El inglés de Zapatero y el andaluz de Susana Díaz

Lo de este país con los idiomas parece no tener remedio. La cuestión no es tanto esa supuesta incapacidad genética de los españoles, especialmente de sus dirigentes políticos, para dominar otras lenguas, singularmente el inglés, sino el cachondeo que suscitan los que se atreven a escalar esa torre de Babel con una simple cuerda de nudos. Lo peor es que las burlas no suelen provenir de quienes han leído el Ulises de Joyce en versión original sin morir en el intento sino de esa inmensa mayoría que es incapaz de  de pronunciar correctamente su marca de güisqui. Debe de tratarse de un mecanismo de autodefensa o de reafirmación de la propia ignorancia.

El último en ser objeto de chanzas ha sido el expresidente Zapatero, que ha decidido seguir los pasos de Aznar y se ha lanzado a dar una conferencia en Oxford sobre la Europa después del Brexit y el futuro de la globalización con sólo dos tardes de inmersión en un curso de Home English. El pitorreo ha sido semejante al que suscitó el “relaxing cup of café con leche” de Botella o el “it’s very difficult todo esto” de Rajoy, aunque si el personal supiera a cuánto se pagan estas charlas no se reiría tanto. Salvo Esperanza Aguirre, que es bilingüe y en ocasiones hasta bífida, nadie debería sentirse con derecho a lanzar la primera piedra en estas lapidaciones.

De estos polvos de ridiculizar a los que se aventuran a chapurrear en el idioma de Shakespeare hemos llegado a los lodos de hacer befa de acentos como el andaluz, que en televisión llegó a estar proscrito y ahora se exagera si conviene a la cuota de pantalla por lo gracioso. Hablar en andaluz, que no es hablar mal sino distinto, ha sido asociado tradicionalmente a la incultura y al atraso. En su prólogo al libro El polémico acento andaluz, el catedrático de Fonética José María de Mena ha explicado cómo se perdió la oportunidad de elevar el andaluz a un rango idiomático escrito de proyección universal de la mano de escritores como Lorca, Machado, Alberti o Juan Ramón Jiménez.

“Se llega – apunta Mena- a la situación aberrante, de que escritores que hacen toda su obra en andaluz, como los hermanos Álvarez Quintero, son despreciados por la clase intelectual, precisamente porque escriben en andaluz. Poetas como José Carlos de Luna, o Manuel Góngora, y Rafael de León, son tenidos por ‘poetas menores’ a causa de su andalucismo. Y no menos aberrante resulta que el más encumbrado poeta sevillano, sea reconocido por sus poemas sobre Soria. Y que el autor granadino más mundial, escriba sus obras de ambiente andaluz, Yerma, Mariana Pineda, La casa de Bernarda Alba, con personajes andaluces ¡que no hablan andaluz!”.

El último en subirse a horcajadas al caballo del tópico ha sido un concejal socialista de Madrid, Ramón Silva, que en su intento de desacreditar a Susana Díaz hizo mofa de su acento –“queremos un PZOE ganadó”- en la reunión del comité regional del partido. Silva, según la reseña biográfica del Ayuntamiento de Madrid, cursó estudios de Políticas y a la vista está que no los completó. Y como suele ser habitual, pidió disculpas con ese socorrido “no quería ofender a nadie” cuando resulta obvio que sí quiso hacerlo.

Quizás por carencia de estudios y su falta de lecturas, Silva es un señor muy limitado. A Susana Díaz se le puede criticar porque Andalucía siga siendo la Meca del paro, porque un 35% de la población se encuentre en riesgo de pobreza, porque la comunidad esté en el furgón de cola de la educación en España, porque presume de Sanidad cuando la suya es la región con menos gasto sanitario por habitante, porque no haya hecho otra cosa en su vida que trepar en su partido o porque su discurso político sea el conjunto de remiendos de una costurera muy poco profesional y equivalga a la nada más absoluta.

De los innumerables aspectos reprochables de su gestión política, Silva ha ido a centrarse en el ceceo de la sultana y en que se come las erres, cuando si de algo pueden presumir los andaluces es de que atesoran uno de los vocabularios más ricos del castellano. A Díaz hay que juzgarla por lo que hace y lo que dice y no por cómo lo dice. Es ahí donde está el verdadero chiste.