Matasellados

El caso de Fórum Filatélico que ahora se juzga en la Audiencia Nacional es la confirmación de que éste habría sido un buen país para Dickens, con un sistema judicial lento y kafkiano donde, como se describía en Casa Desolada, “innumerables niños han nacido dentro de la causa, innumerables jóvenes se han casado dentro de la causa; innumerables personas mayores se han salido de ella con su muerte”. Once años han pasado desde que esta estafa piramidal que ha afectado a 270.000 personas empezó a rodar por los tribunales. Esto no puede ser justicia.

El timo de las estampitas describe a esta sociedad de pícaros y de incautos, firmemente asentada en la historia por la desidia de un sistema incapaz de establecer los controles más elementales. Fórum y Afinsa desarrollaron su actividad durante 25 años sin que nadie detectara que detrás de tanto sello se escondía un fraude colosal de más de 3.700 millones de euros, sin que ningún organismo se preguntara cómo se podían dar duros a cuatro pesetas y con la misma vigilancia a la que puede someterse una zapatería o una tienda de souvenirs.

Sociológicamente, el asunto es muy interesante porque permite intuir que los resortes del comportamiento humano son inescrutables. No es fácil entender por qué a decenas de miles de personas, en su mayoría inversores conservadores que no se atreverían a sacar sus ahorros del colchón ni para orear los billetes, les dio por la filatelia. Ni por qué nadie se preguntó cómo era posible que los intereses que recibían por su dinero fueran el triple de los que obtenían sus vecinos de bloque con sus depósitos en ING o en los plazos fijos del Santander y del BBVA.

A ninguno le pareció extraño que la Bolsa, el precio del dinero, el del oro y el del petróleo pudieran subir o bajar pero que sus remuneraciones se mantuvieran constantes por la invariable revalorización de sus timbres. Su confianza era tan absoluta que, salvo excepciones, todo el mundo entregó su peculio a cambio de un simple resguardo de depósito, sin importarles dónde se velaba aquella edición conmemorativa del cumpleaños de la reina madre tan valiosa.

Aunque similares en apariencia, lo suyo nada tuvo que ver con la encerrona a la que se sometió a miles de preferentistas, a los que se engañaba deliberadamente en sucursales con las bondades de unos productos pensados para salvar el culo de la solvencia de bancos y cajas. La legión de filatélicos ya venía engatusada de casa por el boca a boca de aquellos que ya estaban en el secreto de cómo obtener un 6% donde otros, los más tontos, sólo llegaban al 2%. Los de Fórum nunca habían fallado en los pagos y hasta se permitían patrocinar equipos de baloncesto. ¿Qué podía salir mal? ¿Por qué dudar de este milagro de multiplicación de panes y peces si ya existían precedentes hasta en la Biblia?

Nada de esto habría sido posible en un Estado que hubiera regulado a tiempo la inversión colectiva en bienes tangibles, en el que las auditoras ejercieran su trabajo y no se limitaran a blanquear balances a cambio de poner el cazo, en el que la ineptitud de las autoridades no fuera premiada invariablemente con ascensos y en el que la Justicia no fuera un viejo y detenido reloj de pared al que alguien da cuerda los años bisiestos.

Los candorosos inversores en estampitas han tenido que escuchar cómo el faraón de la pirámide, Francisco Briones, explicaba ante los jueces que su experiencia en el mundo postal era incuestionable porque ya desde pequeño compraba y vendía sellos en la Plaza Mayor de Madrid. Empresarialmente, en cambio, todo lo desconocía menos las ventajas de constituir una sociedad en el paraíso fiscal de Belice. Lo dicho. De Dickens.