Opinion · Tierra de nadie

La moción cuatridimensional

Las nuevas variables introducidas en las últimas horas han convertido la resolución de la moción de censura contra Rajoy en uno de esos problemas del milenio a los que se enfrentan los matemáticos con la zanahoria del millón de dólares que promete el Instituto Clay a quienes sean capaces de despejar la incógnita. La moción es una conjetura que espera convertirse en teorema cuando se compruebe, como la de Poincaré y la esfera cuatridimensional.

Uno de los elementos añadidos a la ecuación es el desbloqueo de la formación de gobierno en Catalunya, que implica necesariamente el levantamiento del artículo 155 cuando los nuevos consellers tomen posesión de sus cargos. El nuevo escenario no ha de determinar necesariamente el sentido del voto de los diputados del PDECat, aunque ha dejado con la mosca tras la oreja a Ciudadanos, que intuye que Sánchez puede estar mercadeando con la unidad de España a cambio de poder cambiar las cortinas de Moncloa con el apoyo de los neoconvergentes.

Por muchas giras europeas que el líder del PSOE haga por Europa para denunciar el secesionismo o por muchas acusaciones de xenofobia que lance contra Torra, ninguna ordalía será suficiente para una derecha que se ha apresurado a llamarle traidor y enemigo de España. Que los independentistas preferirían que en la presidencia se sentara alguien que propone una reforma federal de la Constitución parece evidente. Que les sería difícil hacer entender a los suyos que su rechazo a la moción sería decisivo para mantener en el poder a quien creen su “carcelero”, también. Que cabe esperar de Sánchez que intente suavizar las tensiones y fomentar el diálogo con el nuevo Govern es hasta predecible. Ni hay traición, por tanto, ni habrá tragedia.

El segundo elemento es mucho más determinante porque puede variar la posición del PNV, cuyos diputados tienen una de las llaves del éxito o del fracaso de la tentativa. Se trata del anuncio de Podemos de que, en caso de fracasar la del PSOE, presentará una moción instrumental como la que pedía Ciudadanos con el único objetivo de convocar elecciones. Lo que alguien pudiera interpretar como una nueva manifestación del afán de protagonismo de Pablo Iglesias es, en realidad, una maniobra inteligente para convencer a los nacionalistas vascos de sumarse a la censura contra Rajoy.

El PNV se juega en el envite algo más de 500 millones en inversiones a Euskadi pactadas en los Presupuestos, partidas que el PP podría remover de las cuentas públicas a su paso por el Senado. Y teme que el adelanto electoral que más temprano que tarde habrá de producirse tras la moción anticipe el triunfo de Ciudadanos, hipótesis que les desasosiega por la abierta hostilidad de los de Rivera a los pretendidos privilegios de los que goza el País Vasco.

Los de Urkullu saben ya, en consecuencia, que la caída del PP es inevitable y han de valorar si les conviene fortalecer a los socialistas, con quienes gobiernan en Euskadi, en detrimento de Ciudadanos en los meses que transcurrirían hasta la convocatoria de elecciones. De la supuesta venganza del PP en el Senado siempre podrían protegerse imponiendo a Sánchez la condición de mantener el paquete de inversiones destinado a Euskadi cuando los Presupuestos vuelvan al Congreso para su aprobación definitiva.

Estas nuevas variables han abierto otra posibilidad que los más viejos del lugar descartaban hace un rato y es que Rajoy pueda hacerse el haraquiri ‘in voce’ si presiente que caerá derrotado en la moción con la obligación inmediata de hacer las maletas. En definitiva, que no es descartable que sobre la marcha presente su dimisión, lo que haría decaer la moción y abriría un período surrealista de interinidad.

Para hacerlo posible, Rajoy debería hacer llegar su renuncia al Rey, se supone que en descanso del debate, que sería efectiva tras su publicación inmediata en el BOE. Dicha renuncia sería comunicada a la presidenta del Congreso para que volviera a abrir un período de consultas de los partidos políticos con el jefe del Estado, al que correspondería volver a proponer un candidato en una reedición de los meses de la marmota que ya se vivieron en 2016.  En fin, un disparate mayúsculo para esa estabilidad que tanto pregona el PP como imprescindible.

Todo está abierto a 24 horas de que Sánchez suba a la tribuna del Congreso. Las matemáticas actuales no conocen aún el algoritmo que despejará la incógnita de esta moción cuatridimensional. De ahí que haya que echarle mucha literatura.