La postinocentada: Mariano dimite

David Torres

Ayer fui feliz durante aproximadamente tres minutos. Cuando hablo de felicidad no me refiero al entusiasmo, ni a la euforia, ni a la alegría, que son estados que asocio en distintos grados y mezclas con la música, la escritura, la amistad y el amor, sino más bien a esa sonrisa idiota y un poco culpable que se te queda cuando se produce algo que has deseado mucho. Ayer mi amigo Pedro Díaz del Castillo me envió una noticia con un enlace a la página de la editorial Desnivel donde se decía que un laboratorio sueco había revelado al fin, después de meses de laboriosos trabajos, una fotografía de la cámara de Andrew Irvine donde quedaba demostrado que él y Mallory habían sido los primeros seres humanos en llegar a la cumbre del Everest en 1924.

Casi veinte años atrás, yo había escrito un libro entero sobre esta historia a raíz de la aparición del cuerpo de Mallory en la cara norte del Everest (Los huesos de Mallory, en colaboración con Rafael Conde y con portada, precisamente, de Pedro Díaz del Castillo) y en Palos de ciego, mi último libro, publicado en noviembre, salía de nuevo la leyenda de Mallory e Irvine como ejemplo perfecto de que no hay forma humana de probar un negativo, ya sea la inexistencia de Dios o la conquista del Everest en 1924. La broma estaba currada hasta el punto de que el imaginario instituto sueco que había llevado a cabo el descubrimiento, Svindel, significa “broma” en sueco, “fraude” en danés y forma un acróstico de Desnivel. Algunos montañeros se enfadaron y otros se rieron un rato, pero creo que más o menos todos participaron un momento de esa suspensión estupefacta entre el milagro y la maravilla que duró hasta que caí en la cuenta de que era el Día de los Inocentes.

La mayoría de los diarios, los digitales y los de papel, ya no se atreven a gastar esos bromazos caducifolios, no tanto porque los descubrimos en seguida sino porque ya los gastan sin querer a diario. Hoy día la realidad es tan chusca, papanatas y despavorida que cualquier noticia puede ser auténtica. Con Puigdemont en Bruselas, los papeles de Bárcenas autentificados por la fiscalía, Montoro en Hacienda, los impuestos al sol, Ana Mato criando deportivos en el garaje y Jorge Fernández Díaz hablando con la Virgen no puede competir ni Groucho Marx. El sábado mismo tuve que frotarme los ojos después de leer en varios medios que el PP había denunciado al ABC por sacar en portada a Arrimadas el día de la jornada de reflexión en lugar de sacar a Albiol junto a Rajoy, como había hecho La Razón. La hilaridad se multiplicaba al pensar en la tirada y el número de lectores con que debe de contar el ABC en Cataluña.

Por eso mismo ningún periódico se ha atrevido a publicar la inocentada definitiva, la postinocentada con el titular increíble a cuatro columnas y las negritas bien gordas (“RAJOY DIMITE”) porque la verdadera inocentada, que dura ya la hostia, es que Mariano sea presidente de España. Se trata de una una broma pesadísima, una chufla interminable, una pesadilla telegrafiada en plasma, sobornos, sobresueldos y trabalenguas dignos de Chiquito de la Calzada, que en paz descanse. Desde hace seis años los españoles llevamos colgado a la espalda un muñequito de un metro noventa con barba y gafas.