Opinion · Dietética digital

Nuestros medios

La semana pasada, al igual que la anterior, nos centramos en cómo las plataformas digitales como Facebook, Instagram o Twitter juegan un rol clave en la diseminación de fake news, y cómo se lucran de ello. En este capítulo, ponemos el acento en desmontar el mito de que estas redes son medios sociales, y exponemos lo que supone ser un medio social de verdad. Continuamos el debate en n/vuestra web.

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El colmo de la perversión de la neolengua (idioma oficial en la novela 1984) digital es hablar de redes sociales y, acto seguido, llamarlas medios sociales. Si no precisamos que son redes digitales, publicitarias, comerciales o corporativas, confundimos sus objetivos. Al llamarles sociales, nos atribuimos un protagonismo y un control que no tenemos. Y al considerarlas medios, identificamos publicidad e información (justo como Trump). Las redes hacen negocio, no comunicación social.

A través de las redes podemos reencontrar nuestro amor del instituto. Pero cuando se enteren que nos casamos, lo transformarán en una ocasión de negocio. Difícilmente nos propondrán otra cosa que consumir: organizar un bodorrio por todo lo alto, según nuestras “marcas digitales”. Inflándolas, para que gastemos más. Si nos dejamos ir, puede sucedernos lo que a una chica mexicana cuyo padre invitó a los 2.000 vecinos de su comunidad a su fiesta de quinceañera por Facebook. Extendió la invitación a todo el mundo. Acudieron 30.000 personas, bastantes más que las 800 que se esperaban. Y menos mal que no fueron el 1,2 millones que habían confirmado. La guinda de este desmadre charro la puso la muerte de un hombre en la carrera de caballos, típica de estos eventos. Las redes convierten los actos sociales en ferias y espectáculos de alto riesgo.

Un medio social, propiamente dicho, antepone los intereses de la ciudadanía que representa. La pone por delante del beneficio que pueda sacarle. De hecho, los medios sociales o comunitarios limitan su crecimiento. Quieren ser sostenibles: ganar lo justo y necesario para ser útiles a la comunidad a la que sirven. Y, no menos importante, buscan asegurarse la independencia de gobiernos o empresas. Objetivo imposible, si manejasen presupuestos multimillonarios.

Los medios sociales, además, reinvierten los beneficios en el entorno próximo. Apoyan al público que los sostiene y da sentido a la radio no comercial, al periódico de barrio o al fanzine con “publicidad amiga”, a la tele comunitaria, al portal de organizaciones cívicas… La industria digital, en cambio, busca el lucro. Si hace donaciones es para desgravar impuestos. Si financia proyectos de educación social es para vender (im- poner) sus productos. Recurre la responsabilidad y el retorno social con fines autopromocionales.

El sueño de Zuckerberg (y compañía) sería acaparar todos los flujos comunicativos. Centralizarlos en su plataforma, para remitirlos al nodo central que él ocupa. Según afirma Nicholas Carr, “Facebook usa algoritmos para optimizar flujos de noticias de modo que produce un modelo de actividad en red que maximiza el flujo de cierto tipo de datos [traducidos en dólares] para un nodo particular [que se llama Facebook]. Ese es su negocio”.

Ilustración por Raúl Arias.

Informarse solo a través de las redes sociales supone alimentarse de medios nacidos para mentir. Por diseño informático y modelo de negocio, generan falsas noticias: el formato publicitario ideal.

Los dispositivos y los programas de las cuatro grandes compañías tecnológicas conocidas como GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) son de código cerrado y tienen la estructura de una red centralizada. Protegen sus algoritmos y la información mercantil que recaban con leyes de propiedad privada. Y al centralizar nuestros flujos comunicativos privatizan el debate público y el conocimiento social. No tienen nada que ver, están en los antípodas de un medio comunitario.

Una monodieta informativa, a base de redes comerciales, invisibiliza los verdaderos medios sociales o comunitarios. Estos sí que socializan los debates y liberan conocimiento. Un medio social ejerce de plataforma de debate para ayudar a que el público exprese opiniones fundamentadas y formule el interés colectivo. Aporta informaciones, filtros y baremos de calidad. Sus protocolos de censura son de código abierto, revisables por cualquiera. Y no orienta el debate para “reventar” la audiencia, sino para favorecer consensos sobre el bien común. Además tiene una estructura descentralizada. Distribuye la palabra, desde abajo y en horizontal. No la concentra en la cúspide.

La industria digital juzga los contenidos por el dinero que proporcionan. No considera la credibilidad de las fuentes, su rigor y la autoridad moral. Eran los estándares que el periodismo al menos decía que aplicaba antes de publicar una noticia. Y, en cierto modo, lo comprometían y por ellos se le juzgaba. Sin embargo, la industria digital identifica y construye audiencias publicitarias. Frente a ella, los medios sociales expresan y nutren comunidades de públicos activos. Participan en la política y la economía de forma crítica. Además de consumir y votar, vigilan la oferta de los mercaderes (incluidos los amos de los medios) y los políticos. Saben que si los dejan solos, los timan y enmudecen.