Opinion · Tierra de nadie

¡Vaya tropa!

Como lo de Cifuentes se les quedaba pequeño y eso de esperar sentados a ver pasar el cadáver del adversario no es para hiperactivos, en Podemos han decidido animar el patio con el guión de un golpe de Estado interno mecanografiado a doble espacio y difundirlo discretamente al mundo entero. La conspiración de Telegram ha desconcertado mucho a las bases, que no terminan de explicarse que en el partido de las sonrisas haya quien enseñe los dientes de manera tan descarada. No es fácil pasar de los mundos de Yupi a Alien en un solo episodio, aunque el octavo pasajero tenga la cara archiconocida de Carolina Bescansa.

Los inscritos de Podemos están muy mal acostumbrados o, si se prefiere, han sido negativamente influidos por quienes les aseguraban que la dirigencia del partido estaba formada por serafines como los de Murillo, por eso de que sólo a los ángeles y otros espíritus puros les estaba permitido asaltar los cielos burlando la vigilancia de San Pedro. Podemos, y así lo transmitía Iglesias poco antes de fulminar a su entonces secretario de Organización, Sergio Pascual -contigo, Sergio, empezó todo-, era una marea de voces plurales donde no cabían corrientes ni facciones en competencia por el control del aparato. En ese parnaso donde la política tenía tanto arte se habían erradicado las traiciones y se podía discutir de cualquier tema sin el peligro de que aquellos debates acabarán transformándose en campos de batalla.

En consecuencia, era metafísicamente imposible que se pudiera asistir a una lucha sin cuartel por el poder, algo que sólo ocurría en el resto de los partidos, donde sólo se paraba el fraticidio para tomar el aperitivo y a veces ni eso si los contendientes ya venían comidos de casa.  Algo semejante jamás tendría lugar en Podemos, ya que las divisiones estaban proscritas y se había tomado la precaución de encerrar los odios en una lámpara junto al genio de Aladino.

Sobre quien liberó a la bestia hay opiniones, pero lo cierto es que alguien comió del fruto prohibido y el paraíso tuvo que se desalojado a toda prisa. Empezaron entonces los insultos, las disputas y los viajes gratis total a Siberia, que a algún lado habría que enviar a los revoltosos y sus infraestructuras para las deportaciones seguían siendo inmejorables. Los colegas se transformaron en enemigos y por las ventanas de la transparencia se coló un viento frío para el que las rebequitas de los de León se demostraban completamente inservibles.

Aunque se disfrazaron de diferencias políticas, las rencillas eran personales, algo que otras estructuras más experimentadas viene gestionando de antiguo porque entienden que los partidos no son fábricas de amor sino nidos de víboras y no se toman tan a pecho las promesas incumplidas y los cambios de sábanas. En el tránsito de una fuerza divina a otra humana y en la aceptación de sus miserias deberían empeñarse quienes representan a cinco millones de electores. Llegado el caso y por exigencias del guión están obligados a fingir los orgasmos o, por lo menos, a besarse ante las cámaras en la Feria de Abril.

Si se acepta que Podemos puede ser un nuevo-viejo partido, se entiende mejor el borrador para moverle la silla a Iglesias, cuya autoría niega Bescansa y que Errejón tacha de delirante. La lucha por el poder es consustancial a toda organización política pero requiere de sutileza y de las neuronas suficientes para no anunciar a los alemanes el desembarco de Normandía jugando con el móvil. No se puede emular a Bruto subiendo a Instagram las fotos de los conjurados con la daga entre los dientes.

Toda traición requiere del necesario secreto y de un cierto don de la oportunidad que en este caso también ha brillado por su ausencia. ¿Qué necesidad había de planear ahora el magnicidio? ¿Qué se ganaba poniendo por escrito el vigésimo movimiento de una partida de ajedrez que no había pasado de la apertura? ¿Cuánto aborrecimiento hay que acumular para no ser capaz de disfrutar de la caída de Cifuentes y preparar ya el golpe de mano? Con conspiradores tan torpes tiene asegurada Iglesias una larga vida. ¡Vaya tropa!