedo y más de uno teme que el castillo de palillos se derrumbe el día menos pensado.

¡Que no tengan duda! O reforman ellos el edificio (más allá de pintar la fachada) o caerá como muchos otros han caído. El tiempo dirá, pero si yo fuera ellos preferiría reforma interior a demolición y renovación que es lo que suele suceder cuando no se reforman los edificios agrietados. Si no les convence, que miren al bipartidismo que parecía que iba a ser eterno y hoy su enorme edificio se tambalea de un lado a otro como un péndulo y amenaza colapso de un momento a otro.

“Reformen, hombre, reformen” que es mejor para todos.

 

P.D.: Los militares de tropa de la Policía Militar me tratan de forma extraordinaria, aunque hay miedo en ellos a las represalias.