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Opinión a fondo

25 de mayo: Podemos abrir brechas, Podemos ensancharlas

26 May 2014
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Josep Maria Antentas
Profesor de sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)

Han pasado ya casi seis años casi desde el inicio “oficial” de la crisis con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008. Cuatro desde el anuncio del primer gran paquete de recortes en mayo de 2010 por parte de Zapatero. Tres desde el estallido del 15M. Dos desde la gran manifestación independentista en Catalunya el 11S de 2012.

En este tiempo, la crisis económica y social desembocó en una crisis política y de régimen y el malestar con el sistema político y las instituciones alcanzó cotas inauditas desde la Transición. Las elecciones del 25M han marcado la primera traslación electoral, en unos comicios de ámbito estatal, de tres años de discontínuas, pero reales e intensas, luchas sociales. Con una participación similar a la de 2009 (44’9% entonces, 44’84% ahora) está claro que el bipartidismo va desgastándose a marchas forzadas. En 2009 el PP obtuvo 6.670.377 votos (42’12%) y 24 escaños y el PSOE 6.141.784 (38’78%) y 23 escaños. Es decir, entre ambos sumaron 12.812.161 votos (80’9%) y 47 diputados. Ahora, el panorama es muy distinto: 4.070.643 (26’06%) y 16 escaños para el PP y 3.593.300 (23%) y 14 diputados para el PSOE. Conjuntamente, suman 7.663.943 votos (49’06%) y 30 escaños, un 60% de lo que obtuvieron en 2009. Se acabó aquello de irse turnando en el poder. Cuando uno gobernaba se desgastaba, mientras el otro se recuperaba en la oposición. Ahora, ambos, PP y PSOE, ya sea en el gobierno ya sea en la oposción, van cuesta abajo.

Globalmente, la crisis del bipartidismo de momento se va decantando más hacia la izquierda. Una hecho notable en una Europa donde las fuerzas reaccionarias avanzan por doquier. Posiblemente los resultados de la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia en el Estado español sean, junto a los de Syriza en Grecia, las dos únicas buenas noticias a escala continental. Partidos como UPyD, a pesar de mantener su progresión respecto a 2009 (1.014.985 votos, 6’49%, y 4 diputados ahora, frente a 451.866, 2’85%, y un 1 escaño entonces), no consiguen polarizar la situación hacia la derecha de forma notable. Por la izquierda la cosa cambia drasticamente:

La suma de votos de las dos principales listas estatales a la izquierda del PSOE, Podemos (1.244.605, 7’96%, 5 escaños) e IU (1.561.246, 9’99%, 6 diputados), llega a 2.786.151 (17,95%) y 11 diputados, no muy lejos del PSOE (3.593.300, 23% y 14 diputados). Si a ellas dos le sumanos la Primavera Europea (Compromís+Equo) con 299.804 (1’91%), el resultado suma 3.085.955 (19’87%), a lo que podríamos también añadirle los 324.424 (2’07%) de la Primavera de los Pueblos de Bildu y BNG. En lugares como la Comunidad de Madrid, Podemos (248.888 11’27%) e IU (231.889 10’5%) suman más que el PSOE (417.993, 18’93%). El PSOE dista mucho aún de haber entrado en una dinámica PASOK. Aún no se ha descompuesto. Estará obligado a moverse y puede sacar fuerzas de donde aparentemente no las hay. Pero su base electoral se resquebraja. Despojado de credibilidad política alguna, incapaz de ofrecer nada distinto de la derecha, va perdiendo el único argumento de fuerza que aún le queda: ser la única fuerza que puede ser alternativa al PP. Jamás habíamos tenido tan cerca la posibilidad de hundirlo. Este tipo de trenes no suelen pasar dos veces.

No hay duda: la abrupta aparición de Podemos es la gran novedad en clave estatal. Una irrupción espectacular, por sus resultados y por lo que significa. La función de la nueva formación en el corto plazo es clara: desestabilizar el sistema político y abrir una brecha al bipartidismo, ante la incapacidad de la iquierda tradicional para hacerlo por sí sola. El éxito de Podemos es una magnifica notícia para quienes no se sentían representados por ninguna de las fuerzas existentes, para quienes se sienten desamparados y sin tablas a donde agarrarse, para quienes estaban convencidos que era imprescindible un nuevo actor para animar la partida. Un revulsivo en el terreno de juego, que entra por la banda para colocarse rápido en el centro del campo y al ataque. Su irrupción hará mover el juego partidario, sacudirá a todo el mapa político y al conjunto de la izquierda. Podemos tendrá a partir de ahora una gran responsabilidad. Siendo la fuerza más nueva, la más frágil, la menos estructurada, tiene un gran peso a sus espaldas: no defraudar las ilusiones puesta en ella (¡ocurre pocas veces que alguien entusiasme políticamente más allá de las minorías activas!) y proseguir una partida que ha iniciado con brillo. El éxito de Podemos es también, y así debería ser percibido, una excelente sorpresa para aquellos militantes, simpatizantes y votantes de IU que quisieran que su formación de referencia tuviera una política más dinámica, menos apoltronada en las instituciones y más en sintonía con las aspiraciones populares post 15M. Podemos será un aguijón que obligará a IU a moverse. Una buena notícia para los simpatizantes de dicha formación que recibirán de Podemos una ayuda inesperada. Finalmente, la emergencia de Podemos es también una buena nueva para quienes nos miramos las cosas desde Catalunya (o desde las otras naciones sin Estado que hoy pertenecen al Estado español), pues la aparición de una fuerza de ámbito estatal que ha tenido un discurso bastante claro, y un cabeza de lista que se ha mojado, sobre el derecho a decidir y sobre la Consulta del 9N es una novedad importante de inestimable valor estratégico.

El bipartidismo PP-PSOE, el “PPOE”, sufre una crisis creciente que no sólo se refleja en pérdida de votos sino, sobre todo, en pérdida de credibilidad, en incapacidad ni tan siquiera de generar ilusión entre quienes les siguen votando. Pero no hay que inferir de ello que el bipartidismo y el régimen político no tenga margen de maniobra, ni que su crisis vaya a acabar con una salida democrática y social. El régimen puede recomponerse, con una mezcla de relegitimación e involución autoritaria y neocentralizadora por arriba, o bien el vacío político puede acabar llenándose con alternativas demagógicas y reaccionarias como recambio in extremis en caso de fallida definitiva del “PPOE”. Aunque ésta no sea la tendencia dominante que marca el 25M, los acontecimientos en otros países, como los alarmantes resultados en Francia, muestran un peligro que siempre está ahí.

No es un momento de business as usual, de grises rutinas para la izquierda. No es el momento por parte de fuerzas como IU de seguir con las inercias institucionales y la mentalidad de complemento del PSOE. No es el momento de continuar, por parte de los activistas sociales, sólo con el activismo social y sindical. Siendo éste la base para cualquier cambio, por sí sólo no basta: hay que plantearse la cuestión de la alternativa política. No es el momento, tampoco, por parte de la izquierda anticapitalista y alternativa, de contentarse sólo con ser una minoría molesta pero sin vocación de mayoría, y de complacerse meramente en construir la propia organización.

No hay que ser espectadores pasivos antre la crisis de régimen. Hay que entrar en la pelea sin complejos. Siempre, claro, sin perder de vista los objetivos, sin confundir vocación de mayoría con disoluciones programáticas, sin tomar por audacia patinazos imprudentes. Es el momento de trabajar para articular una mayoría políticosocial anti-austeridad y favorable a la apertura de proceso(s) constituyentes(s) democráticos que rompan lo que se ató bajo las cadenas del miedo en 1978. Es la hora de actuar con la doble perspetiva de unidad y radicalidad, de voluntad de ser mayoría… para cambiarlo todo. Para poner fin a nuestra interminable y particular “pesadilla en Elm Street” de planes de austeridad sin fin, de golpes de manos autoritarios en permanencia y de negación perpétua de derechos democráticos básicos.

No conviene sin embargo generar falsas ilusiones. Conformar una mayoría política de ruptura será un proceso complejo y difícil, lleno de pantanales, pistas falsas, de sendas a ninguna parte y de atajos que en realidad nos llevan hacia atrás. Requerirá un amplio proceso de alianzas y discusiones entre distintas fuerzas de ámbito estatal y soberanistas catalanas, vascas y gallegas, de la que hoy apenas es posible imaginar los contornos y las formas. Para hacerlo conviene empezar por agrandar las brechas que hoy se han abierto. Trabajando con una prisa serena y con una desbocada calma, con un realismo soñador y con una imaginación racional. La crisis del PSOE y del PP, junto con la irrupción de Podemos, es una primera sacudida que sólo puede entenderse como el prolegómeno de lo que está por venir. El 25M debería ser “el inicio del inicio” electoralmente hablando.

En Catalunya, donde la movilización del voto en clave nacionalista e independentista ha sido muy importante, como refleja la fuerte subida de la participación electoral (un 47’63% frente a un 36’94% en 2009), se confirma una amplia mayoría de las fuerzas partidarias del derecho a decidir. No hay duda ahí. Los resultados testimonian, una vez más, la situación sin salida de un PSC sin credibilidad ni en lo social ni en lo nacional (358.539 votos, 14’28%, frente a 708.888, 36%, en 2009). Un exhausto PSC que suma menos que los buenos resultados de ICV-EUiA (258.554, 10’30%) y Podemos (117.096, 4’66%) juntos. El 25M refleja también el empate de fuerzas, que las encuestas vienen pronosticando desde las últimas elecciones al Parlament, entre una ERC que se va afirmando como la primera fuerza del país (594.149, 23’67%) y una menguante CiU (548.718 21’86%). En los márgenes de las eleccciones, la celebración del Multireferéndum, lamentablemente desautorizado por una Junta Electoral Central que es un fiel exponente del carácter cada vez más cosmético de nuestra democracia parlamentaria, ha puesto encima de la mesa la gran cuestión estratégica en pleno debate independentista: ampliar el derecho a decidir a todas las esferas de la sociedad. Mirando hacia el futuro, la propuesta que formula el Procés Constituent encabezado por Arcadi Oliveres y Teresa Forcades para las próximas elecciones, un bloque electoral lo más amplio posible contrario a la austeridad y favorable a una República catalana, aparece, en clave estratégica, como el revulsivo que podría hacer irrumpir un nuevo actor politico en Catalunya con capacidad para condicionar una dinámica en la que el principal partido de la derecha catalana, CiU, experimenta un desgaste que parece irreversible. Y en la que aquellos que queremos “decidir sobre todo” no podemos contentarnos en ser espectadores o una molestia menor.

Los próximos meses serán decisivos. Se acerca una nueva aceleración política a medida que se aproxima el momento de la verdad con la consulta del 9 de noviembre. Lejos de ser un affaire sólo catalán, el movimiento independentista interpela a todo el conjunto de las fuerzas políticas y sociales democráticas y favorables a un cambio social igualitario de todo el Estado. La falta de voces convincentes y audibles de ámbito estatal favorables al derecho a decidir ha sido hasta ahora clamorosa. La incomodidad que la cuestión genera para la izquierda estatal es tan comprensible como ciega estratégicamente: si Rajoy es doblegado en Catalunya quedará herido de muerte, igual que lo estará el Régimen del que actúa como garante. ¿Cómo trabajar para que el movimiento independentista catalán no sirva a la derecha española para cohesionar su base social sino que ayude a abrir una vía de agua  definitiva al buque de la Transición? He aquí la cuestión. Para ello es necesario una doble estrategia: primero, la voluntad de la izquierda catalana y del movimiento soberanista de buscar aliados fuera de Catalunya y no encerrarse sólo en una acumulación de fuerzas en clave nacional (que lleva además la presión interna hacia la “unidad patriótica” bajo el liderazgo de Mas); segundo, la solidaridad política desde la izquierda española de ámbito estatal con el derecho a decidir en Catalunya. Ahí, Podemos puede jugar un rol clave.

Aunque desequilibrada, la partida permanece abierta y sin final escrito. En el futuro al mirar hacia atrás veremos que el actual fue, o bien el periodo donde sufrimos una derrota histórica sin paliativos que significó un empobrecimiento masivo de la mayoría de la población y una involución antidemocrática del sistema político, o bien el período en el que hicimos descarrilar la “segunda restauración borbónica”. ¿Cuál de los dos futuros alternativos prevalecerá? Sin duda, hoy se juega el mañana.


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