La OCDE ha previsto que, si la cosa sigue igual, el desempleo ascenderá en 2012 al 23% de la población activa española. Con el país hipotecado y si consultamos las recetas que nos ofrecen los principales medios de comunicación, el discurso parece escribirse solo: España tiene que acometer sin rémora alguna reformas estructurales en el mercado de trabajo para facilitar la contratación y limitar los aumentos periódicos de salarios al nivel de competitividad de la economía. Por encima de todo(s).
El problema de los argumentos que se escriben solos es que acaban pensando por uno mismo: un aumento de la competitividad exterior podría suponer mayores exportaciones para el país; la facilidad para despedir reduciría el miedo del empresario a la contratación, con lo que las cifras de parados, y por tanto, los subsidios al desempleo, decrecerían, mejorando las perspectivas de futuro. Esto daría una cierta señal de confianza a los mercados, con la consiguiente reducción de la prima de riesgo y el sobrecoste de financiación de la banca española, lo que ejercería un efecto multiplicador del crédito para la creación de empresas; un complemento idóneo al programa de incentivos que prepara el Ejecutivo entrante para los autónomos y emprendedores.
Por el mismo camino: se debería proceder a un incremento de los impuestos indirectos para impulsar la consolidación fiscal, además de una fuerte racionalización de unos servicios públicos escasamente valorados por una población acostumbrada a la tutela del Estado. Un mayor énfasis en la responsabilidad personal y en la gestión individual y familiar de las necesidades puede liberar a los entes públicos de muchas obligaciones, lo que garantizaría la reducción de los déficits y la normalización de la financiación de la economía española.
Este, con diversas variaciones, es el discurso oficial de la “recuperación” de la economía española que llevamos recibiendo desde hace ya más de un año. Un proceso de reestructuración que nos va a hacer más austeros (pobres) y nos va a dejar en mejores condiciones para las nuevas circunstancias de la economía mundial (en la que se han entronizado nuevos imperios que incorporan regímenes de esclavitud para muchos de sus trabajadores).
El problema de este argumento, que enfatiza el empobrecimiento como salida y reajuste a una situación más realista, es que se deja fuera algunas circunstancias que deberíamos conocer: las prisas por reducir el déficit se deben, en realidad, a la presión sobre una deuda pública mínima en comparación con la de otros países; una deuda que está siendo bombardeada por dos razones principales:
- Una, económica: los agentes financieros saben que la banca española guarda en sus balances cientos de miles de millones de euros en pérdidas que no va a poder recuperar. Son las hipotecas basura nacionales: la cantidad de dinero que se prestó a las familias, inmobiliarias y constructoras, con el aval de una perspectiva de crecimiento infinito del valor del suelo y de los pisos. Ahora, cuando el emperador está oficialmente desnudo, la banca se encuentra estomagada con llaves de apartamentos mientras franceses, alemanes y norteamericanos, que prestaron el dinero para la orgía, reclaman su devolución con sus correspondientes intereses.
- Otra, política y mediática: el bombardeo sobre la Eurozona tiene causas reales, pero también está sirviendo para que otras economías, como la estadounidense, la británica o la japonesa -por no hablar de las burbujas que se gestan en China y Brasil- ganen tiempo para tratar de salvar una situación realmente difícil de superar. Es más que posible que el precario sistema económico mundial se haya roto y que nacionalismos de nuevo cuño estén operando con mecanismos más sutiles que los del pasado.
Mientras tanto, nuestros medios y la pereza mental heredada de la etapa de prosperidad nos mantendrán atados al pan y circo: el final del terrorismo, el renacimiento del independentismo y la nueva figura de los políticos nacionales y regionales que recortan derechos sociales. Se trata de acontecimientos relativos a lo que el sociólogo norteamericano Charles Wright Mills denominaba “los niveles medios del poder” que, hoy por hoy, no cuentan para casi nada. Los ciudadanos, remisos a mirar hacia arriba y comprender los intereses que nos mantienen en esta situación, seguiremos señalando a nuestros gestores por las medidas que acometen obedientemente. Quizá sea lo más cómodo a corto plazo, pero, en el momento más necesario, Europa y los grandes poderes parecen hacérsenos demasiado grandes. También nosotros tenemos nuestras propias reformas personales y colectivas pendientes. O terminaremos por pensar como ellos.
Desde hace ya muchos meses, Grecia se ha convertido en el escenario de un drama de alcance mundial. El hecho de que sus préstamos a un año hayan alcanzado un tipo de interés del 90% es un indicador de que al país se le ha negado totalmente el crédito.
Sorprendidos constantemente por situaciones que jamás podían haberse imaginado, los dirigentes europeos exigen a los griegos medidas de “ahorro” que, paradójicamente, reducen la posibilidad de que este país pueda devolver todo el dinero que debe: es imposible que una nación que está sufriendo una depresión inducida genere una mínima riqueza para salir de esa situación.
Las “facilidades de crédito” puestas al servicio de Atenas persiguen sobre todo proteger a sus acreedores: los fondos públicos comunitarios avalan, de alguna manera, a los “bonos basura” griegos, tratando de ofrecer una cierta imagen de respaldo. Pero Grecia es una pieza demasiado deliciosa como para dejar de apostar contra ella: un país que planea reducir el sueldo de los funcionarios en un 40% viaja a toda velocidad hacia el Tercer Mundo. ¿Cuánto tiempo seguirá en nuestro club de ricos?
Pero no se trata solo de una tragedia nacional. Francia debate sobre la posible nacionalización de tres de sus mayores bancos, contaminados con activos griegos. Algo parecido podría suceder en Alemania. Para colmo, la mayoría de los inversores, sobre todo los estadounidenses, suscribieron seguros contra impago (CDS) después de adquirir bonos de Grecia. Llegó un momento en que los CDS se adquirían sin ni siquiera tener deuda pública helena. Una quiebra u otra situación de derrumbe en las finanzas de este país promovería millonarias transacciones entre los aseguradores y los asegurados. El alcance posible es además desconocido, ya que a los más ricos les suele gustar trabajar con cierta opacidad.
En momentos como estos nos topamos con el lado oscuro de la globalización: la extensión de una red de finanzas que creó una sensación de riqueza artificial y para la que colaboró la revolución de las comunicaciones. El nuevo mundo feliz virtual creado por la tecnología digital y el crédito barato era tan goloso como vulnerable. El problema es que somos todos avalistas de esta gran apuesta que desde hace años se derrumba. Por eso el resultado es el probable empobrecimiento de las clases menos favorecidas. Cada vez queda más claro que habría que formatear…
Si fuera un especulador, si perteneciera a uno de esos clubes de ricos que se reúnen para apostar al hundimiento de ciertos países, este sería el momento perfecto para hacerlo con la idea de Europa.
Los medios de comunicación nos muestran una Eurozona que, día sí, día no, se salva de un colapso que terminaría siendo mundial. El Estado griego, en una especie de bancarrota virtual sostenida desde hace muchos meses, recibe inyecciones de dinero a cambio de un rápido empobrecimiento de su población; Irlanda y Portugal contemplan el Acropolis now! (The Economist, 29-04-2010) sabiendo que mucho de lo que está sucediendo allí les ocurrirá a ellos después. Y las apuestas, no contentas con la amenaza de quiebra en España e Italia -dos bombas de relojería-, han pasado ya por la invertebrada Bélgica para amenazar, por fin, a las finanzas francesas.
Llegados a este punto, podemos deducir que no serán rescates más generosos, ni impuestos a las transacciones financieras, ni siquiera una mayor transparencia en los mercados las medidas capaces de evitar la caída en desgracia de la zona euro. La principal razón parece clara: uno de los valores que más venían cotizando al alza a lo largo de las últimas décadas, el capital social y humano que suponían la cohesión y el bienestar social de la Unión Europea, ha demostrado ser un activo sin soporte real ninguno. Europa, aquel adelantado civil, democrático y social del mundo entero, no es más que una burbuja política. Detrás de su explosión solo queda un mercado lleno de tiburones y aves carroñeras.
Lejos de ser un camino hacia una unión política, la Eurozona ha existido como un mercado sin gobierno ni políticas sociales coherentes: los alemanes acumularon durante los años ochenta y noventa un excedente de capital -a costa de mantener los salarios bajos- que se destinó a las economías periféricas (PIGS); de esta forma, los grandes bancos españoles contaron con muchísimo dinero para prestar y hacer negocio, por lo que el complejo bancario-político y legal generó una enorme burbuja inmobiliaria y transformó aquellos euros en cemento. Pero quienes financiaron ese crecimiento enfermizo no fueron sino los bancos alemanes y también franceses, que ahora necesitan todo aquel dinero de vuelta.
Hasta que no pongamos sobre la mesa esta situación, la de una Europa en la que hay países ricos que lo son, entre otras razones, por su condición de acreedores de los periféricos y crónicamente endeudados, no encontraremos una salida a la fase explosiva que vive la zona euro. Una situación de shocks financieros constantes que se materializan en militarizaciones de las constituciones nacionales y en horizontes vitales cada vez más oscuros. Más que bramar contra un capitalismo injusto -algo tan evidente como paralizante- debería ser el momento de hacer política de verdad, y generar a unos representantes que digan en las pocas instituciones democráticas de la UE lo que está pasando y lo que tiene que dejar de ocurrir. Una sincera explicación de todo esto al electorado -de la que nos han privado los principales partidos españoles- representaría el inicio de un camino de regeneración democrática. Quizá sean pocos los que quieren recorrerlo.
La subida de tipos en la Zona Euro representa la enésima mala noticia para la recuperación española, si esta aún fuera posible por el camino que transitamos. La deuda inmobiliaria crece aún más porque aumenta el Euríbor: la Unión de Consumidores Españoles ya cifra el incremento en 225 euros anuales. Menuda gracia. ¿Cuáles son las razones de este cambio en la política monetaria del Banco Central Europeo? Aquellos a quien los izquierdistas estadounidenses llaman los miembros de la budget hawk gang (la banda de halcones del déficit) temen la inflación en Europa. Mucho más que nosotros.
La inflación es un impuesto injusto que recae sobre todos los ciudadanos y es cierto que está aumentando, entre otras razones, porque hay países –Brasil, China, India, etc.- que avanzan en su desarrollo y cada vez demandan más productos, materias primas, etc. Lo normal es que el precio de estos bienes suba y nuestro dinero, por lo tanto, valga algo menos. A eso tenemos que sumar las revueltas árabes, el desafío de Gadafi y, quizá también, todo el dinero líquido que la Reserva Federal está poniendo en circulación para comprar la descomunal deuda pública estadounidense. Al contrario de en nuestra querida Europa, en EEUU el banco central compra la deuda directamente del Tesoro (monetización del déficit), lo que facilita independencia y autonomía para que el Gobierno practique políticas de creación de puestos de trabajo. Y eso que no son progresistas. El objetivo de la Federal Reserve Board es el de fomentar el empleo y controlar la inflación, pero el del BCE es solo el de mantener la inflación por debajo del 2%. ¿Alguien nos pidió opinión para esto? Cosas de la democracia.
Imaginemos que somos inversores y nos hacemos con 100.000 euros de renta fija, a un tipo de interés del 5% a un año. Pasado este año, el rendimiento de nuestro activo y por tanto el beneficio que recogeremos será de un total de 5.000 euros. Lo que ocurre es que ese es el “rendimiento nominal” y no el real, que resultará de restar a esos 5.000 euros el total de inflación media que se produce durante ese ejercicio anual. Si este total fuera de un 2% -cumpliendo con el objetivo del BCE-, nuestro beneficio sería sencillo de calcular. La cosa quedaría más o menos así:
Inversión inicial: 100.000 euros en renta fija; tipo de interés nominal: 5%; inflación anual: 2%
Rendimiento = 5% de 100.000 – 2% de 100.000 = 5.000 -2.000 = 3.000 euros
Igual esta explicación –que no requiere ni de un primer curso de Economía- resulta insultante para alguno por obvia, pero no es menos claro lo que esconde una subida de los tipos de interés en la Zona Euro. ¿Qué nos pasaría, como inversores, si la inflación anual pasara del 2% al 4%? Nuestros beneficios descenderían a solo 1.000 euros y nuestra motivación para invertir sería bien otra. Si tuviéramos poder de mercado o formáramos parte de un lobby, lo primero que pediríamos sería que subieran los tipos. Y creo que ya sabemos todos más o menos por dónde van los tiros…
Como nos encontramos en una economía en la que la mayoría de la cantidad de dinero está invertida, por decirlo de alguna forma, en más dinero por obra de distintos instrumentos y activos –gran parte del dinero es informático o bancario, no existe, está circulando-, la inflación o la pérdida de valor de este se convierte en una plaga muy peligrosa.
¿Qué pasaría con nuestra deuda pública española si la inflación subiera a un 5%? Que se reduciría en una cuantía interesante: nuestros prestamistas se llevarían mucho menos dinero. Lógicamente la inflación no es precisamente una solución porque provoca conflicto social (los trabajadores piden aumento de salarios) y resta capacidad adquisitiva al ciudadano, deprime el consumo, etc. La “estanflación” –una situación de mucho paro más inflación en una economía- no es algo deseable, pero sorprende la prontitud con la que las autoridades y las instituciones que nos rigen exhiben sus prioridades. ¿No hay otras salidas teniendo en cuenta cómo estamos los países del sur de Europa? La imaginación y la economía neoclásica nunca han ido de la mano.
Es posible que para que toda esta locura siga funcionando sea necesario subir y subir los tipos: los inversores impulsan una economía financiera que recibe sus fondos de los recortes sociales de las naciones democráticas y sigue especulando. Pero por ese camino no habrá ya ningún rescate más que aplicar: a países como los nuestros nos empezarán a compensar otras soluciones como las temibles quiebras ordenadas o el cuestionamiento de la moneda única. Lo de Islandia igual no es muy representativo, pero algún que otro portugués debe de estar mirando a la lejana isla con cierta envidia. Con los tipos ya nos han metido un agujero más de cinturón. Y quedan más hasta final de año.
Con la decisión del Congreso, queda ya más que oficializado el “efecto llamada” a los fondos de pensiones privados. Unos productos que no pasan precisamente por su mejor momento. Los informes sobre la supuesta insostenibilidad del sistema público caminan paralelos a las peticiones y sugerencias de la patronal de los fondos de inversión, que achaca sus mediocres resultados al hecho de que el sistema español no promueve suficientemente la provisión privada. Todo parece indicar que comienza un nuevo rescate: otra transferencia de fondos desde el factor trabajo al capital.
Tiene sentido, pues las cajas y los bancos están rozando el abismo: si un ladrón atracara hoy uno de estos, quedaría decepcionado al abrir la caja fuerte, pues la encontraría repleta de llaves de estupendas promociones inmobiliarias que se están depreciando. Las pesadillas de los banqueros son ahora mismo esas delicadas formas metálicas.
No es extraño que la salida de la crisis se esté proponiendo por la vía más obvia: la de incrementar nuestro miedo e inseguridad sobre el futuro. Con estas noticias, cualquiera que cuente con ciertos ahorros en el presente querrá inmovilizarlos en productos de inversión que no puedan quebrar. La “solvencia” de los grandes bancos españoles, gritada a los cuatro vientos por todos los medios de comunicación, pasará a ser el nuevo aval, sin haberse ganado esa reputación con hechos reales. Muchas papeletas para una burbuja futura.
¿Qué podemos hacer? Como afirma el sociólogo alemán Ulrich Beck, nuestro lugar político ha pasado de las calles a la televisión; somos consumidores y potenciales inversores que debemos “politizar” estos riesgos e “incertidumbres fabricadas”. ¿Por qué no destinar nuestro dinero excedentario, si contamos con algo de este, a unos activos más seguros y también rentables como son las letras y bonos del Estado? ¿Y si revisáramos nuestro hábito financiero, nuestras costumbres en relación con el dinero y las inversiones?
Puede ser un brindis al sol, pero son tiempos de propuestas constructivas y de superación del fatalismo. Una compra exitosa de este tipo de renta fija presionaría a la baja su tipo de interés y, con ello, el ritmo de recortes que el Gobierno implementa a nuestro sistema de protección social. Todos los ingredientes para constituir una inversión rentable y con cierta repercusión indirecta en el bienestar común. La cuestión es por qué no se habla de esto en las tribunas políticas y por qué el lenguaje de los dirigentes sigue repitiendo cansinamente el mismo mantra. ¿Tienen todos ellos ya su flamante plan de pensiones? ¿Están realmente pensando en nosotros?
La mayoría de los ciudadanos españoles eligió la primera cadena de TVE para comerse las uvas; “es tradición”, dicen algunos en ese breve lapso de tiempo entre un año y otro, en el que la irracionalidad de los deseos y la superstición se cuelan entre los recovecos de nuestra conciencia.
Con el objeto de preparar a los espectadores antes del momento cumbre, desde el mismo canal, el humorista José Mota protagonizó un aburrido desfile de chistes que pretendían resumir lo acontecido en 2010. Pero lo sorprendente sucedió al final del programa: unos caracterizados José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy se preguntaban quién vencería en las elecciones de 2012; este interrogante se cerraba con la sentencia de unos señores en un casino: “Gane quien gane, ganaremos nosotros. ¡Gana la banca!”
Lejos de olvidarlo, el ex Cruz y Raya insistió en el comportamiento de nuestros ‘líderes financieros’ segundos antes de las doce uvas, ante el frío y la incomodidad de la presentadora vitalicia Anne Igartiburu, una señal de que no se trataba precisamente de una escena ensayada. Muchas empresas y marcas famosas matarían literalmente por poder enviar sus mensajes comerciales en el mismo momento en el que José Mota prometía meter en cintura a nuestros banqueros. No pudo pasar desapercibido.
Independientemente de lo que sea del humorista a partir de ahora –decir la verdad no suele salir rentable-, la anécdota refleja un probable fenómeno de descontento ciudadano en el que cada vez se habla más de los principales responsables de la situación económica. Si los creativos del programa de humor creyeron conveniente emitir esos mensajes, fue porque estimaron previamente que una gran parte de la población y de los espectadores potenciales coincide en el diagnóstico: la idea de “salir de la crisis” pierde cada día más sentido, ya que a lo que asistimos es al reforzamiento del sector bancario frente a la precarización y el camino hacia la pobreza de millones de ciudadanos que hace unos años tenían unos planes de vida totalmente diferentes.
Pero que haya descontento no implica precisamente una revuelta democrática. A pesar de todo, la ciudadanía sigue bastante dividida en relación con los causantes del problema. Si comparamos los marcos de análisis de los progresistas con los de los conservadores –por establecer una sencilla clasificación dicotómica-, nos encontramos con dos crisis diferentes y, por supuesto, con un dominio bastante amplio por parte de estos últimos en la explicación de la generación de esta y de las posibles salidas.
Los partidarios del planteamiento conservador utilizan con frecuencia un marco de diagnóstico que se ha revelado como muy efectivo: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Esta sentencia nos acerca al “por mi culpa, por mi culpa…” y convierte la crisis en un difícil período en el que, no obstante, podremos purgar nuestros excesos: una especie de dieta de adelgazamiento doloroso tras la cual seremos mejores personas, a pesar de que hayamos quedado, de nuevo, fuera del paraíso. Los más progresistas, reconociendo la existencia de la codicia pre-crisis cristalizada en el endeudamiento, optan, sin embargo, por señalar a la banca y a la arquitectura financiera construida en los últimos años y décadas, claves a la hora de generar las burbujas. El supuesto de partida aquí es distinto, pues existe una enorme diferencia de poder e información entre los consorcios financieros y las familias apalancadas en hipotecas artificialmente infladas: la crisis es, por fuerza, el resultado de un engaño, por lo que no tenemos que pasar por el gimnasio obligatorio, sino luchar por su cierre.
Otro marco muy recurrido por la derecha consiste en “apretarse el cinturón”, para lo que se compara un Estado entero con una economía doméstica. Casi hace ilusión pensar en todo aquello que se puede ‘reformar’ para ahorrar dinero: sueldos públicos, cargos de confianza, competencias autonómicas, tipos de contratos laborales… Todavía no lo sabemos, pero será bueno para nosotros. Sin cuestionar apenas los rascacielos del préstamo y la inversión no productiva, estas explicaciones nos llevan al paroxismo: parece que la economía real se tenga que ocupar de ‘financiar a la financiera’, que fue la que falló en el origen. En este campo, los progresistas responden con la propuesta de reformas en el sector bancario y en los mercados: impuestos, persecución de centros off-shore, creación de agencias de calificación públicas, política monetaria expansiva del BCE, banca pública, etc. Parece claro, desde este punto de vista, que no hay otra salida que una transformación profunda del mundo de las finanzas. Sin ella no se cura la enfermedad, solo se la maquilla hasta la próxima recaída.
Este nuevo año se parecerá en muchos aspectos al anterior; el riesgo sistémico –y su poder extorsionador- estará presente durante todo el ejercicio. Pero algo va a comenzar a moverse: las manifestaciones en Grecia, las protestas italianas, británicas, irlandesas… reflejan que la ciudadanía se está despertando a fuerza de golpes. La clave reside en que comencemos a hablar de ello con nuestras palabras, expresiones y formas de explicarnos un problema. Lo que nos llevará a preguntarnos si toda la deuda que supuestamente tenemos que pagar la hemos generado nosotros. Entonces será la banca la que tenga motivos para preocuparse.
En los últimos diez años, “el 93% de los fondos de pensiones privados correspondientes al ‘sistema individual’ obtuvieron una rentabilidad inferior a la inflación y el 99,3%, unos rendimientos menores que los de los bonos del Estado a diez años”. Estos datos se desprenden de un informe elaborado por Pablo Fernández y Javier del Campo, profesores de la escuela de negocios IESE; estos dos expertos, que no militan precisamente en Attac, recomiendan invertir en bonos del Estado o en valores de renta variable a largo plazo: cualquier alternativa parece buena con tal de no meter dinero en los planes privados de pensiones. Y eso que en su investigación no tienen en cuenta el efecto que la crisis ha provocado sobre estos instrumentos financieros…
No es casual, pues, que los promotores de estos productos estén que trinan. La patronal de los denominados Fondos de Inversión Colectiva (INVERCO) –pensiones, seguros, etc.-, insiste en pedir que las empresas fomenten dichos planes entre sus empleados, detrayendo parte de sus cotizaciones sociales para destinarlas a la provisión privada. A INVERCO se unen múltiples expertos universitarios, a los que parece poco que este producto financiero sea el único en España que cuenta con una holgada desgravación fiscal, un potente incentivo para su uso, pero que ni siquiera compensa su escasa rentabilidad final ni su riesgo.
Más presiones. En marzo de este año, el ex ministro de Trabajo Celestino Corbacho recomendó contar con un plan privado como complemento; todo un efecto llamada que se exacerba conforme nos acercamos a la fecha en la que el sistema público quedará oficialmente precarizado. La “reforma” será un impulso a “la profecía que se autocumple”, como diría Robert Merton, ya que la inseguridad y el recelo hacia nuestro sistema de reparto se multiplicará y terminará por debilitarlo, potenciando a su vez la provisión privada y dejando finalmente la pública como poco menos que una ayuda para “nuevos pobres”.
Lógicamente, no solo se trata de un problema de presiones económicas y de falta de voluntad política, ya que el principal argumento que se esgrime para la “reforma” es el demográfico: el envejecimiento de la población amenaza con que los futuros trabajadores no sean suficientes para asegurar nuestras pensiones en el futuro. Pero la demografía dista mucho de ser una ciencia cuyas implicaciones sean totalmente exactas.
En este sentido, y para matizar los argumentos apocalípticos, se recomienda, por ejemplo, la lectura del ensayo “¿Declive o revolución demográfica?” publicado este año por el Centro de Investigaciones Sociológicas. Sus autores, los demógrafos Francesco Billari y Gianpiero Dalla Zuanna, analizan el caso italiano, muy parecido al nuestro, y proponen el factor inmigración como un importante freno al envejecimiento: el crecimiento económico reduce la fecundidad, ya que los padres prefieren tener menos hijos y mejor formados; a cambio, los trabajos rechazados por estos van a parar a los inmigrantes, que Italia necesitará, hasta 2017, en una cuantía de aproximadamente 200.000 al año -que se lo digan a Josep Anglada o a Alicia Sánchez Camacho-. Si a esto sumamos los certeros argumentos del Profesor Vicenç Navarro sobre el probable crecimiento de la productividad en el futuro y la necesidad de una mayor incorporación femenina al trabajo para solucionar el problema, nos encontramos con que el debate está mucho más igualado de lo que podemos esperar tras una primera vista a los periódicos y telediarios.
Por supuesto que hay que hacer reformas, pero, dadas las condiciones actuales, se hace difícil creer que nuestros políticos estén buscando realmente solucionar un problema. El pasado mes de marzo, el presidente de las Cámaras de Comercio, Javier Gómez Navarro, estimó públicamente que las promotoras inmobiliarias debían a bancos y cajas un total de 325.000 millones de euros de difícil cobro, 100.000 de los cuales no se recuperarían en ningún caso. Estas instituciones financieras siguen necesitando dinero, y la de las pensiones es la mayor bolsa con la que cualquier Estado puede contar: son las verdaderas joyas de la corona. La cuestión es si, entre una cosa y otra, se está planeando un nuevo rescate financiero por la puerta de atrás. Si es así, no estaría mal que comenzaran a decirlo a las claras. Cuando termine la navidad, “los mercados” nos recibirán muy nerviosos y sensibles. A ver cómo nos portamos.
Todo está preparado para una segunda ronda de “ajustes” y “reformas” de carácter doloroso para la población de muchos países europeos, principalmente los septentrionales. Al igual que en la primavera pasada y no por casualidad, esta nueva fase de la crisis se inicia tras varios episodios de lo que podríamos calificar como ejercicios de ‘violencia difusa’ por parte de poderes que trascienden las instituciones democráticamente elegidas –nada nuevo-. Cabría resaltar no solo la conocida actividad destructora de los especuladores, sino también el seguidismo por parte de inversores internacionales de todo tipo y, fundamental, la permisividad de los organismos europeos e internacionales, culpables por dejación del espectáculo bursátil vivido y de la alarma desatada.
De nuevo, estos recortes se presentan como inaplazables en el tiempo y necesarios para “recuperar la confianza”. El grado de convencimiento de los gobiernos a la hora de aplicarlos va desde el ‘es-duro-pero-necesario’ de los Sócrates, Papandreu y Zapatero hasta el ‘al-final-lo-vais-a-agradecer’, que es lo que en definitiva sugiere el macro plan de David Cameron en el Reino Unido. Irlanda simplemente ya no cuenta con gobierno.
La novedad quizá resida en el modo en que parte del público –consumidores, espectadores, ciudadanos- ha aceptado estas últimas noticias. Las televisiones, sedientas de materia prima, nos han mostrado a estudiantes londinenses protestando violentamente contra el notable encarecimiento de las tasas universitarias; una degradación que ha levantado parecidas quejas en la hasta ahora festiva Italia de Berlusconi; por su parte, el mayor ‘capital social’ francés ha permitido fuertes marchas contra la reducción de las pensiones galas; Portugal ha celebrado ya su huelga general, etc.
¿Quiere lo anterior decir algo? ¿Podemos deducir tendencias a partir de los ‘spots’ de veinte segundos que sobre esto nos ofrecen los telediarios? Aunque habrá que observar la evolución de los acontecimientos, se pueden detectar algunas características en estos primeros movimientos protestatarios:
- Las concentraciones y marchas siguen respondiendo a un guión antiguo, el del Estado-nación: un gobernante injusto empeora las condiciones de los ciudadanos, que protestan por ello. El diagnóstico” señala fundamentalmente a los Ejecutivos y solo subsidiariamente a los “mercados” e instituciones comunitarias. Contra estos últimos actores no se proponen acciones concretas.
- Estas manifestaciones se nos presentan como movimientos espontáneos y exaltados, sin organización y con ciertas tendencias violentas. En la mayoría de los casos son jóvenes, a los que se les puede culpar por parte de la oficialidad de estar protagonizando la continuación de la juerga por otros medios.
- Destaca la ausencia de un partido revolucionario o reformista que capitalice el éxito (por ahora, infrecuente) de estas citas y ofrezca un programa de alternativas creíbles y aplicables. ¿Qué propuso la socialista Martin Aubry tras las huelgas francesas? ¿Se identifica Ed Miliband con lo que está sucediendo en Londres? ¿Están los laboristas irlandeses con los protestatarios en Dublín? Por ahora, ninguna respuesta nítida.
- La falta de programa, así como el desprestigio en el que van cayendo las instituciones tradicionales del antiguo Estado del Bienestar –partidos progresistas, sindicatos- invitan a una radicalización creciente de las protestas, con acciones que paradójicamente refuerzan los sistemas represivos de sociedades occidentales bien entrenadas para responder con contundencia. El manifestante exaltado heredará con facilidad la condición de “terrorista”.
- Inexistencia de canales de comunicación para articular estas redes y movimientos sociales de ámbito nacional dentro de Europa. Si Indymedia jugó un papel claro en las protestas de Seattle en 1999, llama la atención que los avances tecnológicos de ultimísima generación no hayan permitido constituir una plataforma digital para interactuar con quienes están sufriendo el mismo castigo económico en el continente. Lo que refleja quiénes son los financiadores de este tipo de bienes y servicios tan avanzados.
- Los pobres marcos de diagnóstico llevan a ausentes marcos de pronóstico y acción: qué queremos cambiar y cómo pretendemos conseguirlo; qué medios hay que poner en marcha para conseguir los objetivos. ¿Dónde está el nexo entre estos incipientes movimientos con la política y los sindicatos para que estas alternativas se hagan públicas y por tanto reales?
No basta con ver manifestantes en la calle para afirmar que Europa comienza a despertar. Estas protestas no pueden quedar como un fin en sí mismas, como un desahogo o unos tumultos descontados ya por los Ejecutivos a la hora de anunciar y aplicar las medidas. Queda pendiente una toma de conciencia colectiva, un programa de mínimos a aplicar y, sobre todo, una comunicación creciente entre ciudadanos, movimientos sociales, sindicatos y partidos en la oposición para plantear una alternativa unificada. Nadie sabe qué va a ocurrir con esta crisis que no quiere marcharse; no faltarán ocasiones para el cambio, pero convendría saber qué queremos hacer con nuestras energías.
A finales de los años setenta del siglo pasado, pocos podían imaginarse el enorme giro que iban a experimentar las políticas públicas en el Reino Unido. Roto el pacto entre los laboristas y los sindicatos, con una inflación descontrolada, la líder del Partido Conservador Margaret Thatcher aprovechó una oportunidad que acabaría siendo histórica.
El geógrafo y antropólogo David Harvey expone en “Breve historia del neoliberalismo” (2009) los ejes centrales de la política de Thatcher: por un lado, un poco velado ataque a la clase obrera, derrotando a los sindicatos y generando, a través de una notable subida en los tipos de interés, una enorme bolsa de desempleo que arrinconaría las reivindicaciones laborales; por otro, un rapidísimo proceso de venta de las “joyas de la corona” públicas, una sucesión de privatizaciones que, según detalla Harvey, solo podría triunfar si se producía en muy poco tiempo: “una vez efectuados los cambios, estos no tenían vuelta atrás”.
Aunque apenas pudo erosionar el Sistema Nacional de Salud, el éxito del thatcherismo residió en gran parte en su contagio a las posteriores generaciones de políticos –Tony Blair, Gordon Brown-, que profundizaron en lo que había pasado a ser un consolidado paradigma político y económico en Occidente. La llegada de David Cameron al Gobierno no iba a significar, ni mucho menos, un cambio de tornas. Tras la formación del nuevo Ejecutivo, los británicos se vieron en medio del pasado verano al comienzo del proyecto “Big society” liberal-conservador. El semanario The Economist le rendía un homenaje en agosto: “Radical Britain: the most daring government in the West” (12/09/2010).
Como Thatcher, Cameron marcha a buen ritmo con su agenda de reformas: tomando la excusa de reducir un déficit que, al contrario del de los estados mediterráneos, no suscita ataques especulativos desde los mercados financieros, la coalición está llevando a cabo un programa de recortes sociales que, más allá de reconfigurar el Estado, va camino de crear un ‘hombre nuevo’ que encaje en un entorno social de recursos asistenciales mucho más limitados y redefinidos.
Paralelamente a las medidas ya llevadas a cabo –menos ayudas a las familias, amenazas contra el subsidio de desempleo, aumento cuantioso de las tasas universitarias, etc.- destaca el discurso oficial, que describe al ciudadano ‘maduro’ como aquel que apenas depende de transferencias estatales y que se relaciona de un modo diferente con los servicios públicos. Con la descentralización administrativa, la gestión de más actividades por parte de los entes locales (en los ochenta, los grandes enemigos de Thatcher), y la sustitución de trabajadores del sector público por voluntarios, entre otras iniciativas, la “Big Society” parece un tratado sociológico destinado a definir las nuevas reglas de funcionamiento de un Estado moderno, impregnadas de un ”sentido común” que en etapas de crisis y shocks pasa a convertirse en casi una necesidad.
En un principio estas medidas no se entienden con los parámetros de 1979: el peligro en Occidente no es la inflación, sino la deflación, al tiempo que la crisis del empleo ha ahogado cualquier tipo de oposición laboral o laborista. Estas políticas austeras podrían representar una nueva transferencia de rentas desde el trabajo al capital, mientras que no queda claro si servirían para evitar otra crisis financiera como la experimentada. ¿Qué harán los mercados y las instituciones financieras con todo ese dinero ahorrado a costa de los “dependientes” británicos? ¿Es de esperar un crecimiento económico “robusto” como preconizan los promotores de este programa?
En cualquier caso, el éxito en la aplicación de estas reformas, con una oposición desaparecida, y la prontitud con que estas se están tomando prometen su posible exportación a otros países. Podríamos pasar de los recortes brutales griegos y españoles a nuevos planes de austeridad que, para colmo, fueran recibidos con la aquiescencia propia de los conversos a una nueva ideología. ¿Quién moverá en España la próxima ficha? Los titubeos de Rajoy no son casuales: Cameron también ha querido mimar con cuidado, por ahora, a los pensionistas. ¿Nos jugamos en 2012 algo más que un cambio de siglas en el Gobierno? ¿Qué nos prometerá el Partido Socialista en su lugar? Los nubarrones vienen negros.
En 1928, el sociólogo estadounidense William Thomas imaginó un país en guerra civil, en el que se firmaba una declaración final de paz. Sin embargo, la noticia no llegaba a una de las islas del Estado. Los habitantes insulares, al no enterarse de la buena nueva, continuaban combatiendo y matándose entre sí. Estos guerreros desconocían la última y más reciente ‘definición de la realidad’, y ello estaba provocando efectos reales: seguía muriendo mucha gente a pesar de que, oficialmente, ya no había guerra. Han pasado más de ochenta años de la formulación del conocido como ‘Teorema de Thomas’: “Cuando la gente define algo como real, acaba siendo real en sus consecuencias”.
De la misma manera que los guerreros del islote, los Estados occidentales, una vez salvado el sistema financiero, se encontraban luchando contra la Gran Recesión, sin enterarse de que esta había terminado, para transformarse en algo diferente. Los ataques a la deuda pública griega, portuguesa o española en la primavera de 2010 supusieron los fuegos artificiales de la nueva configuración de la ‘realidad’: ya no había que continuar trabajando para recuperar el empleo, la producción o para cambiar de modelo; la siguiente tarea consistía en adaptar los Estados-nación a las exigencias de los mercados financieros y de las instituciones internacionales vinculadas en cierto modo a estos.
Como profecía autocumplida, las naciones europeas anunciaron los planes de austeridad más ambiciosos desde el final de la Segunda Guerra Mundial -solo que sin Plan Marshall después-. El problema quedaba definido de otra manera totalmente distinta a la inicial: la causa de la debilidad económica no venía producida ya por la inestabilidad del sistema financiero, sino por los excesivos gastos públicos y servicios de bienestar de los estados occidentales, generadores de déficits públicos y falta de competitividad para el nuevo escenario. Los líderes políticos nacionales, en un principio escogidos por los ciudadanos, parecían ahora literalmente exudados de los mecanismos financieros, que imprimían el ritmo de los nuevos acontecimientos-realidades. En este contexto, la entrevista del presidente Zapatero con los ‘tiburones’ de Wall Street parecía una ironía macabra, pero representaba un cuadro perfectamente claro de lo que estaba sucediendo ‘realmente’ en esos momentos.
Nos quedaba Estados Unidos, con un presidente luchando entre dos épocas. El Gobierno de Obama, con un plan de estímulo de la demanda bastante más ambicioso que los europeos, estaba consiguiendo hacer avanzar a la economía a más del 3%, pero sin la fuerza suficiente para reducir un desempleo que se aproximaba a los dos dígitos. La Administración demócrata parecía estar desafiando la sabiduría convencional económica al situar el empleo como el principal problema a afrontar, ofreciendo un modelo de crecimiento opuesto al europeo para superar esta situación.
Pero el enorme volumen de deuda, el persistente paro y la timidez en las reformas del Ejecutivo federal han terminado por reducir sus apoyos a izquierda y derecha del espectro político. La nueva realidad también se había filtrado en el oasis estadounidense: Paul Volcker, creador del ‘shock’ financiero que en 1978 inauguró la orgía neoliberal, diseñó una reforma de las finanzas tutelada por el ex Goldman Sachs Timothy Geithner y rebajada en el Congreso y el Senado. La desilusionante normativa sanitaria y la dramatización de los republicanos han terminado con una derrota parlamentaria que sitúa a los EEUU en la senda de los Estados europeos, con la amenaza además de mantener una guerra de divisas, suerte de arma nuclear económica y financiera en un momento de extrema debilidad.
La derrota del presidente demócrata es un retroceso político, pero también un síntoma de cómo siguen profundizándose las “reformas” iniciadas en los años ochenta. Los resultados en las urnas parecen efectos colaterales, consecuencias de cómo sigue cambiando el centro de las decisiones y la correlación de fuerzas: los nuevos líderes políticos ‘elegidos’ resultan ser, como en el caso de Cameron o Merkel, los más adecuados para que la economía financiera continúe prevaleciendo sobre la productiva. Y los que se opongan a las nuevas prioridades -o no tan nuevas- se encontrarán con la amenaza de quiebra estatal, aunque esta nunca llegue a producirse. Hace ya décadas que nos robaron el empleo y ahora nos han quitado la realidad. ¿Por cuánto tiempo continuaremos jugando en su tablero?