Opinion · Tierra de nadie

Arcadi Espada, el periodivo

A algunos periodistas, opinadores y todólogos la actualidad se les queda pequeña y hasta Castilla siendo tan ancha les parece un angosto desfiladero. Son gente muy necesitada de descollar porque muchos de ellos viven de las tertulias de televisión y en esas selvas darwinianas, tiranizadas por la cuota de pantalla, sólo sobreviven los más listos o los más tontos, los que crean polémicas a sabiendas o aquellos cuya sempiterna necedad goza del favor de las masas o genera aversiones digestivas permanentes. La audiencia es tremendamente masoquista.

Entre los primeros se encuentra Arcadi Espada, un tipo brillante que, como viene siendo habitual, bebió los vientos de la izquierda hasta que alguna ráfaga insolente le alborotó el flequillo y, decepcionado, corrió a buscar refugio en esos soportales que la derecha alquila a bajo precio a los despeinados que tanto lustre le proporcionan. A diferencia de otros, a Espada no es que le falten hervores sino todo lo contrario y suele estar sobrecalentado más allá del punto óptimo de cocción. Aparentemente, tampoco le faltan lecturas y no es extraño verle citar a Barthes, a Hitchens y a Singer, que no es una máquina de coser como algunos piensan sino el filósofo que le hubiera gustado ser si la plaza no estuviera ya ocupada.

Personas tan preparadas y principales, tan encantadas de conocerse y con una voz tan interesante como para escucharse a sí mismos día y noche sin rubor ni fatiga, suelen deslizarse hacia lo daliniano hasta crearse un personaje que representar perpetua y machaconamente. El de Espada es antinacionalista, eugenésico y bastante misógino, y esos rasgos y la exigencia antes señalada de desatacar a codazos en el zoológico de Ana Rosa quizás explique su último desvarío al pedir un vídeo sobre la vida sexual de la víctima de la Manada para compensar el supuesto linchamiento televisivo al que se ha sometido a los chicos del portal.

Más que un periodista, Espada pasa por ser un teórico de la información, obsesionado con lo que él llama verdad y que, curiosamente, siempre coincide con la suya. De ahí que no pare de impartir lecciones magistrales sobre lo que habría de encuadrar Bauluz en sus fotografías, sobre lo que tendría que preguntar Alsina a Rajoy o sobre lo que debería ser un medio de comunicación, aunque cuando él mismo tuvo como director la oportunidad de demostrarlo le enseñaron la puerta de salida porque no cuadraban los números.

Espada tiene declarada la guerra a la ficción y a aquéllos que, como Cercas, publican la lista de la compra y venden más que él en dos vidas, pese a lo extensa de su producción. Su último trabajo, por cierto, es una defensa cerrada del curita Francisco Camps, el hombre que popularizó el pantalón con ceñidor trasero, un señor, al parecer, lapidado por la Prensa y perseguido con saña por la Justicia, un inocente entre corruptos cuya bandera se ha encargado de ondear desde las almenas mediáticas que frecuenta. La última, que más que bandera es para Espada un pendón, es la de la Manada. El periodivo es un abogado de diablos que ama las causas perdidas por muy vomitivas que resulten. La suya es la verdad de Agamenón y, fundamentalmente, la de su porquero.