Opinión · EconoNuestra

Cuestionar la policía democrática: lo que España va a perder

Guillem Bou Bauzà
licenciado en matemáticas e informática y doctor en ciencias sociales.

Debo confesarles que estoy confuso e incluso, por un momento, no sé si debo entregarme a la justicia. Hace veinte años (cómo pasa el tiempo) tuve la oportunidad de trabajar como jefe del Área de Diseño Curricular, en la entonces Escola de Policia de Catalunya. Cuando me llamaron pensé que tenía alguna multa pendiente, o algún asunto en los juzgados. Pero no. Me proponían ocupar un puesto de responsabilidad en la formación de un nuevo cuerpo policial: una policía democrática y cercana al pueblo.

Acepté, no sin advertir antes que no era militante de ningún partido, que mi carácter era muy independiente e, incluso, a veces incómodo. Y añadí que no tenía ni idea del trabajo que hacía la policía, salvo el que había visto en las películas.

Por aquel entonces, en Inglaterra habían optado por integrar a titulados superiores en puestos de mando policiales (creo que con el grado de inspector). Su intención era “refrescar” con nuevo talento la estructura profesional dedicada a la seguridad ciudadana. Por su parte, la policía holandesa había realizado una campaña de reclutamiento intercultural (es decir, promover que ciudadanos de otros grupos étnicos se presentasen a plazas de agente de policía). Creo que por una motivación similar me contrataron.

Puedo dar fe, porque lo viví en primera persona, que desde 1998 hasta 2001 la Escola de Policia de Catalunya estaba en esta sintonía. Era una entidad abierta, con mucha actividad académica e investigadora. Incluso había un departamento dedicado a tomar ideas de todas las policías del resto del mundo. Yo era responsable del nuevo diseño de los cursos, especialmente los de la escala de mando.

Lo primero que aprendí

Durante mi período de adaptación me leí la práctica totalidad de los materiales de formación de la escuela: agentes, cabos, sargentos, subinspectores, inspectores (el de intendentes no lo leí porque no existía, y precisamente es uno de los que diseñé). Y siempre recordaré las tres cosas que de principio más me impactaron, a saber:

  1. Un ciudadano, de entrada, no es un delincuente. Los materiales estaban llenos de casos prácticos (construidos por policías en activo en colaboración con titulados universitarios) que insistían en que, por ejemplo, aunque una persona gritara en la calle y alterara el orden, debía ser tratado como un ciudadano. Es decir, la misión de la policía era evitar fabricar delincuentes siempre que se pudiera, y el trato en las primeras intervenciones era fundamental.
  2. Manifestarse sin autorización no es un delito. Éste era un supuesto que me llamó la atención porque yo (ignorante) pensaba que sí. Los materiales dejaban muy claro que, según nuestro sistema legal, una manifestación no autorizada conllevaba una posible sanción administrativa, pero el derecho a la libertad de expresión estaba protegido por la Constitución y, por tanto, no podía ser un acto punible.
  3. La intervención policial nunca debe agravar la situación. Leí la tira de casos prácticos en los que se mostraba cómo cuando la policía aplicaba la fuerza, sin pensar en las consecuencias, entonces sí que teníamos causas fuertes penales dónde sólo había en todo caso infracciones leves.

Debo decir que fue uno de los mejores trabajos que he tenido, porque estuve aprendiendo durante 4 años. Después colaboré muchos años con cuerpos policiales en las Islas Baleares, y observé que las líneas de trabajo eran las mismas. Debo añadir también que hice muy buena amistad con policías, pero muy poca o inexistente con cargos políticos (lo siento, es mi carácter).

Lo que entiendo y lo que no

Conocí al Mayor Trapero, que yo recuerde, en el curso de inspectores de 2001. Sí, por aquel entonces superó la oposición y, como era preceptivo, tuvo que superar luego la parte académica para ser inspector.

Este curso ya formaba parte de los nuevos diseños que se habían encargado a mi área y que habían empezado en enero de 1998. A él y a toda la cúpula de Mossos d’Esquadra, así como a las cúpulas de muchas policías locales de Cataluña, les formamos y les evaluamos con los principios que he expuesto (entre muchos otros) y con un peso social en la formación policial que dudo que tuvieran otros cuerpos de seguridad.

Entiendo que contribuí, en la medida en lo que pude, a que Cataluña tuviera una policía realmente de proximidad (curiosamente, esto no sale en televisión). También a que fuera realmente democrática, y realmente constituida por unos mandos formados de otra manera. En definitiva: que se pasara página a la policía aterradora propia de las dictaduras. Ahora todo esto parece fácil, pero les podría contar miles de situaciones que reflejan la tensión entre la vieja policía (la que defendía que, ante todo, debían ser temidos para ser respetados) y la nueva policía (la que insistía en que estaban al servicio del pueblo al que protegían).

Pensando en lo que he vivido, pues, no entiendo el juicio a José Luis Trapero. En todo el lío que se armó el 1-O y en todo el lío que se hubiera poder armado, no entiendo cómo una persona puede ser juzgada por haber hecho lo correcto. No sólo es que la ley orgánica 2/86 ampare por completo la intervención de los Mossos d’Esquadra, ni que las órdenes recibidas, de acuerdo con esa ley, dejaran claro que la prioridad era evitar cualquier chispa de violencia. Es que una cosa es dar esta orden (tan difícil como “impidan que voten, pero dejen que se manifiesten, y sobre todo no provoquen males mayores”) y otra cosa es llevarla a la práctica. Para mí, en todo caso, este hombre se merece una medalla en vez de un juicio.

Y sostengo esta afirmación basándome precisamente en el testimonio del responsable de información, Manuel Castellví. Pónganse en la piel de Trapero: uno de los mandos (Castellví) advierte de un serio peligro potencial y usted va a establecer las directrices de la intervención policial. ¿Tomaría usted la opción de más riesgo o la más prudente? Me cuesta entender cómo los “analistas” de muchos medios de comunicación dicen que Castellví compromete a los cuerpos policiales de Cataluña cuando, en realidad, está dando el argumento que obviamente avala su actuación.

Lo que pierde España

Estarán de acuerdo conmigo, piensen lo que piensen sobre este juicio, tanto si están a favor de unos u otros, que la reputación de España se está dañando a nivel internacional. El mismo Rajoy lo dijo la noche del 1-O, que “porras contra votos” es lo que había querido evitar. Allí el país empezó a perder.

Ahora bien, se puede perder mucho o se puede perder poco. Se puede perder en el exterior o se puede perder en el interior. Se puede perder lo que se ha logrado conseguir con esfuerzo o se puede perder algo insignificante.

A mí me cuesta entender, en todo este maremágnum judicial, quién realmente defiende los intereses de los ciudadanos. Porque el criterio es claro: los defiende quien busque la menor pérdida.

En cambio, metiendo a los profesionales de la seguridad pública en la melé, sometiendo a descrédito a toda una línea de pensamiento policial, precisamente la que nos hace llamarnos un país democrático, nos precipitamos a la opción de mayor pérdida. Si a esto le añadimos que, por otra parte, se premia a todo tipo de personajes de la vieja policía, a todo tipo de conspiradores e individuos de cloacas, esto ya pasa de la pérdida al suicidio.

Todo lo que estamos perpetrando ahora, aunque sea con nuestro simple silencio como ciudadanos que podrían decir “basta”, supera el tiro en el pie de largo. Es como si el país se enorgulleciera de su odio, lo proyectara en un sinsentido judicial y cavase con entusiasmo su propia tumba. Adiós a todo lo ganado hasta ahora.

Supongo que entenderán esta referencia literaria: Si las campanas llegar a doblar, no doblarán sólo por el Mayor Trapero. Doblarán por todos nosotros.