El derecho a dimitir de la vida

El día 1 de abril fallecía a los 90 años el filósofo Salvador Pániker, el más conocido y respetado activista de la eutanasia en España. Según su hijo Agustín, se fue tranquilo “y sin sufrimiento”. Al día siguiente, el electricista José Antonio Arrabal moría solo en su casa por ingestión de pentobarbital, aunque ya había empezado a hacerlo cuando le diagnosticaron ELA. Arrabal era casi un vegetal. No podía levantarse de la cama sin ayuda. No podía vestirse ni comer solo. Ese domingo grabó su suicidio para reclamar que la eutanasia fuera legalizada.

Morir, como sostenía Pániker, no es un acto sino un proceso, y llegar al final con dignidad y sin dolor debiera ser una facultad del individuo, el mismo privilegio que se otorga a una mascota cuando se considera que su sufrimiento es inhumano. La vida sólo es un valor cuando su degradación no está reñida con la calidad. Sobrepasado ese punto, se ha de tener el “derecho a dimitir” de la propia existencia. Arrabal anticipó su muerte por miedo a quedar atrapado en el cascarón de un cuerpo inerte. Se suicidó cuando aún podía hacerlo sin implicar a nadie, cuando aún tenía el control de su propio destino.

Como en tantas otras cosas, en España se llega tarde a la eutanasia, a una práctica que está convenientemente regulada en Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Canadá, en algunos estados de EEUU y en Colombia, además de en Suiza donde lo que no existe es el castigo para quienes por razones humanitarias ayudan a morir a otros. En el retraso, como también suele ser habitual, es determinante la influencia de la Iglesia católica y su monopolio sobre la muerte.

A finales de marzo el Congreso aprobó debatir una propuesta de muerte digna que ya está vigente en varias comunidades autónomas. Se trata en realidad de un paso insuficiente, que se limita a extender los cuidados paliativos, trata de evitar el ensañamiento terapéutico y regulariza lo que ya se asume como una buena práctica médica: facilitar fármacos al enfermo para calmar sus dolores, hasta la sedación completa si es necesario, aun cuando ello acorte su agonía y, por tanto, su vida. La iniciativa de Unidos Podemos de regulación de la eutanasia y el suicidio asistido fue rechazada.

Conceptualmente, la propuesta es bastante hipócrita. Hubiera evitado, eso sí, el caso de Inmaculada Echevarría, la mujer de 51 años de los que 20 había estado postrada en su cama con una distrofia muscular. A Echevarría, que llevaba nueve años conectada a un respirador artificial, le fue denegada su petición de suicidio asistido. Finalmente, tras un proceso de medio año, se accedió a retirarle el respirador. ¿Alguien puede mantener racionalmente que fue más humano desconectarla del soporte que le mantenía con vida que suministrarle un fármaco que acabara rápidamente con su agonía?

Los cuidados paliativos no son la alternativa a la eutanasia sino su complemento. Pero no se trata únicamente de combatir el dolor sino de aliviar la angustia de quien se ve reducido a la condición de vegetal en contra de su voluntad, como le ocurrió a Ramón Sampedro. Es cuando debería ser posible ese derecho a dimitir del que hablaba Pániker. La eutanasia es una puerta abierta de la que escapar no ya de la vida sino de todos sus espantos. Lo cruel es cerrarla.