Dominio público

Opinión a fondo

¿Somos un valor?

04 Feb 2008
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JAVIER SÁDABA

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El italoamericano Cavalli-Sforza escribía no hace mucho tiempo en su patria de adopción, California: “Para muchos estadounidenses el mundo fue creado el año 4.004 antes de Cristo”. Para darse cuenta de la insensatez de esta manera de leer un documento, para ellos revelado como es la Biblia, no hace falta sino recordar que la escritura, que con toda probabilidad surgió en Sumeria, lo hizo hace unos 5.000 años. Se trata, sin duda, de una postura extrema del llamado creacionismo y que se opone tajantemente a lo que Darwin, los neodarwinianos y el sentido común nos han ido mostrando desde hace años.

El creacionismo, sin embargo, tiene muchos grados y no todos son tan obtusos como para pensar que hace unos pocos años Dios puso en esta tierra todo lo que existe de una vez para siempre. Descubrimientos de todo tipo en relación y los restos fósiles que acumulamos no permiten este tipo de aventuras intelectuales. Por eso los creacionistas más sofisticados afilan sus armas en dos direcciones. En la primera cargan contra Darwin e intentan demostrar que existen fallos en su teoría evolucionista. En la segunda recurren a lo que se ha dado en llamar Diseño Inteligente y según el cual la vida y, concretamente, el hombre no podrían existir si no es por un directo impulso divino. Fijémonos en los dos cuernos por los que intentan atacar los creacionistas, especialmente los de nuevo cuño, y que tienen entre sus egregios defensores a un cardenal alemán. Porque no todos son, contra lo que suele suponerse, fundamentalistas protestantes amamantados en los EE UU.

La teoría darwiniana de la evolución por selección natural, en la que sobreviven los más aptos, ha tenido seguidores y otras teorías alternativas. El neodarwinismo combina Darwin con los desarrollos, espectaculares sin duda, de la genética. Y teorías alternativas son las que se conocen, por ejemplo, como los neutralistas y el equilibrio punteado. Necio sería que entrara ahora en las entrañas de tales teorías. Ni soy especialista en la materia ni viene a cuento. Sirva, sencillamente, como ejemplo de que una teoría, en este caso la evolución, es disecada después, en manos de los científicos, de forma que algunas piezas iniciales se mantienen y otras se modifican. Pero de ahí nada se sigue contra lo más decisivo del darwinismo: somos producto de la evolución y en ésta intervienen factores internos a la misma. De ahí a llevarse las manos a la cabeza porque no queremos parecernos a los simios o rastrear en la vida de Darwin para decirnos que fue un mal estudiante o se casó por dinero, hay un abismo. Un abismo de ignorancia.

Volvamos al Diseño Inteligente y veamos cómo razona. El paso a la vida y sobre todo a la inteligencia humana no podría darse sin la intervención de la divinidad. La vida, por otra parte, es un acontecimiento de una improbabilidad extraordinaria. Si hacemos caso de dos importantes físicos, uno de los cuales, Tipler, se ha convertido en predicador a favor de la resurrección, se aproxima a cero. Y la inteligencia humana, por otro lado, es la que contempla la maravilla de la creación. ¿Cómo no pensar que ha sido puesta aquí precisamente para el deleite de tal contemplación? Más aún, este mundo en el que resplandece nuestra mente si fuera mínimamente distinto no posibilitaría que estuviéramos, como reyes de la creación, en su cúspide. Desde los años setenta y de la mano de B. Carter dicha argumentación recibe el nombre de Principio Antrópico. En realidad, lo que subyace detrás de esta manera de ver el mundo y vernos a nosotros es la idea de que existe un Ordenador Inteligente.

El concepto de orden, sin embargo, contiene dos errores. Porque el orden se presenta como una noción clara que pediría un Ordenador. Y, en segundo lugar, se le hace equivalente a un bien, a una finalidad y, por tanto, a un valor. Ambas afirmaciones son falaces. Que haya orden exigiendo un Ordenador es dar por supuesto lo que hay que probar. Lo que hay es lo que hay y si le llamamos orden es porque, subrepticiamente, pensamos que a su vez existe alguien que lo ha ordenado. Echemos, además, un vistazo al universo. Veremos desastres por todas partes. Echemos un vistazo a la evolución. Y veremos que hemos llegado, algunos, a donde hemos llegado como se podría haber llegado a otro sitio; y por medio sufrimientos y penurias. Más que de Diseño Inteligente se debería hablar de Inteligencia Perversa o de Impotente Diseño. No seamos tan orgullosos: somos el pico de la evolución. Nada más. Por eso, el valor, y es el segundo error, no reside en nosotros como fruto de la evolución. Valemos, según ésta, lo que vale cualquiera de las otras criaturas que pueblan el universo. El valor supondría, de nuevo, un autor que ha mimado al ser humano para que éste venga a la existencia. Pura imaginación y puros deseos. ¿No valemos, entonces, nada? ¿Somos como una piedra? En absoluto.

Desde el momento en que somos autoconscientes, podemos, en interacción con los demás humanos, crear valores. Eso sí está en nuestras manos. No valores como tópicos que se recitan a modo de letanía. No se trata de ficciones. Se trata de ser valientes para aceptar lo que creemos que es verdad y hacer lo que creemos que debemos hacer. Para basarnos en nosotros mismos y no en las mentiras y propaganda que nos rodea. Para no dejarnos llevar por los cantos de sirena, de las mentiras envueltas en celofán. Y vivir libremente. Y solidariamente. Ésa es la verdadera evolución humana y que tiene un fin: vivir todos mejor.

Javier Sádaba es Catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de José Luis Merino


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