El hombre que dimitía despacito

Conviente tomarse las cosas con calma, reflexionar, dar un paso atrás, dos pasos atrás para tomar perspectiva. En esto los españoles todavía tenemos que aprender mucho de los británicos, quizá porque eso de la flema inglesa nos da tanto asco como la cerveza caliente y la comida inglesa. Sin embargo, el otro día a un líder tory, lord Howard, le dio un ataque de hispanidad y amenazó con una guerra por Gibraltar, hasta que alguien le tranquilizó explicándole que esa foto que había visto de unos tíos peludos dando saltos y reivindicando el Peñón no eran nacionalistas españoles: eran monos. Parece mentira pero, por una vez, quienes reaccionaron al modo british fueron los representantes españoles, que se lo tomaron más bien a cachondeo. Fue una de las pocas veces que se repitió el tópico de que Cervantes tenía que haber nacido en Stratford y Shakespeare en Alcalá de Henares.

Aun así, últimamente contamos con ilustres ejemplos de la manera de mantener la sangre fría en los momentos difíciles. Sin ir más lejos -y lo digo sin segunda intención-, Fernando Alonso, que cometió el error garrafal de ganar dos campeonatos mundiales cuando conducía a toda hostia, como si fuese Carromero, mientras que ahora ha decidido dejar atrás las prisas de la juventud y disfrutar más del paisaje. Las prisas -decía Juncal, maestro de tauromaquia- son para los delincuentes y los malos toreros. Ahí está Antonio López, quien pinta retratos del natural con tanta lentitud y tanta minucia que hasta a las fotografías que usa de modelo les acaba brotando barba.

No obstante, el verdadero maestro de la pachorra hispánica y de la barba es Mariano, que sigue dando lecciones de tancredismo hasta cuando sale a hacer ejercicio por las mañanas. El presidente acogió las malas noticias sobre los nubarrones tóxicos que infestaban Murcia serenamente, como si ya las supiera. De hecho, eran las mismas noticias de siempre en el orden acostumbrado: sospechas de corrupción, presunciones de inocencia, imputaciones judiciales. Mariano reaccionó a su manera, es decir, ninguna, bostezando mucho, leyendo el Marca, dejando que se enfriara la cosa a ver si escampaba la mierda.

No escampó, una lástima, quizá por esa manía de la limpieza que les ha entrado ahora a algunos jueces, de modo que la falange genovesa se cerró en banda, otra actitud muy española, y anunció que defenderían a Pedro Antonio Sánchez hasta la última gota de sangre o la última gota de mierda, lo que se acabara primero. Según la peculiar ética del partido, nadie del PP es culpable de nada hasta que se demuestra lo contrario y, caso de demostrarse, entonces no es del PP y nunca lo había sido. No entendíamos un carajo de los misterios de la física cuántica hasta que, en lugar de electrones, nos los explicaron con Bárcenas.

Pedro Antonio, no obstante, tiene buenos maestros y gestionó los tiempos con paciencia y sabiduría. Primero habló en futuro, después en condicional y por último en imperativo. En la parsimoniosa rueda de prensa que dio ante los medios tardó siete minutos en pronunciar la palabra clave, “dimitir”, un verbo que aliñó con algunos sustantivos y sintagmas clásicos, “responsabilidad” y “respeto a la justicia”. Alguien tendría que explicarle que esa gente que iba dando voces pidiendo su cabeza, no eran monos: eran de Ciudadanos.