Opinión · EconoNuestra

IRPH: La banca como depredador económico

Guillem Bou Bauzá
Licenciado en matemáticas e  informática y doctor en ciencias sociales.

Jóvenes con trabajo, condenados a la miseria

Mireia, Bibiana, Maribel, Gorka y Jordi no se conocen, pero tienen mucho en común. Todos tenían entre 20 y 30 años, y un trabajo fijo, cuando firmaron una “hipoteca especial”. En todos sus contratos firmaron como avalistas o prestatarios sus padres, o algún pariente, sin ser propietarios de la vivienda. A todos ellos el director del banco se les presentó como SU gestor personal, y les hizo, supuestamente, un estudio financiero. Dicho estudio recomendaba esta hipoteca especial de cuota creciente.

La trampa de una hipoteca de cuota creciente es triple:

  1. Se paga muchísimo más interés, globalmente, que en una hipoteca de cuota constante, porque se amortiza más lentamente el capital. Es un buen negocio para el banco, no para el prestatario.
  2. Si hay subida de tipos, se paga todavía muchísimo más interés. Ahora es un negocio fenomenal para el banco, y la ruina para el prestatario. Y para evitar que bajen, basta con referenciar la hipoteca de cuota creciente al IRPH o colar una cláusula suelo.
  3. Aunque se rehagan las cuotas al método de cuota constante, que es lo máximo que se ha conseguido en una causa judicial, no se logra nada significativo, porque la cuota creciente esconde su última trampa: no había potencial financiero para endeudarse por aquel inmueble.

Las consecuencias de estas hipotecas, si se suscribieron antes del 2006, es decir, antes de la subida de tipos que llevaron al pico del 2008, son las de un tsunami financiero. Se llevan la economía familiar por delante y causan un endeudamiento perpetuo. Con este término quiero indicar que, o bien el crédito se eterniza (posibilidad que contemplan muchas hipotecas de cuota creciente) o bien se llega al final con prácticamente el mismo dinero que se debía al principio (amortización irrisoria).

El timo del crédito impagable

Hace unos años afloraron unos timos perpetrados por prestamistas. A gente en situación de emergencia (gastos médicos, estudios de los hijos, dispensas inesperadas en general) se le ofrecía préstamos de pequeñas cantidades con objetos de valor muy superior como garantía. Es decir, por prestar 3.000 euros, el aval era un coche de 20.000 o un apartamento de mucho más.

Lo que el cliente no sabía es que, por un sistema de pago enrevesado que firmaba, no habría manera de dejar constancia que cada mes cumplía con la cuota. En consecuencia, los bienes terminaban en poder del prestamista.

Si bien es cierto que estos prestamistas eligieron a un perfil concreto (familias con economía estable pero con una necesidad puntual), también es cierto que los bancos eligieron un perfil concreto: jóvenes con un trabajo fijo (normalmente el primero) a los que fácilmente se podría pintar un futuro de color. ¿Y por qué era necesario que fueran jóvenes? Pues por una cuestión de riesgo. Es decir, como la cuota creciente es un producto que puede eternizarse, se debía elegir a un cliente que tuviera toda la vida por delante. Ésa era la idea: un cliente que se pudiera rehipotecar cuantas veces hiciera falta. Sólo era necesario colocar en este estado de desesperación a alguien con años para vivir en él. ¿Que los intereses no se disparaban? Pues el banco cerraba un buen negocio porque ganaba más que con la hipoteca ordinaria. ¿Que los intereses se disparaban? Tanto mejor para el banco, porque atrapaba a cliente de por vida.

Diferencia jurídica entre un timador y un banco

Cabe preguntarse, por tanto, lo siguiente: si las entidades financieras sabían todo esto, ¿qué les diferencia de los timadores? Pues bien, la diferencia es que ningún juzgado va a condenarles. Ni siquiera van a pagar los perjuicios causados. Porque en España la doctrina del doble control de transparencia, como ustedes saben, está en pañales.

Es decir, en Europa se exige que un cliente entienda perfectamente lo que firma, pero para España, en boca de la abogada del estado María José García Valdecasas, ha quedado esta perla para la posteridad:

“No tendría sentido por ejemplo suministrar una fórmula matemática compleja si esta fórmula por su complejidad no va a ser comprensible por el consumidor medio”

Y eso lo dice para defender la hipótesis que los españoles, pobrecitos nosotros, no entendemos el significado de la media aritmética (que es, matemáticamente, toda la complejidad que encierra el cálculo del dichoso IRPH). Es decir, todo el mundo entiende lo que es una media, pero en el caso del IRPH se ocultó al consumidor que la media era de tipos finales (TAE) y se le añadió un diferencial como si fuera una media de tipos nominales (TIN). Aquí radica una de las bases del engaño.

Pero nuestra abogada del estado, para defender lo indefendible de muchas escrituras de préstamo hipotecario, se empecina en que todo esto es complejo y los clientes no firmaron porque les engañaran, sino porque son tontos y total no iban a entender nada.

Dicho de otro modo, cuando en los programas deportivos dicen “la media de goles de Messi”, la señora García Valdecasas da por sentado que el presentador habla solo. Y cuando en los informativos se dice “el precio medio de la vivienda en Madrid”, los españoles creen que es un programa de decoración. Y cuando el hombre del tiempo habla de la media de precipitaciones del pasado año, todos los agricultores de España piensan que es un programa de piscinas.

El cinismo al que han llegado ciertas personas del sistema jurídico español, tratando de idiotas a todos sus ciudadanos, con tal de defender a la banca, es el termómetro que nos marca sus intenciones. Por tanto, ya saben qué les pasara probablemente a Mireia, Bibiana, Maribel, Gorka y Jordi si acuden, por las buenas, a un juzgado. Empezarán una carrera hacia el pago de costas.

Diferencias entre los partidos sobre la depredación financiera

La justificación social de la existencia de los préstamos (que no siempre en la historia han sido legales) es porque permiten el desarrollo económico. Hasta aquí debemos admitir una función social positiva de la banca.

Sin embargo, cuando esta misma banca lastra las economías domésticas y provoca la caída en picado del consumo, entonces se convierte en un depredador para la economía del país. Cuando la banca deja de ser un servicio social y forma parte de una élite extractiva, el país entra en barrena.

Los síntomas son claros: gente que no sale de sus casas los domingos porque no tiene dinero, familias que no pueden calentar su hogar, sueldos de miseria, incremento de los beneficios empresariales, cierre de empresas porque no tienen clientes, auge del consumo low costde poca calidad porque no hay posibilidad de comprar nada más… En definitiva: una sociedad sin clase media, muy desigual, con inseguridad y sin futuro. Hacia ahí es adónde vamos.

Parece mentira que los grandes partidos, PP y PSOE, todavía sigan defendiendo la depredación de la banca. Y que Ciudadanos y Vox defiendan que dicha depredación tiene que ser todavía mayor. Y que el PDeCAT proteja mediante sus directores generales, como ya se publicó previamente en este periódico, dicha depredación.

Como ven, me he dejado algunos partidos del espectro político. Me consta que, precisamente, han impulsado medidas concretas contra dicha depredación. Y como las medidas han sido contrarrestadas, han pasado a impulsar a personas concretas. Al fin y al cabo, las personas son mejores que las medidas: tienen vida, pueden maniobrar.

Si no sabe de qué hablo, haga un favor a su país: váyase a la playa el próximo 28 de abril.