“El Bulli es verdad”

07 may 2009
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El coche que tenía me lo había regalado Ana, mi madrina. Era un Renault 4, lleno de bollos, al que eché mucho de menos, también, por aquella carretera  sin asfaltar que iba a Cala Montjoi. Era muy viejo pero funcionaba y me llevaba de aquí para allá. La casa que tenía era de prestado, de alquiler de protección oficial, muy bien situada, por la que pagábamos la mitad del sueldo de los dos. Mi trabajo era de cocinero, bueno, de ayudante en un magnífico asador donde hacía natillas, arroz con leche, peras al vino, tarta de queso, ensaladas templadas, pescados a la espalda, rellenaba piñas para banquetes, desescamaba y racionaba pescado, hacía la comida para la familia, troceaba tarta de las monjas y aprendía, de Antonio el jefe de cocina, de Andrés el segundo y de Eugenio el  maestro asador, todo lo que podía. Hacía tres años que, colgando los estudios, me había largado a Marbella; un año y dos días que me había casado cuando entraba por la puerta del Bulli tras pasar la noche el día  antes en un hotel donde bailaban y bailaban los jubilados.

El viaje había sido largo y, pesaroso, no paraba de recordar a Rita, quien me había dado el empujón para abandonar mi casa y, con 29 años, irme a una aventura sin mapas, sin ruta, quizá sin sentido. Mi sueldo era cero y ahora ella quedaría al cargo de facturas, créditos, soledad, un móvil viejo, una cama con una sóla vera.

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Ese, mi primer día, había llovido y el tiempo era desapacible. Vi entrar a Ferran Adrià en la cocina, con un impermeable amarillo de marinero, zapatos planos sin calcetines y la mirada perdida, intentando ver delante lo que seguramente por la noche había soñado. Al momento me puse con Joan a !freír chips de flor loto y chips de alcachofas!….

Yo era el mayor de todos los que estaban de stage. Dormíamos nueve en la calle Cosconilles, en una casa de tres plantas, con dos cuartos de baño, una cocina y una terraza. Allí estábamos Martí y Mari, Rubén, Iñaki, Víctor, Valentín,…. El tema de conversación era lo que se hacía en la partida. Ya podían ser las dos o las tres de la madrugada la hora de llegada -había que levantarse a las 7 de la mañana-  que entre cigarro y cigarro allí se compartían experiencias, cabreos, desazones, e ilusión. Lo más necesario era coger tus dos días de descanso, dormir doce horas y pasar a limpio todas las notas. ¡Dos días de descanso! Jamás tuve tanto.

El primer día de servicio recuerdo los nervios de todos: Oriol corría de un lado a otro, Lalo merodeaba entre las partidas, Rauric “arengaba” a los que estaban en la cocina de elaboración, la “petita”; Albert Adrià hablaba con Marc Puig-Pey, Rafa controlaba la compras, y el Juli, con las gafas en el empeine de la nariz, nos miraba, haciéndonos “la radiografía al novato” o simplemente bromeaba con nosotros. A los pocos meses, él pagó mis gafas, las que rompí estando en la cocina. ……

Ayer y hoy mientras veía estos dos documentales, imprescindibles en la videoteca de cualquier amante, o no, de la gastronomía, he recordado junto a  quien fue generosa hasta el extremo de la incompresión general, que en ocho meses nos vimos dos veces, cuatro días en total. Amasé una fortuna de sentimientos, de sensaciones, de técnica, de “conceptos”, de buenos amigos y compañeros, de generosidad, de rigor, de fortaleza, de incansable trabajo… Descubrí que, aunque todos los días me preguntara qué hacía allí, aunque alguna de esas tardes o mañanas llorara en la partida y Mateu, o Mari, o Juanito, o Martí, o Carles, o Xatruch, o Alberto  me animaran,  había una razón que yo no lograba entender que me hacía, física y mentalmente, permanecer en Cala Montjoi: el compromiso de no abandonar bajo ningún pretexto, ni de defraudar a quien/quienes habían creído en mi aventura….

Una tarde, en una de las reuniones, Ferrán me dijo que tendría que ir a la playa pues estaba blanco como no sé qué actor….. Otra tarde, casi al final de la temporada, él y Lalo me llamaron para saber qué iba a hacer el año siguiente, pues ellos tenían hueco para mí…… Me volvía a Valladolid, feliz.

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Volví a casa con un certificado de mi paso, el libro El Sabor del Mediterraneo en catalán, dos libretas con las labores del día a día sin tapas, un cuaderno y una cucharilla que olvidé devolver y que apareció entre la ropa sucia del último día. Aún la conservo pues además es muy buena haciendo “quenelles” de helado.

Cuando todos nos fuimos de aquella cocina, no se me olvidará jamás su sonrisa, su mirada y una frase: “Ey, que aquí no acaba esto, vosotros seréis siempre parte del Bulli y antes de lo que creáis nos veremos”.

Volví a los dos años, a hacer un mini-stage. De aquella conservo una cicatriz. Hace dos, junto a buenos amigos, parando antes en Ca la María y después en La Sirena, nos sentamos en la mesa de ocho, en el comedor con vistas a la cala. Quizá ellos, mis amigos,  entonces compredieron mi admiración por el Bulli, por Ferrán Adrià, por todo su equipo y el valor del sacrificio que, sin lugar a dudas, es hacer una temporada de dos servicios al día, lejos de tu casa y abandonando la seguridad de un sueldo a fin de mes y la necesidad afectiva de quien comparte tu vida.

“¿Qué es para ti elBulli? Para mí…., para mí es verdad”.** Y esto una historia más, “una molécula” dentro del universo Bulli, producto de la casualidad como mi foto en El País, como mi aparición en el documental, como haber coincidido unos días con Francis Paniego, como haber conocido un día a Ángel Palacios con quien me fui a la Broche, como mi bloguería gracias a Ibón, a Bob, a Alberto, como un día haber oído a Julio Cirujano en la escuela hablar de este restaurante, como un día haber coincidido con Antonio González, mi primer jefe, cuando yo era tabernero nocturno, mal estudiante de Filosofía y él facilitarme la entrada en la escuela de cocina; como haber estado en Madrid Fusión 09, en una butaca del auditorio y en ese momento encontrarme de frente a alguien que me llamaba Roberto y luego se acercara para invitarme a participar en este proyecto. Todo es casualidad….., o puede que no.

La primera y la segunda parte del documental son sendos homenajes a sus compañeros, a su equipo. Un documental hecho desde la normalidad, generoso, veraz.

**Esta frase, creo, saldrá en la versión extendida de este documental.

**La foto de grupo es de Joan Tomás para El País Semanal. Hace 10 años.


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