Opinion · Crónicas insumisas

Ciudades por la paz

Tica Font, Directora del Instituto Catalán Internacional por la Paz

Las ciudades se han convertido en un microcosmos de lo que acontece en el mundo, y en ese sentido, donde se dan cita todas las violencias que deterioran y amenazan la vida individual y comunitaria. Entre ellas, la más preocupante es sin duda, la violencia terrorista que golpea a muchas ciudades, pero junto a ella, existen y proliferan otras violencias, algunas más ocultas, otras más visibles, todas ellas insidiosas, violencias que es preciso identificar y atajar para hacer posible unas ciudades donde prolifere una mayor justicia social que conduzca a mejorar la convivencia y la paz.

Las ciudades también han sufrido el efecto de la globalización, y en ese sentido se han convertido en espacios estratégicos para funciones económicas avanzadas, pero también para los expulsados de esas funciones económicas que ya no se necesitan, ni como trabajadores asalariados, ni como consumidores. Así se habla de “ciudades fallidas”, “selvas urbanas”, “urbanización de la guerra” y “urbicidio”. De hecho, se producen procesos de “desciudadanización” o de seres humanos que se convierten en meros “residentes” con pérdida de derechos e, incluso, como seres humanos, porque pierden su “derecho a tener derechos”. Son retos que las nuevas políticas municipales deben plantear como un proceso de transformación de conflictos globales en el ámbito local.

Las violencias, de manera genérica se han dividido en tres categorías: violencia directa o personal, violencia estructural y violencia cultural. La violencia estructural genera desajustes sociales que producen marginación, miseria, exclusión y expulsión de la vida cotidiana de personas, grupos humanos y barrios enteros. La violencia cultural está conformada por ideologías, creencias y universos simbólicos que justifican desigualdades, marginaciones y exclusiones de quienes son diferentes y que legitiman la violencia estructural, que a su vez son causa de la violencia directa, que van desde las violencias machistas, al crimen organizado hasta la ciudad como escenario de guerra.

En el sentido de lo expuesto, la transformación de las culturas generadoras de violencia en culturas de paz es una labor fundamental para los Ayuntamientos y para las organizaciones civiles, que deben estimular políticas que erosionen la legitimación y el recurso a la violencia, y sirvan para la prevención y transformación pacífica de los conflictos. Las culturas de paz se pueden y deben arbitrar desde todos los ámbitos competenciales de los ayuntamientos, contribuyendo así a construir convivencia en las ciudades.

Asimismo, los ayuntamientos han ido adquiriendo cada vez más relevancia en el ámbito internacional, como actores con capacidad de liderar propuestas e iniciativas, sobre aquellos problemas globales relacionados con el medio ambiente, las migraciones, la pobreza, el racismo y la violencia, entre otros. Las ciudades, cada vez más interconectadas, tienen que afrontar formas de violencia asociadas a lo local y a lo global y que afectan a la gestión municipal. La permeabilidad de las fronteras, los crecientes flujos de población, las comunidades de inmigrantes no integrados, las repercusiones transfronterizas por factores económicos, medioambientales o de quienes huyen de las guerras o son perseguidos por sus gobiernos en sus propios estados, pone de manifiesto tanto la interdependencia de las sociedades, como la brecha en desigualdad existente entre las mismas.

Pero la ciudad también es el espacio donde la sociedad civil está organizada y elabora pensamiento y propuestas de acción para paliar las necesidades de los ciudadanos y hacer frente a los diversos conflictos sociales. Así, los ciudadanos es organizan de manera diversa en asociaciones vecinales, deportivas, culturales, de ayuda social a personas necesitadas que, en el terreno micro; Todas estas asociaciones son esenciales para la transformación de los conflictos ciudadanos. Estas entidades cívicas prestan un servicio fundamental para el bien común y, junto a los servicios que facilitan los municipios, conforman los pilares donde asentar la paz y la convivencia en la ciudad. En ese sentido, los municipios deben desarrollar planes para integrar a las entidades sociales en las políticas de cuidado a la ciudadanía. Evidentemente, sin sustituir nunca la responsabilidad política de los gobiernos locales, pero sí como instrumentos de participación democrática en las políticas de las ciudades.

Las nuevas propuestas de gobernanza global trascienden las fronteras de los actuales Estados nación e inciden en nuevas formas de gobernanza local. Serán las respuestas de convivencia e inclusión a nivel local las que pueden producir el cambio global. Es en las ciudades en donde tenemos que elaborar pensamiento y alternativas a los conflictos que sufrimos las personas en entornos urbanos que nos permita transformar las culturas violentas en culturas de paz.