Leo hoy la enésima reflexión periodístico-experta sobre los “jóvenes antisistema” y los motivos de la violencia del 29-s en Barcelona, y vuelvo a preguntarme si es posible dar respuestas relevantes a preguntas equivocadas. ¿De qué hablamos, de jóvenes o de “antisistema”? Porque si existen los “jovenes antisistema”, así como categoría general (y aparentemente generalizada en Barcelona), existirán también los viejos pro-sistema, ¿no?
Lector/a: ¿eres tú un viejo/a pro-sistema? ¿A que jode la pregunta? Básicamente, por absurda.
Cuando hablamos de jóvenes antisistema, pues ¿buscamos entender los motivos que llevan a la generación prekaria a alejarse de los códigos de conducta establecidos por la generación de sus padres, o entender qué alternativas políticas se están articulando en los márgenes de partidos, sindicatos y ONGs?
En los últimos días, muchos expertos han (hemos) intentado salvar algo del debate, introducir complejidad y reflexión social sobre los hechos del 29-s, pero me temo que, cada vez, hemos caído víctimas de un debate mediático que no tiene más objetivo que el de alarmar, confundir y ahogar experimentos políticos en el charco del vandalismo.
Si se quiere hablar de “antisistema”, ¿por qué no dirigirse a los documentos, vídeos y reflexiones producidos por el entorno del llamado Moviment del 25? ¿Por qué no hablar sobre lo que significa ser pro-sistema en los tiempos que corren?
Si se quiere hablar de jóvenes, ¿por qué no reflexionar sobre la desaparición de las vías formales de inserción social y laboral en un país con un 40% de paro juvenil, un mercado laboral que no genera espacios de aprendizaje intergeneracional, un punitivismo que se ceba con los jóvenes, unos recortes que agudizan aún más la convicción de que no hay nada más allá de la precariedad del primer empleo?
Los recientes artículos de personas como Paco Fernández Buey, Almudena Grandes, Jordi Borja o Joan Subirats dejan claro que ser antisistema no es una enfermedad que se cure con la edad. Y si queremos hablar de vandalismo, no olvidemos que antes del 29-s, el último coche policial quemado en una revuelta urbana fue en septiembre de 2009 en Pozuelo de Alarcón (localidad con mayor renta per cápita del país), durante las fiestas patronales.
Así que igual no estaría mal separar los condicionantes biológicos de las opciones ideológicas, y a partir de ahí pensar qué jóvenes estamos criando como sociedad, y qué ideologías pueden sacarnos de este caminar sonámbulo hacia ninguna parte (que merezca la pena).
Las mejores películas son aquellas que consiguen mantenernos en vilo y sorprendernos, las que no son predecibles. También tienden a ser así los mejores libros. Sin embargo, las cualidades que apreciamos en el cine y la literatura nos dan pánico en nuestra vida cotidiana, y nos pasamos la vida buscando certitudes y cerrándole las puertas a la posibilidad de lo inesperado. Nos obsesiona controlar el riesgo, domesticar la vida, eliminar la incertidumbre.
Pero el problema no es sólo que acabamos privándonos de lo que apreciamos en las vidas ficticias que tanto nos llenan. Lo peor es que lo hacemos fatal.
Cuando calculamos riesgos, tendemos a pasarnos o a quedarnos cortos: sobrevaloramos lo altamente improbable a la vez que subestimamos los riesgos más corrientes. Valga como muestra cómo nos relacionamos con los riesgos potenciales a los que están expuestos nuestros hijos (con datos de EE.UU.): según el Departamento de Salud, las cinco mayores causas de daños entre los menores de 18 años son los accidentes de coche, los asesinatos a manos de personas próximas, los abusos sexuales, el suicidio y el ahogamiento. Sin embargo, según la Mayo Clinic, los cinco riesgos que más preocupan a los padres son el secuestro, los asesinos tipo Columbine, los terroristas, los extraños peligrosos y las drogas.
Sea por lo que fuere, en nuestra creciente animadversión a la incertidumbre propia y de los que tenemos cerca, parecemos haber perdido la capacidad de valorar qué es lo que constituye o no peligro, y mientras instalamos videovigilancia en las escuelas, y tornos para controlar las entradas y salidas en los institutos, alegando una poco justificable preocupación por la seguridad, recogemos a los alumnos en coche sin pensar ni un segundo que éso constituye el mayor riesgo objetivo al que les expondremos en todo el día.
Y así, buscando escapar de la incertidumbre, nos lanzamos a 120 km/h por la cerretera de la autocomplacencia. Y aún así, llegamos a casa sanos y salvos. Igual que ayer. Igual que mañana.

A pesar de que la discriminación en el acceso a la vivienda está generalmente prohibida, en Estados Unidos algunas leyes permiten hacer excepciones con las retirement o old-age communities (comunidades de jubilados o personas mayores). En estas ciudades, como Sun City, en Arizona, los jóvenes no están permitidos, y policías jubilados se dedican a patrullar las calles buscando criminales de la edad. Las visitas de los nietos están limitadas, o incluso prohibidas, en pro de la “tranquilidad”. Ante la propuesta de construir una escuela cerca, por ejemplo, los habitantes de Sun City se opusieron por miedo a tener niños y adolescentes “deambulando por las calles y aterrorizando el entorno”.
Pero parece que las comunidades de viejos no son una excentricidad (excluyente y de legalidad cuestionable) estadounidense: los habitantes de Sun City son tolerantes si los comparamos con los promotores de Villamartin Hills, cerca de Alicante. El vídeo de promoción de sus 68 apartamentos “de lujo” establece que las visitas de los familiares más jóvenes tendrán que realizarse en “zonas especiales” (04:36), o en los apartamentos de alquiler construidos en los alrededores, para no “perjudicar” a los residentes. La seguridad es una de las “mayores prioridades” del complejo (06:04): los apartamentos tienen “interfonos de pánico”, hay seguridad privada las 24h, el complejo está vallado, hay cámaras de seguridad que se controlan desde una sala de control específica y control de todos los accesos.
Me pregunto qué llevará a los residentes a echar mano del interruptor del pánico: ¿la aparición de una pelota o una bici? ¿la identificación de rasgos de acné en la cara de algún incauto visitante? ¿el lejano eco de una nana o un reggeatón?
Vistas las cifras de delincuencia en las comunidades aisladas (bajísimas, aunque con un gran eco mediático), me temo que el mayor riesgo al que se enfrentarán los que opten por este estilo de vida es la muerte por aburrimiento. Eso sí, retransmitida en directo en la sala de control.
*La fotografia pertenece a un proyecto de Matières Prises. “A los 4 años, les dices hola a la gente y te sonríen… a los 18, te rompen la cara”. Karim, 19 años.
Después de quedar atrapada en Paris, a medio camino entre la conferencia A Global Surveillance Society? y las Jornadas Acción, Cultura y Territorio, vuelvo a poder arrancarle horas al día para actualizar el blog.
Hace ya días que, siguiendo el hilo de la criminalización de los jóvenes, quería escribir sobre las niñas diabólicas: jóvenes que cometen actos de violencia inexplicables y que son presentadas ante la opinión pública como adolescentes salvajes, frías e incapaces de diferenciar el bien del mal. Por algún motivo, cada vez que se produce un caso así, como el reciente asesinato de una niña en Seseña, presuntamente llevado a cabo por una compañera de instituto, proliferan las voces que exigen mano dura ante un fenómeno supuestamente en ascenso.
Lo preocupante de este tema es que su tratamiento parece estar consolidando el mito del aumento de la violencia gratuita entre niñas y, como muy bien señala un artículo publicado por el New York Times hace unos días, dando pie al todo vale en la generalización de casos puntuales y al bullying de la sociedad hacia las adolescentes. Un bullying llevado a cabo precisamente por un colectivo entre los que los índices de violencia son muchísimo superiores: los hombres y mujeres de entre 35 y 54 años. Maduritos diabólicos, vamos.