Opinion · EconoNuestra

El calvario de enseñar a pensar

J. Agustín Franco
Profesor universitario. Cáceres

Como ya decía Marx, si los fenómenos y su esencia coincidieran directamente, la ciencia como tal no sería necesaria, bastaría con la mera observación para poder comprenderlos.

Entre la indiferencia y la obcecación más reaccionaria vivimos tiempos difíciles para la lírica, la ciencia y el arte de la educación económica y financiera.

Con la que ha caído con la crisis, cuando uno esperaría un aumento de la sensibilidad social por sus injustos y dolorosos efectos, paradójicamente surgen como setas quienes repelen con aversión cualquier referencia a la desigualdad económica, les resulta improcedente, un insulto, una obscenidad. Impermeables a los datos, a la reflexión, al contraste de ideas. Personas que sienten como un ataque personal el simple hecho de poner sobre la mesa los problemas laborales y financieros que sufren los de siempre y las de siempre.

Lo mismo que alguien que tuviera aprensión a la sangre no podría ser médico o cirujano, habría que hacer notar que alguien aprensivo a la pobreza no debería dedicarse a la economía. Y paradójicamente ese campo del saber está plagado de aporofóbicos. Sí, esa palabra que la Fundéu BBVA ha declarado como palabra del año en 2017. Sí, es irónico, paradójico… Ya lo cantaba Supertramp.

Más aún, lo mismo que nadie puede operar o curar una simple herida con las manos sucias o que un pederasta no debería trabajar con niños o que un conductor o piloto suicida no debería llevar un autobús o un avión, habría que hacer notar que alguien con mentalidad neoliberal (antisocial y psicópata por definición) no debería dedicarse a la educación, en general, y todavía menos a la educación económica y financiera, en particular.

Cada vez más, para calmar la disonancia cognitiva que genera un mundo más cruel y duro del que nos han contado, debemos acudir a las propias instituciones y voces críticas que surgen desde dentro del sistema: fervientes liberales y conservadores y multimillonarios que dicen crudamente aquello de “por favor, dejen de mimarnos, no nos rebajen más los impuestos” o aquello de “mi secretaria paga más impuestos que yo” o aquello otro de “la renta básica universal no es tan mala idea”. Pero cae en saco roto, a lo sumo ganan más adeptos por su honradez, por su filantropía.

Ha calado tan hondo el discurso neoliberal que cualquier mínima crítica es contestada con soberbia, una respuesta educadamente soberbia (que no soberbiamente educada). Sin respeto, ofensiva, como una señal de alarma que supuestamente todos comparten, pero que nadie más se atreve a verbalizar, excepto el mesiánico profeta de turno del Dios Mercado.

Hoy cualquier mínima propuesta social de corte keynesiano, socialdemócrata, es tachada despreciativamente como comunista, bolivariana, podemita, apocalíptica, terrorista… Y de ahí a la cárcel sólo hay un guiñol.

En el fondo, con sus formas almibaradas y narcisistas, quieren decir: “No tienes derecho a existir y si pudiera te pisaba como a una cucaracha”. No desaprovechan ninguna ocasión para tomar represalias y castigar al que se atreve a hacerles pensar (como ha sido siempre, por otro lado, la función educativa).

Frente a la munición ideológica de carga pesada que utilizan los grandes medios de comunicación para difundir su propaganda, desde las aulas unos pocos con una tiza y unas diapositivas, sin quererlo, intentan frenar la avalancha, el tsunami neoliberal, sabiendo que serán irremediablemente tragados por la onda expansiva, sabiendo que no hay refugio para ellos ni habrá siquiera notas a pie de página en los libros de historia.

Si algo define bien la dictadura neoliberal es el carácter descentralizado de su sistema de censura. Cada ciudadano es un censor potencial de su vecino. Todo aquel que hable del dios que no se puede nombrar es censurado. Prohibido hablar del capitalismo. Incluso entre las filas supuestamente progresistas.

Más aún. Por desgracia, los poderosos de nuestra época no necesitan cárceles al uso, que también, para los presos políticos. Tienen un sistema bien engrasado y mejorado (el individualismo posmoderno) para mantener excluidos e incomunicados a los disidentes, sin que se note, en medio de la población. Cada ciudadano es un censor y un carcelero potencial de su vecino. Un sistema carcelario donde uno puede morir hoy y no ser enterrado hasta cinco años después cuando van a desahuciarte por impago.

La herejía de ser pobre se paga cara, mucho más la de defenderlos, porque aun pagando acabas desahuciado, desahuciado de la vida, de la familia, de la dignidad, del respeto como ser humano… Eso que ahora llaman ‘movilidad exterior’, ’flexibilidad laboral’, ‘emprendedor’, etc.

Así, la objetividad queda redefinida y circunscrita al anuncio del mensaje neoliberal. Todo lo demás es pura y odiosa subjetividad. Da igual que utilices los datos, los números, las matemáticas para mostrar la desigualdad y la explotación. Todo eso será subjetivo y falto de rigor, ideológico.

Si vivimos en un mundo injusto e insolidario no es por casualidad. Hay quienes ante la verdad desnuda prefieren abrazarla y desnudarse con ella, y quienes prefieren empuñar la espada moralista para rajarle el cuello y silenciarla, junto con todos sus acompañantes.

En fin, tiempos de posverdad en los que como ya decía Machado: “Que dos y dos sean necesariamente cuatro es una opinión que muchos compartimos. Pero si alguien sinceramente piensa otra cosa, que lo diga. Aquí no nos asombramos de nada”.