Los trapos sucios se lavan en palacio

Juan Carlos Escudier

En dura competencia con las madrastras, las suegras han tenido históricamente muy mala prensa y los desencuentros con sus nueras han alcanzado dimensiones épicas, eternas batallas de andar por casa del bien contra el mal de los que han dado cuenta romances, refranes y coplas. El mismísimo diablo sufrió la dictadura de una suegra, tal y como se encargó de narrar Fernán Caballero –Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea para la familia-, y, tras diez años de tiranía, el sojuzgado demonio pensó en abolir el matrimonio para acabar de una vez por todas con la especie. Más o menos por la misma época, el inglés George Robert Sims pretendió un desagravio con sus Memorias de una suegra, en la que su personaje Jane Tressider, ejemplar madre de nueve retoños, se propuso “defender la causa de la más maligna de las razas sobre la faz de la tierra”. El intento tuvo escaso éxito pero es muy gracioso y recomendable.

Aquello de antes echará uva la higuera que buena amistad la suegra con la nuera ha sido norma en cuchitriles y palacios, incluido claro está el de los Borbones. Dicen que Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII, vivió un calvario con su enlutada suegra, María Cristina de Habsburgo, aunque nada comparable con el tormento que debió de pasar María Antonia de Nápoles con su madre política, la reina María Luisa, por si no era poco el de haberse casado con Fernando VII y su descomunal instrumento. El “animalito sin sangre” o la “rana a medio morir”, que era como se refería a ella su suegra, falleció prematuramente, supuestamente de tisis, aunque hubo quien acusó de su muerte a la esposa de Carlos IV, a Godoy y a un alacrán que ambos habrían introducido en el lecho de la infortunada dama.

Reviviendo este pasado, la emérita Sofía y la reina Letizia han protagonizado un sonoro escándalo a la salida este pasado domingo de una misa en Palma, al impedir ésta última una foto de la abuela con sus nietas entre manotazos de la heredera Leonor, la perplejidad del rey, que no sabía donde meterse, y el escaqueo del otro emérito Juan Carlos, que debió de pensar que lo mejor hubiera sido quedarse en Sanxenxo dándole a la vela o en el Caribe dándole a otra cosa.

Particularmente, a los españoles nos importa un pimiento que las dos reinas se quieran mal y que Letizia no deje a Sofía ver a las nietas, ya sea porque les da caramelos y no sopa de verduras, o porque prefiera que sea su madre, la “republicana” Rocasolano –un epíteto clásico en las revistas del corazón- la que le haga de canguro. Nos importa un carajo, si es que es verdad, que Letizia y sus cuñadas se desprecien, que la esposa de Felipe no trague a Urdangarin, no ya por Noos sino por los chistes de mal gusto que le enviaba por correo a Cristina, especialmente aquel que preguntaba en qué se parecían el rey y el Real Madrid, o que nuestra soberana periodista se muestre esquiva ante la prole griega y a ese ramalazo egipcio suyo adquirido durante décadas de estar siempre con una mano delante y la otra detrás.

Lo que realmente nos importa es que la familia a la que este año le caerán del cielo otros ocho millones de euros haya o no Presupuestos cumpla con la única función que tiene asignada, que es guardar las formas y el protocolo -un invento para no hacer el ridículo ni el campechano-, y, sobre todo, sonreír ante las cámaras mientras los cronistas de la cosa determinan lo elegante que son sus vestidos, si sus escotes son tipo barco o palabra de honor, y si llevan los pendientes que lució alguna bisabuela en una coronación o alguna baratija de bisutería para empatizar con el pueblo llano que compra en los mercadillos.

Se les paga, en definitiva, para que no monten numeritos, para que no den que hablar más allá de su porte, su lozanía y sus operaciones de estética -aunque esto sea mucho pedir tras los últimos episodios de corruptelas, corinnas, y elefantes-, y para que representen a un país con una conducta ejemplar ya que, se quiera o no, cargamos con una forma de Estado de raíces medievales sobre la que en algún momento deberían volver a preguntarnos. Los trapos sucios los lava en casa el servicio doméstico, que para eso lo pagamos con otro escote, el de todos.