Opinion · Dietética digital

Selfcasting: después de Aylan, saturados y sin refugio

Reflexionamos sobre la sobrecarga de atención y la pérdida de sensibilidad por el excesivo uso de las redes digitales. Tomamos como ejemplo una de las cuestiones más polémicas: la inmigración y los refugiados. Continuamos el debate en n/vuestra web.

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Los anglosajones dicen que en el siglo pasado las televisiones hacían broadcasting: emitían el mismo contenido “en ancho o abierto” para una masa enorme. Mucha gente distinta veía la misma programación. Ahora se hace narrowcasting: elegimos el contenido y cuándo verlo “en estrecho” (solos en Internet) o “en cerrado” (con un abono o una cuota de socio). Quien pueda pagar, claro. Pero lo que, de verdad, define el arranque del siglo XXI es el selfcasting: todos nos grabamos y compartimos todo, todo el tiempo.

Millones de selfies construyen una imagen digital totalizadora, sin límite ni limitaciones. Los colgamos de Facebook o Instagram, los enviamos por WhatsApp o Snapchat, tras protagonizarlos. Etiquetamos nuestros autorretratos con un significado, presentándolos como fragmentos de “nuestra” historia; que siempre tiene un final feliz. Cualquiera (dicen) puede contar su vida, hacerse visible y alcanzar la fama. Convertirse en youtuber es la cumbre: estrella única de un canal propio, con miles de seguidores y patrocinios de grandes marcas.

Los selfies cuentan quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Una imagen habla por sí misma y vale más que mil palabras. Estas simplezas cobran nuevo significado. Más vacío que nunca. Que se las digan a la familia de Aylan Kurdi, el niño sirio de cuatro años que, buscando refugio en Europa, murió en la costa mediterránea en 2016. Le hicieron un selfie, supuestamente periodístico.

Dicen que aquel cadáver, encogido como un feto vestido en la orilla, despertó nuestras conciencias. Las redes se encharcaron de lágrimas. Luego ocuparon su sitio otras fotos de niños sirios retratados con estilo de selfie. Les mostraban heridos y cubiertos de polvo tras el bombardeo de varios hospitales infantiles. Se trataba de hacer a una de las partes en el conflicto responsable de que fueran objetivos bélicos. La avalancha de imágenes, a cada cual más impactante, no paró las bombas. Tampoco contrarrestó el guion “informativo” de las noticias sobre refugiados árabes.

El discurso dominante presenta a los refugiados con una secuencia de estigmas: “ilegales”, “islamistas” y “(potenciales) terroristas”. Antes de quitarnos la vida, nos quitan el trabajo. Mientras se vacían las iglesias, ellos abren nuevas mezquitas. Por su culpa, nos pagan una miseria o despiden. En la banda de sonido del cuentacuento islamofóbico, la llamada a la oración de los imanes sustituye las campanadas del sacristán.

La etiqueta más positiva de los refugiados es la de víctimas de las mafias. Culpa a otros (encima de su misma raza o religión) de aprovecharse de ellos y de poner sus vidas en riesgo. Oculta que son consecuencia inevitable de nuestras guerras económicas y militares. Explica que mueren ante las fronteras por la codicia de los traficantes, no porque los recibamos con alambradas y pelotas de goma. Y, en su última versión, la culpa se reparte con las ONG que los rescatan y así aumentan el “efecto llamada”.

Este discurso ya es en España asumido por toda la derecha. La “conservadora” -el Partido Popular- y la “liberal” -Ciudadanos-,  pugnan por encabezar el discurso xenófobo que tanto rédito da a formaciones y personalidades como el Frente Nacional de Le Pen, la Liga de Salvini, o Donald Trump. Sin olvidar a Vox, la formación de ultraderecha que más abiertamente asume estas proclamas. Tratan de convertir el conflicto en una especie de “guerra santa”, la cruzada del siglo XXI.

No tenemos ni idea de quiénes son los refugiados, de dónde vienen ni adónde van a parar. Intenten responder a estas cuestiones con datos. Avalen con cifras su miedo a sufrir un atentado yihadista. Es bastante infundado. Entre 2000 y 2014, casi nueve de cada diez atentados se produjeron en países de mayoría musulmana. El yihadismo asesinó, en total, a más de 72.000 personas: 63.000 donde el islam es la religión mayoritaria.

Gráfico del diario británico Independent sobre la proporción de víctimas del terrorismo.

El torbellino de imágenes —centradas en nuestras víctimas, excitando nuestra sensibilidad— nos engulle. No deja espacio a un solo argumento basado en hechos ciertos. Saturados de imágenes, perdemos la capacidad de razonar. El dolor nos rebasa. El terror nos paraliza. Sentimos y opinamos. Lloramos y condenamos. Al margen de la realidad, dejándola de lado.

La exhibición reiterada del horror acaba por inmunizarnos. Eleva el umbral de empatía. En el imperio de la imagen digital no cabe la compasión. Disminuye la capacidad de compadecernos, de sentir y compartir el dolor ajeno. La exposición constante de una tragedia creciente embota los sentidos. Acaba inmunizando, deshumanizando al espectador. Y da voz a personajes inhumanos.

Varios cargos políticos han sostenido que los refugiados traen muchos niños consigo para dar pena. Que los utilizan de pasaporte humanitario para atravesar la frontera. Si bombardeasen los barrios de estos señores, lo primero que harían es dejar a sus hijos y familiares menores en brazos de quienes huyen. Al menos, ese es el comportamiento que se espera de un ser humano. Y es el que practican las culturas que mantienen familias extensas y lazos sociales fuertes. Quienes aplican “la política humanitaria” avergüenzan a la humanidad.

Quien carece de un lugar en el mundo, tampoco encuentra refugio en las pantallas. No ser reconocido por ningún Estado significa la pérdida efectiva de los derechos humanos. Por muchos selfies que te hagas, solo eres visible en relatos que otros hacen de ti. El papel de los Aylan en las redes está en manos extrañas. Tanto, que los convierten en personajes de un videojuego.

Pokemon Go fue considerado el videojuego de mayor éxito hasta el momento de su aparición. Combinaba la realidad aumentada y la geolocalización. Consistía en buscar personajes de Pokemon en el mundo real, indicando cuáles estaban más próximos. Nunca se habían hecho tantas descargas para móvil, ni alcanzado 75 millones de usuarios en tan corto tiempo. En la era del espectáculo y de la explotación de la atención, un fenómeno como este puede acabar sirviendo a causas totalmente insospechadas, como a la guerra en Siria. Transcribo ahora una noticia. En realidad es un comunicado bélico, publicado como información.

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El Ejército Libre Sirio, el principal grupo rebelde frente al régimen de Bashar al Assad, ha lanzado una campaña con niños sirios posando ante la cámara con un cartel con el dibujo de distintos personajes del universo Pokemon Go para instar a la comunidad internacional a rescatarles.

La campaña, difundida desde la oficina de prensa de este grupo ha comenzado a replicarse en redes sociales con la etiqueta #PokemonInSyria pero también con #PrayforSiria, habitualmente utilizada para denunciar el sufrimiento de un pueblo que lleva más de cinco años en guerra.

En las imágenes, diversos niños aparecen tras un folio en el que hay dibujado un personaje de Pokemon sobre frases como “Estoy en Siria, ven a salvarme”, “Estoy en Idlib, ven a por mí” o “Hay una gran cantidad de Pokemon en Siria, ven y sálvame”.

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Era un comunicado del “Ejército Libre”: las tropas pagadas por EE.UU. y sus aliados para derribar al déspota sirio. ¿Pretendían salvar niños o publicitar una guerra? ¿Asistir a las víctimas más indefensas o recabar donaciones? ¿Para qué? ¿Para imponer en Siria una paz que encubriese otra guerra civil como en Irak, Afganistán, Libia…?

Una de las imágenes de la campaña #PokemoninSyria.

La filósofa alemana Hanna Arendt escribió “la principal privación de los derechos humanos se manifiesta, primero y sobre todo, en la privación de un lugar en el mundo”. Los refugiados carecen de él, ningún Estado vela por sus derechos. Ser ciudadano “da significado a la opinión y efectividad a las acciones”. La ciudadanía garantiza que las leyes te protegen. Sin ella, dice Arendt, “no se les ha privado de libertad sino de la posibilidad de actuar; no del derecho a pensar lo que quieran, sino de su derecho a dar su opinión”. No importa lo que los refugiados opinen o sientan. No le importa(n) a nadie.

A la democracia digital los refugiados le traen al pairo. Arendt escribía antes de la Segunda Guerra Mundial sobre los desplazados de la Primera. Entonces, como ahora, se les negó el derecho de asilo. Luego fueron internados en campos que comenzaron siendo de acogida y después de internamiento. No tardaron en transformarse en lugares de concentración y exterminio. Tras los refugiados vinieron los judíos, los gitanos, los homosexuales, los oponentes políticos…

Aylan y su familia están indefensos en las redes. No pueden ganar batallas ni exigir derecho alguno en una realidad virtual con guion de videojuego xenófobo y militarista. Los refugiados son la excusa para que otros se forren. Los ejércitos mercenarios o los mercaderes de datos. Ganan siempre los últimos: al descargar Pokemon Go, recopilaban toda la información del móvil. Ganaban también los establecimientos y los negocios que pagaban para que los Pokemon estén en su localización o las inmediaciones. Aylan y los suyos no tienen lugar en esa realidad mercantilizada que los snobs llaman “expandida”. No los incluye. Están para ser salvados… con más guerra.

Mártir procede de un término griego que significa testimonio de alguien que sufre persecución por una causa ideológica o religiosa. Los perseguidos no hablan con voz propia en los testimonios digitales más difundidos. Los niños-Pokemon sirios resultan más macabros de lo que parecen a primera vista. Quienes les sacaron los selfies imitan la propaganda del Estado Islámico. Al que EE.UU. apoyó en su origen (como luego al Ejército Libre Sirio).

Los yihadistas piden rescate o publicitan sus ejecuciones con fotos en las que el rehén, que va a ser o ha sido ejecutado, también aparece en primer plano. Y sostiene en las manos un cartel escrito por los secuestradores. Representados de igual modo, los niños-Pokemon sirios imitan la propaganda terrorista. Es la gran ventaja de la realidad virtual: sirve para propósitos opuestos. O no tanto. Si la estética y la ética de las imágenes (anti)terroristas se parecen tanto, es que a lo mejor buscan lo mismo. Idiotizarnos, aprovechando que solo vemos lo que tenemos delante: pantallas.