Opinion · EconoNuestra

¿Cómo hacer frente al ascenso de la extrema derecha?[1]

María Eugenia Rodríguez Palop
Profesora de filosofía del derecho en la Universidad Carlos III

Con este título, el martes, 26, a las 19 horas, impartirá una conferencia, seguida de un debate con los asistentes, en la Oficina Europarlamentaria de Podemos (Embajadores, 35)

 

La extrema derecha está sabiendo explotar, en Europa, las contradicciones del neoliberalismo globalizador de las últimas décadas. Lo cuestiona dentro de sus márgenes, y aporta un discurso unificador con el que está logrando afianzar un espectro social muy diverso; es crítica con los sistemas electorales, pero es homologable en ellos y, en numerosos países europeos, ha sido aceptada por conservadores, democristianos y socialdemócratas como potencial socia de Gobierno.

Uno de los rasgos definitorios de esta nueva ultraderecha es la exaltación de la xenofobia, el miedo al extranjero pobre y al diferente; un nacional-populismo que aborda una lectura esquemática y maniquea de la realidad, de fácil circulación, en la que predomina la figura de uno o más chivos expiatorios, y que ha señalado a inmigrantes y refugiados como una amenaza para la identidad nacional, una fuente de inseguridad ciudadana o un nido de terrorismo islámico. Al conectar la imagen de «crisis social» que representa el supuesto aumento de la inmigración con el ascenso de la delincuencia, la extrema derecha apela a continuas medidas de control y seguridad, presentándose como la gran defensora de la unidad y el orden. Es decir, estas formaciones defienden una política de «mano dura» como reacción punitiva frente a las «emergencias» que ellas mismas construyen. En el ámbito social, se traducen en la lucha encarnizada del penúltimo contra el último, el enfrentamiento de los que tienen poco con los que no tienen nada, los que han llegado antes con los que han llegado después, para movilizar el resentimiento de quienes han sido abandonados. Se estimula, así, la competencia entre los trabajadores a la hora de acceder a recursos cada vez más escasos, el trabajo, la vivienda, la sanidad o la educación, en un clima de recesión económica y de recortes furibundos. Y en este contexto, es fácil presentar a los inmigrantes, además, como «parásitos» que vienen a robar nuestra riqueza o a acaparar las pocas prestaciones sociales que nos quedan en un Estado de bienestar menguante.

La extrema derecha explota el miedo al extraño, al diferente, exalta la primacía de los nativos frente a la «invasión» extranjera, y se presenta como la única opción política que defiende los intereses de los ciudadanos «nacionales»: es el «vota francés» del fn/an; «los austriacos primero» del fPö; el «hagamos que América sea grande otra vez» de Trump. Y así, ante una precarización corregida y aumentada, a la que ella misma contribuye, nos ofrece, contradictoriamente, el elemento simbólico que lo aglutina todo: la esperanza de estabilidad y de seguridad que proporciona la nación, el Estado, la tradición o la reafirmación de una cultura propia. En definitiva, la extrema derecha presenta el fantasma de la invasión migratoria como un peligro tanto para las expectativas de trabajo y el acceso a las políticas sociales, como para la mismísima identidad cultural. Y con esta fórmula logra alcanzar consensos muy amplios entre sectores muy heterogéneos apelando por igual a la escasez y al discurso de la identidad, es decir, no desvinculando, sino unificando los intereses de clase y los procesos identitarios. Es precisamente aquí donde reside buena parte de la clave de su éxito: la «primacía nacional» no solo se aplica en el terreno laboral y económico, sino que se amplía al terreno cultural mediante la defensa de una comunidad de lengua, cultura y tradición, dejando siempre implícito el elemento racial. Si estas extremas derechas son tan racistas y xenófobas, como antifeministas y machistas, es porque atacan todo aquello que supuestamente «divide» la unidad de un mítico nosotros nacional.

Por eso puede decirse que el ascenso de la extrema derecha representa una revolución conformista que no solo obedece a factores ideológicos, sino que también tiene una raíz vivencial y un anclaje empírico evidente: la experiencia de desarraigo, la desintegración social y la violencia institucionalizada que han sufrido las mayorías sociales, combinada con una situación real de escasez de recursos y su concentración en pocas manos.

Si hoy es posible responder a este fenómeno no es negando esta experiencia, sino canalizándola hacia una contestación de signo radicalmente opuesto. La misma conciencia de la vulnerabilidad y la dependencia que ha dado lugar a la extrema derecha ha encontrado en el feminismo un tejido bien trabado con el que poner en contraste la política de los muros y la política de los cuerpos.

La filosofía relacional de este feminismo reivindica también un imaginario de lo común, pero para poner en valor la revolución de los cuidados y los afectos, apelando a una semántica de la experiencia completamente diferente, y articulando una comunidad política que bascule, como mínimo, alrededor de estos cinco ejes interdependientes: radicalidad democrática y nueva institucionalidad; distribución de la riqueza y justicia social; descentralización del poder político y autogobierno; identidad relacional y reconocimiento; y feminización de la política.

El feminismo y las políticas de lo común son el antídoto que tenemos hoy frente al ascenso de la extrema derecha porque se mueven con el mismo material humano para orientarlo hacia otro horizonte revolucionario.

[1]Extractos del libro de la autora publicado bajo el título: “Revolución feminista y políticas de lo común frente a la extrema derecha” (Icaria, 2019).